Tratos No Negociables Capítulo 30 – Feliz Cumpleaños
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Capítulo 30 – Feliz Cumpleaños

La noche de aquel viernes cayó como una capa negra escarchada que arropaba el jardín, asemejándose a una gran cobija blanca donde daban ganas de acostarme a dibujar ángeles de nieve.

El día transcurrió tan rápido con tal celeridad que apenas fui consciente de la cantidad de tareas que ejecuté en forma simultánea.

Más tarde, la conversación se tornó íntima.

Me contó que su conexión con Michael se había fortalecido tras experimentar con los arneses y el baile que habían planeado.

No obstante, ambos concluyeron que el acto físico no era el eje central de su noviazgo; esas pausas de introspección les permitían enfocarse más en metas personales, fomentando un crecimiento mutuo.

Michael ha demostrado que su prioridad es fortalecer el vínculo emocional con Balto, cuidándolo con una devoción paternal.

Al regresar, tras organizar la cocina, encontré a Brut empacando.

Mañana emprenderíamos nuestro viaje a Mt.

Hood, específicamente hacia la zona Government Camp y Welches, al oeste de Portland, en compañía de Balto y Michael.

Buscábamos el ambiente acogedor de Tiberline Lodge, un lugar perfecto para disfrutar de caminatas por el bosque o deslizarnos en la nieve haciendo tubing, mientras compartimos un chocolate caliente o un trago frente a la chimenea.

- ¿Todavía no has empacado tu maleta, peludito? – cuestionó Brutus mientras buscaba entre los cajones - ¿No has visto mi bufanda, mi amor? – inquirió otra vez.

- No, osote, estaba terminando de limpiar cocina mientras charlaba con Balto por teléfono. – respondí con calma – Las bufandas están en la parte superior, guardadas en una canasta. – Añadí, buscando mi propia maleta debajo de la cama.

- Gracias, osito. Por poco y no las encuentro. – comentó, estirando sus brazos hacia el estante - ¿Tu acomodaste mi ropa? – preguntó sorprendido, al encontrar sus trajes organizados meticulosamente según el color de sus bléiseres.

- Así es, mi amor. Me tomé la molestia de hacerlo; me generaba algo de ruido el desorden que tenías. Espero que no te moleste – expresé, demostrándole que para mí el orden en un pilar fundamental para la eficiencia.

- Muchas gracias, pequeñito. No me molesta en absoluto – sonrió mientras seleccionaba otras camisas – Lleva buen abrigo; escuché que muchos animales han enfermado por causa del frio intenso – me advirtió.

- Tranquilo, osote. Michael se ofreció en llevarnos en su camioneta – agregué – También comentó que nos iba a mostrarnos algo especial – recordé mientras me lavaba los dientes, puliendo con cuidado mis colmillos.

- ¿Qué traerá entre manos? – se intrigó, cerrando su maleta.

- No tengo idea, pero se escuchaba muy emocionado – dije tras enjuagarme la boca.

- Bueno, ya terminé. Programé el despertador a las seis y media. ¿Te falta mucho, peludito? – apresuró, mientras se ponía una camiseta cómoda para dormir.

- Paciencia, mi amor – reí por su entusiasmo – Sé que ansias descansar, pero aún me falta empacar un par de camisetas, una bufanda y una chaqueta técnica. – expresé buscando las prendas en el closet.

- Es que te quiero dar un pequeño regalo de pre-cumpleaños – anunció desde la habitación– Quiero que veas algo que sé que te va a encantar.

Cuando regresé a la habitación, solté accidentalmente la ropa que llevaba en mano, tras haber ver visto algo que me sonrojó profundamente.

Mi prometido me esperaba en el centro de la cama, transformado en un festín invernal; su cuerpo estaba decorado vestido por un fino baño de crema, suave y blanca, coronada en la punta por una cereza brillante que aguardaba ser degustada.

Mi expresión reflejaba un deseo voraz; el anhelo de saborear esa dulzura combinada con la brisa marina, ese toque de sal refinada y calidez del sol que emanaba su piel.

Me aventé tiernamente a la cama, agradeciendo el inicio de mi festividad con un rotundo beso.

La atmosfera de cargó de aceptación, como si brindáramos el encuentro tras una separación.

Las primeras sensaciones fueron sutiles; el sabor coincidía como mis predicciones, como rocío en la montaña sobre la piel: fresco, salino y con la pizca mineral que aumentaba el apetito, tal como si una sopa de tomate enriquecida con crema donde la curiosidad guía la lengua.

