Tratos No Negociables Capítulo 28 – Mañanas Complacientes
52%

Capítulo 28 – Mañanas Complacientes

No era de costumbre levantarme tan temprano; sin embargo, me gustaba contemplar la neblina espesa que se formaba en Forest Park cuando mi amado y yo emprendíamos caminatas antes de las cuatro y media de la madrugada.

El vapor que subía de los bosques densos, especialmente en West Hills parecía el aliento de los mismos abetos.

Era difícil visualizar el panorama a través de la neblina; una gran manta de lana cubría gran parte de la ciudad.

A diferencia de un gris metálico y frio, el cielo de Portland se sentía suave, como una pequeña almohada blanca donde lograbas conciliar el sueño sin esfuerzo alguno.

Mi prometido y yo dábamos tres vueltas caminando a las afueras del parque.

Al final de la rutina, trotábamos alrededor de cinco minutos, vigilando que la fatiga no aumentara, pues aún tenía riesgo en desmayarme.

Gracias a la guía de Brut, logré recobrar la movilidad en poco tiempo; me sentía como un pájaro volando por el cielo libremente.

De alguna manera, me parecía divertido ejercitarme con él; a veces tendía cansarse antes que yo, pues Brut no acostumbraba a caminar de forma constante.

Normalmente, cuando llegábamos a casa, realizaba cinco series de quince en flexiones de pecho; de vez en cuando me pedía que me montara en su espalda, simulando que cargaba más peso de lo normal para desafiar sus músculos.

No hacía mucho tiempo le comenté que deberíamos construir un pequeño gimnasio en casa, con el propósito de mantenernos seguros, creando nuestro propio santuario de salud sin exponernos tanto.

- ¡Vamos, once, doce, trece, catorce... – animé, observando cómo ejecutaba sus ejercicios de bíceps con mancuernas de treinta y cinco kilos – ¡Quince! Nada mal, señor Grizzly.

Brutus soltó las pesas sobre el césped mientras los primeros rayos del sol comenzaban a reclamar su lugar entre la neblina, haciendo brillar las gotas de rocío.

- Wow, creo que he superado un récord. – jadeó, estirando sus brazos donde la tensión muscular dibujaba mapas de fuerza bajo su pelaje. - Haz los mismos movimientos, pero apenas con cinco kilos, peludito. No te esfuerces más de la cuenta.

- Lo intentaré. – respondí posicionando mis piernas para encontrar un equilibrio que todavía se sentía frágil.

- Voy a prepararnos un batido energético, ayudará a que no pierdas masa muscular. Necesito que después del desayuno te alimentes bien. – aseguró Brutus.

Mientras él entraba, me enfrenté a las pesas.

Nunca imaginé que levantar quince libras costara tanto; fue un golpe de realidad descubrir cuánta fuerza se había evaporado durante mi estancia en el hospital.

Tendría que recuperarla gradualmente, ladrillo a ladrillo.

La luz del sol despejó gran parte de la neblina, y no me importó que el sudor empapara mis prendas; debía resistir a las bajas temperaturas para que el frio no se filtrara en mis huesos.

- Aquí tienes, osito. Creo que por hoy ha sido más que suficiente; no quiero que te dé un infarto por mi culpa – bromeó Brutus al regresar. El aroma de proteína, con su dulce esencia, inundó el aire.

- Gracias, mi amor. Tú siempre tan cuidadoso – lo observé con detenimiento, admirando su arquitectura que parecía haber reclamado más espacio tras el ejercicio riguroso.

- No es nada ¿Estás bien? – cuestionó riendo, al percatarse de que mi mirada se perdía en su figura - Veo que tu “amiguito “está despertando con más energía que tú – añadió con picardía.

- ¿No te gustaría hacer algo de cardio antes de que viajes a la empresa, liberando todo el estrés acumulado? – pregunté mientras notaba que su propio deseo comenzaba a manifestarse de forma evidente.

