Tratos No Negociables Capítulo 31 – Charlas Memorables
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Capítulo 31 – Charlas Memorables

La tarde en la cabaña se manifestó como una lenta fusión de oro filtrándose entre los pinos, un momento donde la luz solar luchaba por iluminar la densidad del bosque.

Los grillos y los insectos comenzaron a sonar sus melodías nocturnas, anunciando el inminente anochecer.

No había multitudes ni contaminación auditiva; solo una cabaña en medio del silencio, compartiendo un día esplendido de mis seres queridos.

Durante la jornada realizamos diversas actividades: tras el desayuno, fuimos a esquiar a las faldas del Monte Hood y luego nos refugiamos en Timberline Lodge para disfrutar de chocolate caliente con malvaviscos.

Michael y mi prometido optaron por el whiskey, anticipando una estancia prolongada; no me sorprendió que terminaríamos abandonando el lugar después de las dos y media de la tarde.

Quise integrarme al ambiente festivo, pero antes decidí consultar con mi medico si podía ingerir alcohol.

Sabía que el etanol podría comprometer la regeneración de los tejidos, reducir el flujo sanguíneo, aumentar el riesgo de complicaciones, incluso cuando la cicatriz parecía cerrada.

El doctor, tras felicitarme, verificó que hubiera completado mi esquema de medicamentos para el dolor abdominal.

Su autorización fue cautelosa: me recomendó no exceder las ocho copas y optar por destilados blancos tales como el vodka o el tequila.

Estos tienen menos congéneres, —sustancias residuales de la fermentación que intensifican la resaca—, lo que los hace menos reactivos para el sistema inmunológico en comparación con mezclas azucaradas.

Al caer la noche, decidimos relajarnos en el jacuzzi para liberar la tensión de una semana laboral extenuante.

Los “dos grandes” continuaron con el whiskey, terminando la primera botella y comenzando la reserva del refrigerador.

Balto me acompañó con un tequila mientras sumergíamos nuestros cuerpos; me aseguré de que la temperatura fuera la indicada para evitar una vasodilatación excesiva que pudiera inflamar la zona afectada.

Antes de ponerme mi traje de baño, me coloqué un apósito impermeable para sellar la piel, creando una barrera estéril contra el cloro, bacterias y otras infecciones del agua caliente.

Más tarde, Michael y Brutus regresaron con una picada de carne, pollo desmechado y papas fritas. Supuse que sería una larga noche, donde la música y la gélida brisa de la montaña serían los protagonistas de nuestro encuentro.

- ¡Muchachos!, ¿listos para comer? – cuestionó Brut, dejando la bandeja sobre un pequeño flotador que navegaba con gracia sobre del agua.

- ¡Claro, tenemos mucha hambre! – respondí con alegría, sintiendo cómo el olor de una picada despertaba mis sentidos.

- Oye, perrote, ¿trajiste el bafle para escuchar música? – inquirió Balto, antes de tomar un trozo de carne.

- Creo que está en la cajuela de la camioneta, tesoro. Las llaves están sobre la mesa de noche – añadió Michael, mientras Balto se retiraba momentáneamente para buscar el control remoto y el equipo.

- Tú sí que eres prevenido… ¿Seguro que ese apósito cubre bien la herida? – preocupó mi marido, observando el plástico con una mezcla de preocupación y admiración.

- No te preocupes, el agua no podrá filtrarse; me aseguré de sellarlo perfectamente – dije, antes de darle un beso en el que percibí el rastro del whiskey, un sabor intenso que contrastaba con la frescura del ambiente.

Michael sonrió; logré percibir que ya estaba bajo los efectos del alcohol, luciendo como un cachorro emocionado y festivo.

Brutus lo ayudó a acomodarse, admirando la resistencia del pastor alemán, quien confesó haber perdido energías por no haber comido desde el desayuno.

Yo, por mi parte, alternaba mi bebida con soda y limón, una táctica para reducir la embriaguez y mantenerme lúcido.

- ¡Preparen su lista, porque vengo a crear la mejor playlist para esta noche! – anunció Balto, regresando con el parlante ya enlazado a su teléfono.

- ¡Pastorcito! – Michael besó a Baltito con una ternura que rara vez mostraba en público; ya no era el socio serio de la oficina, sino un cachorro feliz y pleno al lado de su pareja.

- Oye, Apestoso – intervino el gran pastor mientras comía algo de pollo - ¿es posible que… nos cuentes un poco de ti? ¿Quiénes fueron tus padres? – Comprenderemos si prefieres no tocar ese tema– habló con un respeto genuino.

