Capítulo 29 – Testigos del Pasado
La jornada siguiente despertamos en una mañana fría.
La tenue luz que se filtraba por las persianas revelaba los objetos que se divisaban a simple vista como contornos de una realidad que volvía a cobrar forma.
En ese instante, mi marido y yo éramos como silencios que se encontraban, cobijándome yo en el calor de su pecho para olvidar la frialdad del mundo exterior.
Siempre adoptábamos poses para dormir cómodamente y me alegraba que, una vez más, podía sentir la radiante calidez que emanaba su ser.
Brut tenía el sueño muy profundo; a veces me costaba levantarlo, incluso con besos o agitándolo levemente, pues me preocupaba que su puntualidad de su trabajo se viera afectada.
Usualmente realizábamos nuestras tareas domésticas en días intercalados; un día preparaba el desayuno y al otro él se encargaba de hacerlo.
De vez en cuando tomábamos una ducha juntos; me gustaba tener el privilegio de refregar su cuerpo para que quedara impecable, con la misma dedicación y detalle con la que lavaras tu propio auto en un gran día soleado.
Más adelante, le preparé carne en bistec, huevos fritos y un poco de ensalada de frutas.
Brut no tenía un talento innato para la gastronomía; sin embargo, cuando disponíamos de tiempo libre, le colaboraba cortando las verduras y aplicar condimentos a la comida que él intentaba preparar con mucha emoción.
Mientras yo cocinaba, él preparaba la mesa como un engranaje perfecto en nuestra rutina.
Nos gustaba platicar sobre nosotros o sobre nuestros amigos; le conté que Leonel comenzaría a trabajar en la fábrica de Ford Motor Company a principios de enero.
Su reacción fue de absoluto asombro, pues ambos sabíamos que no cualquier animal logra entrar a una compañía de ese calibre con tanta facilidad.
- Así que, hoy es la cita con la señora Zoe y el joven, ¿cierto? – pregunté, mientras el sabor cítrico del jugo de maracuyá despertaba mis sentidos.
- Si, peludito. Nos citó después de las cuatro en la comisaria, cerca de Kenton. Allá podremos hablar sin que nadie interrumpa – afirmó Brutus, revisando las notificaciones de su teléfono – ¿A qué horas es tu cita con el doctor? – inquirió con tono protector.
- Déjame chequear el correo – respondí, navegando entre los pendientes de mi bandeja de entrada.
– Dice… que a las once y cuarenta y cinco.
Antes de eso, debo pasar al concesionario a entregar los últimos reportes de ventas; los clientes han estado solicitando muchos repuestos últimamente.
Por cierto, ¿Cuándo fue la última vez que cambiaste pastillas de freno? – inquirí terminando mi desayuno.
- Desde que compré el auto jamás se las he cambiado. La última vez que acudí al taller del concesionario donde trabajas, me dijeron que aún tenía 30% de vida – aseguró mientras retiraba nuestros platos de la mesa.
- Te recomiendo que las reemplaces pronto – aconsejé con firmeza – En esta temporada de invierno, detener un vehículo es más difícil que frenar en una pendiente empinada.
Lo más probable es que el sistema ABS se esté activando con demasiada frecuencia debido a la pérdida eficiencia.
Las mordazas se acoplan dependiendo del recorrido al pisar el pedal de freno; la distancia se alarga cuando el material tiene poco espesor – expliqué, mientras secaba la loza con precisión.
- Adoro que usas palabras tan técnicas cuando hablas de autos; menos mal tengo a mi “osito mecánico” – me besó con ternura mientras buscaba las llaves del Taos.
Más adelante nos adentramos en la avenida de Armstrong.
Era interesante observar cómo los camiones quitanieves despejaban la carretera, abriendo paso a los vehículos pequeños que no contaban la tracción suficiente para navegar por el asfalto congelado.
Muchos de los transeúntes caminaban con cautela sobre los andenes limpios u optaban por la técnica del “paso del pingüino.”; que consistía en dar pasos cortos y firmes en lugar de zancadas largas, manteniendo el tronco inclinado hacia delante para asegurar el centro de gravedad.
A lo lejos, algunos cachorros aprovechaban para lanzarse bolas de nieve, sumergidos en una pequeña guerra donde sus gritos eran más que pura diversión.
Cuando llegamos al concesionario, los recuerdos de mi primer día en Volkswagen se sintieron como un libro reescrito; conservaba las mismas hojas, pero las letras habían sido alteradas tiñendo la tinta de un color nuevo y más maduro.
Recordé a aquel viejo compañero, hoy ya fuera de la empresa, que me dio la inducción; aquel día anoté febrilmente cada función que debía realizar como vendedor de repuestos.
Tenía que escribir con una velocidad mecánica, pues el muchacho parecía tener prisa ese día, pero por suerte ejecuté mis deberes con la precisión que él exigió.
- Buenos días a todos – saludé con una sonrisa genuina, sintiendo la energía familiar de mi equipo de trabajo.