La intensidad aumentó como si la corriente de un río arrasara con los árboles del bosque.

La temperatura subía conforme los sabores se combinaban en una mezcla entre el aroma de madera y la densidad de la mantequilla salada.

Era un sabor envolvente y orgánico, el núcleo de una experiencia donde la música de nuestros latidos dictaba el ritmo.

La textura de su cuerpo se había convertido en un bufé de sensaciones que llenaba por completo los sentidos.

La culminación del banquete llegó a su fin con el postre final: una textura más cremosa y un sabor que evocaba el almizcle y la esencia más pura de su ser.

Fue el cierre de una cena magnifica, dejando el eco persistente en el paladar, como si saboreaba la última gota de un licor de reserva que deja una sensación de plenitud y calidez recorriendo todo mi cuerpo.

- ¿Te gustó tu primer regalo? – inquirió Brutus mientras me besaba, compartiéndole el rastro del postre.

- ¡No me lo esperaba! Fue el mejor manjar que me has preparado. Gracias, peludote – agradecí, intentando recuperar la respiración entre sonrisas.

- Respira, tranquilo. – acomodó su pecho para que yo conciliara el sueño – Mañana terminamos de empacar, no te preocupes. Te amo, mi peludito. Mañana será un gran día.

- Yo también te amo, peludote. Descansa.

A la mañana siguiente, nos levantamos antes de que el despertador sonara.

Solo faltaba un día para mi celebración de mi nacimiento.

Aún me costaba creer que estuviera por cumplir veintiséis años, se sentía como cambiar de segunda a tercera marcha en un auto manual: conduciendo mi vida hacia nuevos horizontes donde la carretera se torna más técnica y desafiante conforme avanzo.

Aun recordaba la estación de mis veinte; en ese entonces no tenía amigos y decidí celebrarlos con una pequeña torta frente a la fotografía enmarcada de mis padres.

Había soñado con ellos una vez más, viéndolos aplaudir mientras me cantaban con fuerza la típica canción de cumpleaños.

Mas adelante, Michael llegó a recogernos.

Me invadió una inmensa alegría al ver que había adquirido una de las SUVs que le recomendé durante los primeros días de mi recuperación.

El Volkswagen Atlas Cross Sport en color Azul Tornado.

Su felicidad estaba claramente vinculada a esta gran adquisición.

Al subir a la camioneta, no pude dejar de admirar los acabados en tapicería en cuero y la iluminación ambiental personalizable, —un rasgo distinto que compartimos en nuestros vehículos tanto el mío como el de Brut—.

Los detalles en fibra de carbono y la pantalla de infoentretenimiento renovada, le otorgaban un aire definitivamente premium.

Me complació notar que los asientos traseros incorporaban calefacción, un detalle de confort para el clima invernal.

La insignia “R”, en referencia al paquete deportivo R-Line, confirmaba su estatus.

Felicité a Michael, pues no cualquier animal podía acceder a semejante lujo; le señalé que era una de las SUVs más codiciadas por los entusiastas.

Volkswagen las consideraba como “cereza del pastel”, el equilibrio perfecto entre tecnología, confort, estética y potencia.

Minutos después, habíamos salido de la ciudad siguiendo la hoja de ruta del GPS.

Debíamos incorporarnos a la vía hacia Salem, tomando la salida hacia la U.S, Route 26, atravesando las localidades de Sandy y Zigzag.

El plan era cruzar la zona de Welches para finalmente ascender por la montaña hasta Government Park.

La duración estimada del viaje era de una hora y treinta minutos, el tiempo ideal para fortalecer los lazos entre nuestras dos parejas.

- ¿Algo que desean escuchar? – cuestionó Michael observándonos por el retrovisor con una sonrisa cómplice.

- Hermanito, pon algo que a ti te guste. Tienes buen gusto musical, ¡anímanos! - exclamó Balto, pasándome su teléfono con entusiasmo.

- ¿Les gusta el Pop-Country? - pregunté, antes de seleccionar una canción que me hacía sentir ligero, como una hoja que cae solemnemente bailando en la brisa.

- A mí me encanta – afirmó Brut, dándome un tierno beso en la frente.

- Tú sabes mis gustos, Apestoso – habló Balto muy feliz, esperando a que la música inundara la cabina.