- No, descuida. Creo que hay detalles que incluso mi amado Brut desconoce – inicié mientras sentía las caricias de mi prometido – Mi padre, James Walker se casó con Brithany Harrper, mi madre, en el 98.

Iniciaron su vida en Portland con el sueño de su propia empresa de importación de café.

Nací en 1999, fui el osezno travieso que mamá cuidaba y amaba con toda su alma.

Papá solía estar ausente por el trabajo, pero sus caricias nocturnas al llegar a casa eran mi refugio.

Fue un oso emprendedor y correcto, un gran ejemplo a seguir.

Mis días favoritos eran los domingos viendo películas o cuando decidíamos a pasear por la ciudad, sobre todo en esos momentos en los que salíamos a comer de noche en los puestos callejeros.

En el año 2016 ocurrió la peor tragedia de mi vida: el accidente aéreo del 20 julio.

Una falla en las turbinas desplomó el avión cuando se dirigían a los Los Ángeles.

Tras su partida, el testamento de papá fue claro: clausuró su empresa porque no confiaba en nadie más para manejar su legado.

Me dejó una herencia que acabo de reclamar para la compra de una bodega en Alberta, de hecho, ayer hablé con el ingeniero para las reparaciones – concluí mi historia, elevando mi copa de tequila y bebiendo en su honor.

Sus miradas se reflejaban una sutil melancolía tras escucharme; sin embargo, al final de mi relato les enseñe una gran sonrisa, reconociendo que fueron ellos quienes me dieron la oportunidad de seguir adelante gracias a sus enseñanzas.

Al principio, procesar su ausencia se sentía como intentar sostener agua entre las patas; el frio de la pérdida y la urgencia de retenerlos era lo que me dejaba el pecho húmedo de nostalgia.

Con el tiempo, al hablar de ellos, me di cuenta de algo distinto: mis padres nunca se marcharon del todo.

Siempre han estado dentro de mí, sosteniendo las raíces de mi árbol y convirtiéndose en la luz que se filtra entre mis hojas para permitirme no caer.

- Salud, peludito – Anunció Brutus sirviendo un poco más en las copas – Quiero brindar por ellos, porque los has recordado con un valor inmenso. Me habría encantado conocerlos – concluyó, mientras chocamos nuestros cristales en un brindis solemne.

- Gracias – expresé con una sonrisa plena– Pero será mejor que no siga bebiendo, ya ha sido más que suficiente – alerté, manteniendo mi compromiso de no abusar de mi herida - ¿Y tus padres, Michael? – cuestioné, dejando la copa a un lado para centrarme en él.

- Ellos viven en Colombia. – respondió, contemplando la profundidad del bosque oscuro - Hace mucho tiempo no los visito.

Después de que terminé mi carrera como administrador de empresas, decidieron mudarse a Latinoamérica, hace ya unos quince años.

Cada mes les envío una transferencia para que no les falta nada; los extraño mucho.

- ¿Cuándo vamos a visitarlos, perrote? – preguntó Balto con evidente emoción – El señor Grayson tiene muchas ganas de conocerme. Sería estupendo llevar también a mis papás; últimamente los he visto cansados y unas vacaciones en el trópico no les vendrían nada mal – aconsejó.

- Para eso tendría que pedirle permiso a mi jefe – señaló Michael, mirando de reojo a mi oso con una pizca de humor.

- Descuida, programaré tus vacaciones para el próximo mes. – anunció mi prometido tras darle un sorbo a su bebida - Aprovéchalas para pasar Navidad, y Año Nuevo con Baltito y sus familias.

- Muchas gracias, Brut. Te prometo que en los próximos días cumpliremos con todas las metas pendientes – aseguró Michael estrechando las patas en una promesa de lealtad y eficiencia.

La noche se camufló con la selección musical de Balto, mientras el viento agitaba las copas de los pinos como una orquesta sinfónica.

El murmullo del rio Sandy se transformó en un piano de cristal tocando una nana nocturna.

Todo se fusionó en una sinfonía de sonidos donde las risas de mis seres queridos se sentían como el eco de la alegría infantil, puro y sin peligro alguno.

Al final, todos compartimos por una causa común; no solo buscábamos fortalecernos, sino que nos permitimos llenar los vacíos de nuestros corazones, confesando que, al ser compartidos, perdían su peso. Cada palabra fue un bálsamo.

El encuentro terminó cuando Brut y yo, rendidos, buscamos refugio en la cama; sellando el día con un beso de buenas noches; preferimos guardar nuestra intimidad para otro momento, respetando el descanso compartido bajo el techo de manera.

