Capítulo 33 – Huellas del Hogar
Nunca creí haber visto tanta nieve en el barrio de Eastmoreland; los recuerdos de mi niñez emergieron como un faro olvidado en medio del océano, cuya luz apenas logran divisar los marineros para guiar su camino.
Viajamos en el Toyota de mi marido; le recordé que debía programar su próximo mantenimiento preventivo, pues el tablero de instrumentos indicaba que solo restaban doscientos kilómetros de autonomía para el cambio de aceite.
Avanzábamos a una velocidad considerablemente menor a la establecida por las señales reglamentarias.
Las calles congeladas reducían drásticamente la tracción, haciendo que el vehículo patinara con facilidad ante cualquier maniobra brusca; la prudencia era nuestra única garantía sobre el asfalto vidrioso.
Eastmoreland es un barrio histórico y residencial, reconocido por sus calles arboladas y casas unifamiliares clásicas.
La zona se complementa con sectores comerciales cercanos como Woodstock y Sellwood, este último es el lugar donde se encuentra mi antiguo hogar.
Brutus contemplaba el entorno, admirando cada detalle de las fachadas; me confesó que era la segunda vez que transitaba allí después de mucho tiempo.
Me contó que siempre soñó en adquirir una propiedad en este sector hace un par años, pero no pudo concretarlo debido a un contratiempo financiero en su empresa.
Ayer contacté al señor Stephenson para solicitar una cita esta tarde, después de las siete y treinta.
Durante nuestra breve charla, le puse al tanto de los últimos acontecimientos; mencionó que él también estaba colaborando en la investigación sobre Arktos.
Por un instante, olvidé preguntarle si conocía a la oficial Abernathy; me asaltó la duda de si habrían sido compañeros de servicio en el pasado o si mantenían una relación profesional de larga distancia.
Por alguna extraña razón, sentía una inmensa curiosidad por conocer el estado actual de mi antigua casa; Durante los nueve años, los inquilinos nunca me contactaron para realizar modificaciones como repintar las paredes o renovar la carpintería original.
Recordé que, cuando construyeron la vivienda, mi padre contrató a un experto que le aconsejó instalar puertas y armarios en Ipé —Lapacho—, una de las maderas más densas y resistentes del mundo, famosa por su durabilidad extrema frente al paso del tiempo.
Ansiaba llegar lo antes posible, era una sensación que evocaba sentimientos resguardados en lo profundo de mi ser, una mezcla de nostalgia por el pasado y alivio por regresar a la solidez de aquel refugio.
- En la próxima gira a la derecha, osote – guié a mi marido mientras recorríamos las últimas calles del barrio – Es allá, esa es la casa donde vivíamos – señalé con mi índice la imponente construcción colonial de trescientos metros.
- Wow, que hermosa es. Por fin conoceré el lugar donde pasaste tu infancia, pequeñito, seguro que debes de estar muy contento. – dijo Brutus mientras se ajustaba la chaqueta para protegerse del frío.
- No lo niego, volver aquí me devuelve a mis días de osezno –admití, contemplando la fachada y recordando la última vez que la vi antes de abandonar el vecindario.
- ¿Reconfirmaste con la señora Elisabeth que llegaríamos un poco antes? – me cuestionó, mientras me ayudaba a acomodar la bufanda con ese cuidado que siempre me brindaba.
- Si, mi amor. Hablé con ella antes de salir; no te preocupes, es una señora despreocupada– le aseguré, dándole un tierno beso en la nariz para disipar cualquier duda.
Pese a que mis acciones demostraban un amor auténtico, aún no podía perdonarme por haberle gritado tras recibir aquel macabro envío.
Temía que volviera a suceder, sentía que gritarle era como quemar una rosa cuyos recuerdos se fragmentaba en mil pedazos, justo cuando más resplandecía su floración.
Aunque lo habíamos solucionado con el acto, él comprendía perfectamente que mi reacción nacía de una preocupación desbordada.
No hacía falta recordar cuánto lo amaba; aun así, él mantuvo una compostura admirable ante aquel contratiempo, procesando con entereza una de las peores amenazas que un animal podría recibir.
Cuando toqué la puerta, los recuerdos de mi infancia se agolparon en mi mente como las escenas de una serie de televisión.
Rememoré aquellas jornadas escolares tras las cuales, a diez metros de la propiedad, ya podía percibir el aroma del almuerzo de mi madre.
Usualmente su menú consistía en carne, ensalada y una ligera sopa de verduras; no obstante, le encantaba variar sus preparaciones consultando su amplia biblioteca de recetas de otras procedencias.
Le fascinaba la gastronomía mexicana, y solo ahora comprendía que de ella heredé el gusto por deleitarme con sabores picantes y preparaciones exóticas.
- Buenas tardes, señora Howard, Qué gusto volver a verla – saludé, envolviéndola en un fuerte abrazo.
