Tratos No Negociables Capítulo 32 – Movimientos Predilectos
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Capítulo 32 – Movimientos Predilectos

Las últimas gotas del risco cayeron como si terminaran de llenar un gran tanque con las últimas reminiscencias.

El invierno se manifestaba cada vez más agresivo; el frio ya no se sentían como pequeños cuchillos cortando el pelaje, sino espadas que desnudaban la piel, provocando una desconexión profunda del mismo cuerpo.

Cada vez que debía salir a trabajar a la empresa de Brutus, debía abrigarme el doble, como si portara una pesada armadura de tela que cubría desde la cabeza hasta las patas.

Durante estos últimos días del mes, el cielo de Portland permanecía nublado, envuelto en una mezcla de lluvia ligera y neblina que desplomaba la sensación térmica debido a la humedad.

Mi prometido y yo habíamos optado por no frecuentar la calle; él optó por gestionar sus asuntos desde su despacho personal.

No obstante, terminó enfermándose tras realizar unas diligencias inevitables; uno de sus trabajadores padecía una fuerte gripa y, desafortunadamente lo contagió de inmediato.

Le recomendé encarecidamente que priorizara la hidratación ingiriendo tés, caldos y zumos naturales para aliviar la congestión; el reposo absoluto era el protocolo esencial para combatir la infección viral.

Cuidé de él durante varios días. Aunque el cansancio empezó a pasarme factura, intenté no sobreexigir mis limites, mi cuerpo aún se encuentra en proceso de sanación delicado, pese a que mis niveles de energía comienzan, finalmente, a estabilizarse.

Tras analizar la relación de costo-beneficio y los plazos de ejecución, no tuve otra opción que proceder con la firma con el señor Foster. Los trabajos de la obra comenzarían formalmente a inicios de diciembre.

La oficial Abernathy llevaba un tiempo sin darnos detalles del caso; tampoco se había contactado con el reno, el amigo de Nanook.

Sospeché que ella deseaba actuar con extrema cautela para no alterar al muchacho mientras investigaba a Arktos por su cuenta.

Me resultaba imposible sentir mucha tranquilidad; cuando salía a las calles, percibía que la multitud nos observaba como si estuviéramos bajo la lupa.

Era una sensación física, la capacidad de descifrar de quien nos vigilaba aunque el animal no fuera visible.

Conocía perfectamente los rasgos faciales de aquellos que menospreciaban mi relación con Brutus; sus expresiones de desagrado o inconformidad eran evidentes al vernos exhibir nuestro afecto.

Sin embargo, el miedo de no saber de quién te perseguía era como un amanecer inesperado: su presencia se sentía como un rayo de sol nublado.

No sabía de donde provenía, pero su calidez disipaba la fría niebla de la incertidumbre, aguardando el momento exacto en que mi visión se oscureciera por completo.

Recientemente, había recibido llamadas de un número desconocido.

Al principio, el temor me impedía contestar, asumiendo que se trataba de alguna amenaza anónima vinculada a nuestra situación actual.

No obstante, al decidir atender, descubrí que eran los inquilinos que residían en la casa de mis padres.

Me llamaron para informarme que desalojarían la vivienda en dos días, debido a que habían conseguido nuevas oportunidades laborales en Texas.

Programé una cita para reunirme con ellos este miércoles después de las cinco de la tarde. Le pedí a mi marido que me acompañara; deseaba que conociera el lugar donde pasé mi infancia y el hogar que compartí con los osos que amé con toda mi alma.

Llevaba un rato sin hablar con Balto; nuestra última charla fue hace una semana.

Me comentó que estaba sumergido en sus exámenes finales, los cuales definirían la aprobación del semestre.

Estos parciales de cierre de año suelen representar entre el 60% y el 70% de la calificación final, lo que literalmente nos obliga a trasnochar estudiando cada tema temerario.

Recordé especialmente un profesor de sexto semestre que estableció que el parcial valía el 80% de la nota, dejando solo el 20% para los trabajos prácticos.

En aquel entonces, pasé el fin de semana en el antiguo departamento de Balto estudiando rigurosamente, sobreviviendo a base de cafeína y apenas probando bocado.

Mi hermano se preocupó tanto por mi rendimiento que decidió formularme preguntas basadas en los subtemas y características clave que podrían incluir en el examen.

Gracias a ese apoyo, logré aprobar —aunque fuera a duras penas junto a otros tres compañeros—.

Era lunes y, como de costumbre, debía estar conectado a la plataforma de la marca ateniendo los requerimientos de los clientes.

Recibí una solicitud para la reparación integral del motor de un Volkswagen Gol 1.

6 litros, modelo 2020. El propietario señaló que se había alterado la viscosidad del aceite recomendada por el fabricante, optando por uno más denso tras adquirir el vehículo con el dueño anterior.

Es un error crítico: la viscosidad del lubricante no debe modificarse independientemente del kilometraje, incluso si el vehículo supera los quinientos mil kilómetros.

