Capítulo 34 – Viaje Veraniego #2
Sus palabras me hicieron comprender que nuestro vinculo trascendía cualquier lujo.
No importaba si algún día nos encontráramos a la miseria, nuestro amor era el recurso más valioso para enfrentar cualquier problema Le agradecí su discurso con un beso rotundo, sellando nuestra unión frente a nuestros amigos.
- ¡Qué lindo! – suspiró mi hermano.
- ¡Pues que siga la pachanga! celebremos este bello momento – anunció Jack, comenzando a servir las bebidas para dar inicio a la fiesta.
Las horas transcurrieron entre risas y anécdotas tras haber partido la torta, mientras nuestros amigos ayudaban a organizar el desorden que habíamos hecho.
Brutus comentó que asumiría el gasto de los viáticos de nuestros guardaespaldas para el viaje a Florida, aunque aclaró que sólo dos de ellos nos podrían escoltarnos fiscalmente.
Le confirmé que Milo y Boster representaban la mejor opción estratégica; sin embargo, ellos tendrían que viajar después de las ocho de la mañana, ya que no fue posible encontrar pasajes en nuestro mismo horario.
La fiesta llegó a su fin más tarde, y nos despedíamos de todos frente a la fachada de la casa.
Nuestros amigos nos estrecharon en calurosos abrazos, deseándonos éxito y seguridad en nuestra travesía antes de cruzar la puerta hacia la noche gélida.
Antes de retirarnos a descansar las pocas horas que nos quedaban, les llevé comida y pastel a los guardaespaldas; no habían probado un solo bocado en las últimas horas y agradecieron el gesto con sinceridad, reiterándole a mi marido sus deseos de un feliz cumpleaños.
A la madrugada siguiente, Milo y Boster nos trasladaron al aeropuerto en mi Jetta.
Durante el trayecto, le pedí a mi escolta que fuera sumamente precavido al operar la caja automática.
No se lo dije porque estuviera defectuosa, sino porque es vital realizar movimientos suaves para no forzar los engranajes; le advertí que evitara cambiar constantemente de D —Drive— a N —Neutro— en los semáforos o pendientes, ya que esa fricción interna innecesaria reduce la vida útil y control del vehículo.
Milo sonrió y me pidió que me despreocupara.
Me confesó que había sido mecánico años atrás y que conocía perfectamente el comportamiento y el cuidado que requiere una transmisión de Volkswagen.
Aquello me dio la tranquilidad necesaria para recostarme en el asiento y dejara que él guiara nuestro escape.
Tan pronto como llegamos al aeropuerto, realizamos la documentación de equipaje con la mayor celeridad posible, dado que nuestro embarque comenzaría en apenas en una hora.
Acto seguido, mi amado imprimió los pasajes de nuestros escoltas para que pudieran tomar su vuelo después de las siete y media de la mañana.
Brutus les dio instrucciones precisas: debían resguardar los vehículos en el garaje y asegurar meticulosamente la casa antes de partir.
Para ello, le hizo entrega de una de las copias de las llaves que yo le había regalado, confiando en que Richard y el resto del equipo mantendría la propiedad impenetrable durante nuestra ausencia.
Más tarde, cuando finalmente embarcamos, me percaté que había comenzado a nevar ligeramente.
Mi cuerpo temblaba, no por el frío que acuchillaba mi piel; era la primera vez que subía a un avión y los recuerdos perturbadores de aquel accidente regresaron con fuerza.
El pánico guio con urgencia a mis pulmones a una hiperventilación, hasta el punto de sentir que me quedaba sin aire.
Se sentía el corazón en la boca; mi pecho parecía colapsar bajo el peso de palpitaciones exorbitantes, como si anunciara una guerra interna donde el miedo y la ansiedad reclamaban cada rincón de mi ser.
Brutus entendió mis emociones de inmediato.
Me tomó de las patas con firmeza, guiándome con calma a través de ejercicios de respiración para devolverme el aliento.
- Mírame, peludito. Vamos a tomar aire juntos… uno, dos, tres… y soltamos despacio. Tranquilo, todo va a estar bien. – me dijo mientras me pasaba una botella de agua. Sentí que mi cuerpo, poco a poco comenzaba a relajarse - ¿De qué color es el asiento que tienes frente? –
Brut intentaba por todos los medios desconectar mi cabeza del pánico, lanzando preguntas sencillas que requerían de observación directa.
- Azul – logré articular.
- Bien. Ahora, dime tres cosas que alcanzas a oír en este momento – pidió, y noté cómo el efecto de la ansiedad comenzaba a ceder.
- Voces, el motor del avión y el crujido de la botella de plástico – respondí, aferrándome con fuerzas a sus patas.
- ¿Qué sientes al momento de tocar la textura de tu asiento? – inquirió de nuevo y percibí que finalmente recobraba la compostura.
- Es rígida, pero la tela es suave – mencioné, recuperando el control de mi respiración.
- ¿Ya estás mejor? – me cuestionó mientras me rodeaba con su brazo, acomodándome contra su pecho – Duerme un poco. Yo cuidaré de ti.
Mis sueños no eran ecos del pasado; se habían transformado en reminiscencias del futuro.
Brutus era una pieza de un rompecabezas que había perdido anteriormente, cuando mis padres partieron de este mundo.
Ese oso se convirtió en el espejo donde se reflejaba mi futuro “yo” encabezando la herramienta que necesitaba empuñar ahora mismo: la capacidad de comprometerme con mi propia felicidad sin pedir permiso.
La luz solar que atravesaba la ventana me despertó de mis sueños más anhelados, como si me hubiesen lanzado un balde de agua fría de vuelta a la realidad.
El piloto del avión anunció que estábamos próximos a aterrizar; por fin éramos libres para disfrutar de un hermoso refugio de verano.
En mi mente ya saboreaba el banquete del bufé, imaginando los platos que compartiría con mi amado, que aún dormía profundamente a mi lado.
Lo desperté con pequeños besos en su nariz.
Él me respondió con un abrazo firme, estrujando mi cuerpo con ese cariño protector que lo caracteriza.
Me confesó que no logró conciliar el sueño en las dos primeras horas, pues quería asegurarse de que yo descansara bien tras el episodio de hiperventilación.
Le agradecí con otro beso por haber tranquilizado mi respiración, confesándole que era mi primera vez en un avión.
Le admití el miedo que sentía de que el pánico regresara; mis pensamientos intrusivos eran difíciles de controlar.
Pese a que la logística aeronáutica dicta que el transporte aéreo es el más seguro del mundo, para mí no era fácil estar tranquilo.
La pérdida de mis padres me marcó de por vida, convirtiendo cada despegue en un enfrentamiento directo con mi pasado.