- Soy fan del Country, pero no había oído esa combinación de géneros. Ponla – concretó Michael, mientras nos incorporamos con potencia a la autopista.

- Está bien, aquí va: A Bar Song Tipsy de Shaboozey.

Cuando la canción comenzó con el rasgueo de la guitarra, observé el paisaje por la ventana mientras viajábamos a más de 120 km/h, interiorizando cada nota.

La letra hablaba sobre cómo, pese a las cargas laborales y las preocupaciones, la mejor forma de liberar el estrés es celebrar los pequeños triunfos.

Aunque la melodía sonara festiva, percibí ese trasfondo melancólico del autor sobre buscar refugio en una botella para intentar salir adelante.

- ¡Wow, que canción tan buena! – comentó Michael mientras realizaba un cambio de carril con suavidad.

- ¿Por qué me recuerda a alguien? – bromeó Brutus dándome un beso juguetón en la nariz.

- ¿Quién pone la siguiente? – exclamó Balto, emocionado por el ambiente.

- ¿Quieres intentarlo? – miré a mi marido con complicidad.

- Está bien, seguiré con la línea de country si les apetece – dijo Brut, tomando el teléfono para buscar su elección.

- Michael, asegúrate en activar el control crucero. – aconsejé inclinándome hacia delante - Fija una velocidad a 110 km/h; así ahorrarás combustible y el sistema mantendrá el ritmo por ti, permitiéndote descansar la pata del acelerador – indiqué para que viera mi dedo qué botón debía oprimir.

- En seguida, Apestoso mecánico – procedió Michael a ejecutar el comando en el volante.

- Aquí va la mía : Holland Road Mumford si apagaba el vehículo abruptamente interrumpía la lubricación y refrigeración de forma violenta, lo que se traduce en un desgaste del componente a largo plazo.

La cabaña se encontraba en Welches, un entorno idílico rodeado de pinos silvestres, flora local y la imponente presencia del Monte Hood.

El complejo ofrecía desde refugios a la orilla del rio hasta alojamientos con jacuzzis privados y chimeneas de leña.

La propiedad que alquiló mi marido se llamaba River View Cabin, situada estratégicamente en el rio Sandy.

Es un lugar conocido para la pesca deportiva y destaca pos sus vistas panorámicas; se sentía como el punto exacto de conexión con la naturaleza.

Al entrar, mis ojos se humedecieron ante un festín que todos habían organizado en secreto. Había cerveza artesanal, whiskey, música ambiental y un pastel de cumpleaños rodeado de decoraciones por doquier.

- ¡Feliz cumpleaños, Carving! – Anunciaron los tres al unísono.

No pude contener las lágrimas. Mi último recuerdo de un cumpleaños así de especial se remontaba la última vez que mis padres estuvieron conmigo antes de aquel viaje a Los Ángeles.

- Lo siento, perdón. No pude contenerme. Verlos aquí me hace recordar profundamente mis papás. Muchas gracias por acompañarnos; tanto a ustedes como Brutus son mi nueva familia – dije, abrazando a cada uno mientras dejaba que mi vulnerabilidad fluyera.

- ¿Sabes? El que los recuerdes constantemente significa que ellos están viviendo dentro de ti. Cuando amas alguien – inició mi pareja con voz suave – se queda en tu corazón para siempre – se regocijó en mí, cubriendo con su presencia ese antiguo vacío en mi alma.

- Que palabras tan bonitas – agregó Michael – Eres alguien puro, Apestoso.

Nosotros como pareja estamos profundamente agradecidos, no sólo por la invitación, sino porque fuiste tú quien orquestó aquel encuentro tras salir de la oficina, cuando llamaste a este perrito para que los llevara a casa.

Gracias a ti pude conocer a mi cachorro, quien hoy es el pilar de mi vida.

Nunca imaginé que mis acciones hubieran ayudado a sanar las heridas ajenas de tal manera, permitiendo que otros encontraran su propia estabilidad, tal como Brut lo hizo conmigo.

- ¡Vamos, hermanito! Festejemos tus veintiséis años juntos – anunció Balto con entusiasmo.

Mis veintiséis años no solo fueron elogiados en un lugar que conectaba con la esencia misma de la naturaleza, sino que fueron celebrados por los animales que llegaron a mi vida gracias a la bondad de sus acciones.

Hoy, mi existencia se vistió de luces de bengala, festejando la cima del monte donde el sol tocaba mi cumpleaños.