Los problemas de esta práctica se manifiestan cuando la bomba de aceite no logra succionar ni distribuir el lubricante correctamente, generando una mayor fricción interna y desgaste prematuro en componentes de tolerancia fina.

Muchos animales creen erróneamente que un aceite más grueso ofrece mayor protección, cuando la realidad es que las piezas móviles —como las bielas, el cigüeñal, los pistones y el árbol de levas— requieren la fluidez especificada por la marca para moverse con libertad y asegurar que el aceite llegue a los puntos más críticos del sistema.

Un aceite demasiado viscoso garantiza una muerte prematura del motor al dificultar el flujo por las galerías de lubricación.

El cliente procedió con la compra de todos los compontes internos necesarios para el “overhaul”, la suma total de las refacciones ascendió a $5.

500 dólares. Leonel quedó a cargo de presupuestar el costo de la mano de obra para completar la intervención.

Mientras recibía el comprobante del cliente, noté que Brutus se hallaba sumergido en las cuentas, sumando los gastos mensuales de sus propiedades.

Se veía un poco estresado; aún no lograba cuadrar el consumo total de nuestra casa.

Sin embargo, me tomé la libertad de liquidar los servicios esa misma mañana.

El hecho de que me hubiera brindado un techo no significaba que yo debería disfrutar de todas las comodidades a la ligera.

Trabajo arduamente para ser un oso más responsable y deseaba aportar con los gastos mensuales; tal como hacía cuando vivía con Balto asegurándome de que el mercado y los insumos básicos estuvieran cubiertos para los dos.

- ¿Qué pasa, osote? – pregunté, rompiendo su concentración.

- Peludito, siento que me veas así de eufórico. – dijo, mientras se limpiaba la nariz con un pañuelo - ¿De casualidad no has recibido los recibos de los servicios de la casa?

- Yo los pagué; lamento no haberte avisado antes, me ocupé con un cliente– respondí, entregándole el comprobante de la transacción.

- Osito, me asustaste… no había necesidad – expresó, dándome un beso en el que sentí su nariz congestionada.

- A partir de hora, te ayudaré con los gastos del hogar. No quiero abusar de tu generosidad; así te liberas una carga– corroboré, mientras le servía un poco té para ayudarlo con la gripe.

- Te lo agradezco, peludito – me sonrío, y la preocupación en su rostro desapareció como si limpiara una pequeña mugre que opacaba un cristal – Respetaré tu decisión, ¿de acuerdo?

- Tómate esto, ayudará a descongestionarte – añadí, justo en el momento en que sonó el timbre.

- ¿Pediste algo? – inquirió, frunciendo el ceño con curiosidad.

- Debe ser la ropa que adquirí con el cupón que me regalaron los muchachos – respondí alegremente mientras me dirigía a la entrada. Brutus me dio una palmada cariñosa y me guiñó un ojo.

- ¡Epa! – regresé un segundo para a darle un beso fugaz – Te amo.

- Yo más, osito – contestó, retomando la gestión de sus facturas mientras yo abría la puerta.

- ¿Correspondencia para Carving Walker? – cuestionó el repartidor, una alpaca adulta con uniforme de mensajería.

- Si, señor – respondía recibiendo la caja. Me pareció curioso que fuera grande y pesada para ser solo ropa. Tras agradecerle, la deje sobre la alfombra de la sala, intrigado por verificar si el contenido coincidía con mi pedido.

Abrí el empaque con las tijeras y el corazón me dio un vuelco. Me quedé inmóvil, con las patas temblando descontroladamente mientras leía el mensaje: “Si no serás mío, nadie te tendrá”.

No era ropa, Era una corona de condolencias, un augurio de muerte dedicado explícitamente a Brutus.

El pánico me hizo gritar, rompiendo el silencio sepulcral de nuestra casa; sentía que los pilares de nuestra vida se tambaleaban ante un sismo que amenazaba con derrumbarlo todo.

El “Espíritu Guardián” que sentí en las montañas se había desvanecido, dejándome vulnerable en el centro de mi propio hogar.

- ¡Llama a Zoe, por favor! – supliqué mientras Brutus intentaba tranquilizarme – No podemos seguir viviendo así. En cualquier momento alguien podría asesinarte frente a mis ojos… sin el menor remordimiento.

- Esto es una advertencia, Carving. ¡Descuida, mi pequeño! Las autoridades están haciendo lo posible para encontrarlo – me consoló, aunque su voz aún denotaba la congestión de la gripe.

- ¡No puedo calmarme, Brutus! – grité, incapaz de contener el terror – Ese tipo no descansará hasta verte muerto. ¡Todo porque no logró ganarse el afecto de mi padre!

Inmediatamente, un profundo arrepentimiento me invadió. Jamás le había gritado a nadie, y mucho menos a mi pareja. Sentí que las estructuras de nuestros pilares se balanceaban violentamente, como si un terremoto quisiera derrumbar todo a su paso.