- ¡Carving! Que milagro que aparezcas por aquí. Desde que nos rentaste la casa no habías vuelto a darte una vuelta por la avenida, muchacho. ¡Mirate, ya eres todo un señor! – expresó con alegría – Y trajiste a tu tío, por lo que veo.
Solté una pequeña carcajada, dándome cuenta de que no le había advertido sobre mi acompañante.
- No, señora, es mi prometido. Él es el señor Brutus Grizzly empresario y líder de FitnessEnterprices – lo presenté con orgullo, mientras entrelazaba mi pata con la suya.
- El placer es mío, señora Elizabeth – expresó Brut con una sonrisa amable.
- ¡Oh, no me lo esperaba! Muchas felicidades. Espero que tengan una vida preciosa; se nota que están muy unidos – comentó ella mientras nos observaba – Por favor, sigan, están su casa.
- Gracias – respondí al cruzar el umbral. Me sorprendió gratamente que conservara la vivienda en condiciones impecables – Siento un aura tan familiar.
- Pues claro, aquí fue donde creciste, hijito – respondió ella mientras recurría a la cocina - ¿Desean un poco de café con galletas? – añadió – hace un frío terrible allá afuera.
- Se lo agradecería mucho – contesté, mientras Brutus intentaba discretamente limpiar su nariz congestionada.
- Señor Grizzly, déjeme prepararle una infusión aromática para esa congestión, eso le ayudará despejarse– recomendó ella con instinto maternal mientras encendía los fogones – Carving, si quieres ve revisando las habitaciones para que me des tu veredicto.
No realizamos ninguna modificación estructural porque no había necesidad; apenas ajustamos algunas puertas que empezaban a chirriar.
Obedecí y subí las escaleras mientras Brutus me seguía de cerca.
Todo parecía estar en perfecto orden; las paredes no presentaban marca de zarpazos o remaches sobre la pintura original.
Tuve la fortuna de rentar la propiedad a animales que supieron cuidar las pertenencias ajenas.
Aunque noté que los muebles mostraban señales de desgaste y requerían ser reemplazados en el corto plazo, la estructura permanecía impecable.
Al ingresar a la habitación principal, la que perteneció a mis padres, los recuerdos me asaltaron con nitidez.
Los visualicé descansando tras una larga semana de trabajo; mi padre, sumergido en libros de finanzas con de una copa de vino y algunos aperitivos; mi madre concentrada en el periódico, subrayando meticulosamente las ofertas de los supermercados para optimizar las compras del hogar.
A veces me quedaba dormido en medio de ellos, mientras acariciaban tiernamente mi cabeza.
Me sentía en el centro de la gravedad de un pequeño universo, donde el silencio del espacio no era más que el contacto físico que nos mantenía unidos con la tierra, permitiéndome apreciar un momento único que aún guardo en mi alma.
Al revisar el baño, detallé que las regaderas habían sido reemplazadas por modelos más sofisticados. Supuse que las antiguas habrían fallado debido a la acumulación de sedimentos en las tuberías de agua con el paso de los años.
Abri lentamente la puerta de mi antigua habitación y me sorprendió hallar la misma cama que mis papás me habían comprado antes de partir en su viaje.
No parecía que los familiares de los inquilinos la hubieran usado con frecuencia, otro aspecto que agradecí profundamente.
No obstante, me percaté de algo que me llegó directo al corazón; una de mis huellas, marcada en la pared debido a mis travesuras de pequeño, seguía ahí como una firma personal.
Mi amado, que entró a la habitación y se arrodilló junto a mí, me miró con determinación mientras rozaba con delicadeza la pared manchada. Era el único recuerdo que podía sentir a través de mis propias huellas úrsidas. Un rastro de la infancia que el tiempo no pudo borrar.
- ¿Tú hiciste esto, mi peludito? – me preguntó mientras me daba un beso cálido en la mejilla.
- Si, osote. – relaté con una sonrisa nostálgica - Recuerdo que destapé un bote de pintura para decorar mi habitación a mi gusto, sin el consentimiento de mi madre.
Se enojó mucho, temiendo que mi padre me reprendería; sin embargo, papá no tenía el corazón tan rudo.
Le pareció un gesto tierno y decidió conservarlo.
Me sorprende gratamente que los inquilinos lo hayan respetado.
Lo miré fijamente, sintiendo cómo el nudo de mi garganta se aflojaba.
- El que estés aquí me tranquiliza mucho. Gracias por el ser primer oso en mi vida con el privilegio de conocer el único recuerdo vivo de mis padres.
- Descuida, osito – dijo, rodeando mis mejillas con sus grandes patas – Estoy aquí para protegerte.
No tienes por qué seguir lamentándote por lo que sucedió hace dos días.
Me gritaste porque aún no he sido capaz de reconocer la gravedad de la situación; en cambio tú, has luchado con fervor por mantener este peligro lejos. Yo te amo, pequeño.
Me abrazó con fuerza. Una lagrima recorrió mi pómulo, liberando todas mis inconformidades.