Capítulo 32 – Movimientos Predilectos #2
- Lo siento, osote… estoy desesperado. No tenemos respuesta y no quiero perder al amor de mi vida. Me moriría si algo te pasara – respondí, intentando recuperar el aliento y el control.
- Carving, todo va a estar bien. No pienses en lo peor. Te amo mucho y verte así me parte el alma. Ven aquí – me abrazó, envolviéndome en su protección– No permitiré que ese tipo me haga daño. Lo que debemos hacer es buscar seguridad profesional de inmediato.
- Michael me envió un contacto de alguien que podría servir. Es un agente que ofrece esquemas de protección y escoltas para animales bajo amenazas – expliqué, recordando el nombre de Stephenson.
- Bueno, eso un avance – dijo él, revisado su teléfono – Zoe ya viene hacia acá.
Asegúrate de no tocar la evidencia. Saldremos de esta, peludito; nuestro amor es incondicional.
Te prometí que nos casaríamos al salir de este embrollo, y quiero vivir el resto de mis días junto al joven del que enamoré profundamente. Te amo, osito, más de lo que imaginas.
Sus palabras eran un ancla en medio de la tormenta. No le importó mi arrebato; comprendí que cualquier ser reaccionaría así tras recibir una amenaza tan macabra. No soportaría ver a mi única familia sufrir algún daño.
- ¡Perdóname, grandulón!, yo también te amo – lloré, refugiándome en la solidez de su pecho.
Más tarde, Zoe llegó a la casa e inspeccionó las flores, analizando el diseño y la estructura técnica que solo una floristería especializada en servicios funerarios organizaría. Tras una breve investigación, confirmó que la procedencia del arreglo era la empresa Sellwood Flower Company.
De inmediato, se puso en contacto con los encargados, quienes informaron que el responsable del envío no reveló su identidad y que la llamada se realizó desde un número privado.
En ese instante, Zoe planteó una duda razonable sobre si el autor directo era Arktos, sugiriendo que él difícilmente se habría delatado de forma tan predecible; no obstante, sus compañeros de unidad emprendieron la investigación pertinente para rastrear la orden de compra y cualquier posible registro en las cámaras de seguridad cercanas al local.
- Lamento haberme ausentado tanto tiempo – se disculpó la oficial Zoe mientras tomaba muestras de las flores – Afortunadamente, tengo noticias del amigo de Nanook.
El joven reno se llama Spyke Anderson; fue difícil contactarlo porque le habían confiscado el teléfono.
Tiene 22 años y vive en Eugene. El chico cree que Arktos es su pareja, sin notar que está al lado de un criminal.
Arktos lo contrata según su conveniencia y le ha confiado que organizará una gran fiesta de máscaras el próximo 12 de diciembre en una finca privada cerca de la ciudad, propiedad de Montgomery.
Logre obtener destalles de la fiesta fingiendo interés en el evento ante el muchacho.
- ¿Pero no necesitaríamos un plan concreto para irrumpir ahí? - cuestionó mi marido, entregándole una taza de té para mitigar el frío.
- Parece que olvidas con quien tratas – Zoe sacó su teléfono y realizó una breve llamada – Puedes entrar – ordenó hacia la puerta.
- ¿Nanook? – dudé confundido al verlo entrar- ¿qué haces aquí?
- Siento llegar así de improviso – respondió Nanook con seriedad - La señora Abernathy me pidió que fuera el anzuelo. Conozco a Artick mejor que nadie y haré que caiga en la trampa en el momento indicado. No se preocupen, habrá oficiales encubiertos actuando como seguridad.
- Aún así, les aconsejo que se muden de barrio – recomendó Zoe mientras guardaba su equipo - Arktos seguirá acechándolos si no toman medidas drásticas. Les ofrecería mis escoltas, pero mis unidades están saturadas ahora mismo.
- Yo tengo la solución para eso – intervine con determinación - No dejaré que este oso siga amenazando a mi prometido; tengo un contacto profesional que nos brindará protección privada. Estaremos atentos a su plan, pero sean cuidadosos: Arktos es impredecible.
- Está bien, los contactaré en los próximos días – se despidió Zoe– Vamos, Nanook.
- Gracias por ayudarnos, joven. – aseguró Brutus estrechando la pata a Nanook - Te prometo que, si esto sale bien, sabremos compensarte.
- Gracias a usted, señor Grizzly – respondió Nanook antes de salir. Zoe cerró la puerta, llevándose la corona de flores como evidencia principal a la comisaría.
Nuevamente el silencio envolvió la casa como una manta pesada, aislándonos del resto del mundo.
Observé a mi prometido y mi boca fue la tregua que puso fin a la guerra de silencios.
Me sentía quebrantado, como si alguien hubiera desgajado las ramas de mi propio árbol, aquellas que me mantenían con vida.
Sin embargo, la calidez de su beso me transportó a un valle floral donde logré rescatar los fragmentos de paz que ambos compartimos.
No quería separarme de él; me sentía más floreciente que nunca, entrelazando nuestras raíces para que pudiéramos crecer juntos frente a la adversidad.
Él merecía una disculpa que justificara mi arrebato, y yo la manifestaba a través de un beso que contenía todas las palabras de perdón que mi voz no alcanzaba a articular.
- Nunca me enojaría contigo, osito. Me has demostrado que eres un ser digno y puro; no me cabe duda de que encontré a mi oso perfecto. Te adoro, peludito. Gracias por llegar a mi vida – me susurró, mientras me estrechaba en un abrazo y me depositaba un tierno beso en mi frente.
- Y yo aprecio que me digas eso, peludote.
Te amo con toda mi alma y ruego cada instante por tu bienestar.
A partir del miércoles nos mudaremos a la casa de mis padres; confía en mí.
Allí estaremos seguros, te lo prometo. – aseguré, rozando mi nariz con la suya en ese gesto único que tanto nos encantaba– Te protegeré pase lo que pase.
- Me parece una decisión acertada, ¿ya te sientes más tranquilo? – preguntó, buscándome la mirada con fijeza.
- Si, mucho mejor. Tenerte cerca en un alivio para mi corazón – respondí, abrazándolo con fuerza y regocijándome en la solidez de su pecho.
Mis palabras fortalecieron nuestro vínculo, consolidando una lealtad profunda y una conexión difícil de fracturar.
Sentí como si me liberara de una carga abrumadora al asumir, con total determinación, el compromiso de brindarle protección.
No podría soportar el infierno personal que significaría de un atentado contra su vida; es algo que no me perdonaría ni en mi lecho de muerte.