- ¡Carving!¡Qué gusto nos da verte por aquí! – exclamó mi jefe desde su despacho, aunque se notaba sumergido en sus labores habituales.
- Siento la interrupción, jefe. Aquí le traigo el informe detallado sobre el reporte de ventas de los repuestos comercializados durante el mes de octubre. – dije, mientras notaba de reojo que mis otros compañeros aguardaban para saludarme.
- Siempre tan cumplido, Carving; nunca nos decepcionas con tu métrica. ¿Cómo va tu rehabilitación? – Cuestionó con una curiosidad teñida de respeto.
- Bien, ya un poco mejor. Espero poder reintegrarme a la operación a medidos del próximo mes. – aseguré, sosteniendo su mirada con determinación – De hecho, quería solicitarle permiso especial para comienzos de diciembre.
- ¿Por cuantos días? - Preguntó, volviendo momentáneamente a sus documentos.
- El viernes y el lunes. Mi prometido celebrará sus cumpleaños en esas fechas y planeamos un viaje a Florida.
Estoy dispuesto a compensar el tiempo trabajando jornadas completas si es necesario; incluso trajimos el vehículo para una revisión preventiva de frenos y cambio de plumillas limpiaparabrisas – oferté señalando el Taos estacionado afuera.
- Está bien, no te preocupes. La próxima semana acomodaremos tus horarios para que recuperes esos días.
Y felicidades por tu compromiso; me alegra que tu relación esté triunfando de esa manera, no cualquiera logra construir una estabilidad así – felicitó como si valorara mi éxito personal como el profesional.
- Le agradezco Que tenga un buen día, jefe. - Me despedí, estrechando nuestras patas con firmeza.
- Nos vemos, Carving. Igualmente – concluyó con una sonrisa de aprobación
Pasadas unas cuantas horas, nos dirigíamos hacia la empresa en el Toyota 4Runner de Brenda, quien pasó por nosotros tras mi chequeo médico.
El doctor mencionó que mi recuperación había comenzado a dar frutos; no obstante, se percató del rastro del sangrado nasal e inquirió si había ocurrido algún incidente grave en los últimos días.
Le comenté que el día anterior había realizado diversos ejercicios, pero que olvidé tomar los descansos necesarios, afectando mi ritmo cardiaco.
Habría preferido decir la verdad absoluta, pero no quería generar complicaciones innecesarias ni responsabilizar a Brut por un encuentro que ambos habíamos anhelado profundamente.
Ya en las instalaciones, me senté a revisar los últimos correos en mi ordenador.
Noté que uno de los clientes solicitó una inspección aduanera previa al embarque de la mercancía; de no responder a tiempo, nos habríamos enfrentado a retrasos críticos en la cadena de suministro.
De inmediato le pedí a mi colega Jack que me enviara el documento fiscal que avalaba la legal exportación.
Simultáneamente, llamé a Michael para solicitar la lista de empaque, detallando meticulosamente el peso bruto, y neto.
Mi tarea consistía en consolidar un archivo comprimido con los certificados de origen para aplicar las preferencias arancelarias correspondientes.
Debía verificar cada aspecto clave: la validación aduanera, cantidades y descripciones exactas.
Sabía que cualquier incumplimiento, facultaba a las autoridades para retener la mercancía por falta de documentación, firmas autorizadas de Brutus o vistos buenos.
Los riesgos eran altos: multas entre el 130% o 150% sobre los impuestos omitidos o, incluso la sospecha de procedencia ilícita no declarada.
- Hey, no te vi llegar – saludó Hanna, sorprendida de mi presencia - ¿Cómo has estado, gordito? ¿Qué haces por aquí a estas horas? – indagó con curiosidad.
- Hola, nena. Algo atareado; resulta que me faltaba adjuntar los archivos de la inspección de la aduana. Ando corriendo a toda marcha – saludé con un beso en la mejilla, mientras mis dedos retomaban su danza sobre el teclado– ¿y tú?, ¿cómo vas?
- Trata de no agitarte mucho, recuerda lo que dijo el médico.
Yo estoy bien, aunque ocupada también. Jack ha estado bajo mucho estrés, nunca lo había visto así; los proveedores no solicitaron a tiempo la nueva mercancía para la venta y eso ha roto nuestro flujo.
– contó, pero su mirada se desvió de inmediato en mi pata – ¡Qué anillo tan precioso! Te luce – admiró con sinceridad.
- Gracias, nena. No me lo he quitado desde ese día, salvo cuando lo limpio un poco para que no pierda su brillo – respondí con una sonrisa que no podía ocultar con orgullo.
- Qué tierno… Bueno, me iré a ver si Jack me necesita apoyo con ese despacho. Nos vemos al rato – se apresuró a retirarse; aunque alcancé a llamarla para pedirle un favor logístico.
- Nena, antes de que te sumerjas en tus labores, ¿podrías comunicarme con Martin? – solicité, justo cuando mi teléfono comenzaba a vibrar con una nueva llamada.
- No te preocupes, ya te lo llamo – respondió con un gesto amistoso.
- Gracias – expresé, tomando la llamada.