El domingo en la mañana salimos a caminar por los senderos del Monte Hood.

Había muchas rutas que ofrecían bosques densos, lagos tranquilos y paisajes montañosos.

Optamos por el Tamanawas Falls Trail: un camino de dificultad moderada para disfrutar el rigor del atletismo extremo, atravesando un entorno boscoso hasta llegar a la espectacular catarata.

Los visitantes pueden acceder a la base o incluso adentrarse en la gruta natural que se formaba detrás de la caída de agua.

Curiosamente su nombre proviene de un término Chinook que significa “Espíritu Guardián Amigable”.

Por la tarde, tras el almuerzo, Balto y Michael me sorprendieron con un bono de regalo para mi marca favorita.

Agradecí el gesto, dándoles un abrazo cálido mientras terminaba de empacar la maleta para nuestro regreso.

No recordaba sentir tanta alegría en mis cumpleaños anteriores; era como si me hubieran inyectado una energía vital, que me preparaba para afrontar un año lleno de vida y motivación.

Sentía que mi experiencia era un libro que, tras cerrar el último capítulo, me ofrecía páginas en blanco para escribir nuevas historias.

Ahora que Brutus se convirtió en mi prometido, tenía que charlar con Balto para organizar los preparativos de nuestra ceremonia tras su viaje a Colombia.

Él me aseguró que iba emprender el paseo con entusiasmo; de hecho, hace poco tuvo el privilegio de conocer a la señora Grayson por videollamada, quien le dio su bendición al notar el gran futuro que tenía con su hijo.

Finalmente, Baltito me confesó que, en cuanto terminara su carrera universitaria y se establezca profesionalmente, le propondría matrimonio.

El viaje de regreso fue sereno. El zumbido de las llantas sobre el asfalto se convirtió en la melodía que nos acompañaba.

Brutus dormía profundamente mientras Michael emprendía la marcha.

Balto acariciaba tiernamente la pierna de su pareja, quien le correspondía entrelazando sus dedos con suavidad.

Me sentí afortunado de ser el testigo principal de su amor; eran tiempos que, sin duda, grabaría en mi memoria por siempre.

- Hermanito, ¿Ya han pensado en qué fecha desean casarse? – preguntó Balto rompiendo el hielo del viaje.

- Pensamos que para mitad de enero o comienzos de febrero. Aún no lo hemos planificado al detalle – expliqué, observando cómo el paisaje forestal cedía el paso a las luces de la ciudad.

- ¿Y qué sentiste cuando Brutus te puso el anillo? intrigó Michael con curiosidad, manteniendo la vista de la carretera.

- Fue un mar de emociones: no encuentro las palabras exactas para describir ese hermoso momento – Besé a mi marido, dándole un beso fugaz, quien seguía sumido en su sueño profundo y no mostró señales de movimiento.

- ¡Me sorprende lo rápido que lo has enganchado! – rió Michael, controlando con suavidad la velocidad del vehículo – Parece que ya depende totalmente de ti.

- No lo niego. Me he acostumbrado tanto a vivir junto a él que me volvería loco si algo le pasara – confesé, acariciando inconscientemente mi flanco, donde la cicatriz servía de recordatorio – Este oso polar no descansará tranquilo si alguno de los dos corre peligro.

He tratado de que mi “peludote” no se exponga demasiado en la calle; es un alivio que regrese lo antes posible – expliqué, aludiendo a las precauciones que tomamos por culpa de Arktos.

- Comprendo, debe ser agotador vivir bajo esa presión. – agregó Michael - ¿Y la oficial Zoe ha dado detalles sobre su paradero?

- Está intentando contactar con un amigo de la expareja de Arktos, es todo lo que sabemos hasta ahora – detallé con cierta frustración.

- Deben cuidarse mucho. Si necesitan protección adicional, tengo un contacto que podría colaborar con ustedes en caso de una amenaza directa – contribuyó mientras se incorporaba al tráfico urbano – Baltito, mi amor. Envíale el contacto de Stephenson.

- Muchas gracias, Michael – agradecí, poniéndome la chaqueta mientras observaba los primeros copos de una nevada urbana sobre el parabrisas.

Esa noche, Brut y yo cenamos pizza a domicilio de un famoso restaurante local para terminar los festivos de mi cumpleaños.

Llegamos tan cansados que decidimos acostarnos de inmediato; sin embargo, por alguna razón, no lograba conciliar el sueño mientras veía el contacto del señor Stephenson en la pantalla de mi teléfono.

Las palabras de Michael resonaban como una emergencia no alertada: Arktos seguía ahí afuera, esperando el momento en que bajáramos la guardia.