- No podría resistirme a tal invitación – afirmó con una voz cargada de ternura y fuego.

El ambiente dentro de la habitación recobró la antigua atmosfera antes, como cuando estalla una gran tormenta eléctrica tras meses de sequía.

Él y yo nos miramos fijamente, recordando aquellos momentos donde nuestras raíces habían sido cortadas por un jardinero que no tuvo piedad al intentar romper nuestros lazos más íntimos.

El tiempo que pasamos lejos se sintió como una extensión de tierra baldía; aunque dormíamos en la misma cama, era imposible contenerse, y a veces yo sumergía mis dedos entre su pelaje, brindándole los sentimientos que mantenía reprimidos.

El encuentro no fue sutil; fue el choque del río contra el océano donde finalmente se rompía la presa.

Mis patas buscaban con urgencia cada extremidad de su cuerpo, escuchando sus jadeos graves llenar el silencio.

No había espacio para la delicadeza; éramos dos náufragos tocando tierra firme tras una larga tormenta.

Sentía sus latidos como tambores de guerra, pero sus caricias eran el barniz que sellaba nuestra nueva alianza.

Cuando nuestros cuerpos se fusionaron, mis movimientos eran lentos, como el ralentí de un motor que intenta regular sus revoluciones después de un largo viaje por carretera.

Cada roce de piel encendía recuerdos dormidos en los músculos; prioricé la sincronía que el tiempo no pudo erosionar, como engranajes de un reloj antiguo que, tras años de oxido, volvían a encajar a la perfección al primer impulso.

Sus patas, reposando bajo mi cintura, regulaban la velocidad; había una desesperación reverente en la forma que me sujetaba, como si temiera a soltarse y que el muro volviera a levantarse entre nosotros.

Nuestras respiraciones se fundieron en un solo pulso, como una marea que subía y bajaba; las aguas de su océano estaban tranquilas, reclamando lo que le pertenecía pero que le fue confiscado.

Al final, nuestros cuerpos quedaron pegados.

Sentía que mi corazón latía más de ocho mil revoluciones por minuto; no obstante, sus patas adormecían mis latidos tiernamente en mi punto de vida.

No solo eran solo pálpitos, eran tambores que anunciaban el fin de una guerra.

Su mirada era como la de un cachorro que acababa de ser vulnerado.

El sudor dibujaba un pequeño mapa de humedad sobre nosotros mientras nos quedábamos ahí, en la penumbra compartida, sintiendo el peso del pelaje del otro anclándonos a la realidad.

Por fin se acabó la distancia. Sólo quedó el eco de las últimas notas de mi banda tras haber cantado melodías rítmicas sobre sus cimientos.

El tiempo era nuestro enemigo y, por fin, lo detuvimos para dejarlo descansar en su propio refugio.

- ¡Carving, mi amor! – me besó con una urgencia que delataba su miedo a que yo hubiera perdido la cordura – Respira, respira. Aquí estoy, no pienso perderte otra vez – Tomo mi rostro, acercándome su nariz con la suya con devoción - Te amo, mi osito hermoso. Descansa, lo hiciste bien.

- Osote, creo que... me excedí un poco– balbuceé, sintiendo cómo el mundo comenzaba a desvanecerse en las orillas de mi vista – Estoy muy agitado; siento que mi corazón va a estallar.

Sentí un ligero liquido deslizarse por mi nariz; cuando lo probé, su textura espesa y su sabor a hierro y metal confirmaron mis sospechas. Mi presión arterial había superado los límites de seguridad durante el clímax.

- ¡Carving, Carving! – La voz de Brutus se volvió un eco lejano mientras mis oídos se sumergían en un silencio profundo No quería preocuparlo, pero mi cuerpo aún era un motor frágil – Resiste, por favor.

No cabía duda; mi resistencia no estaba a la altura de mis deseos.

Por más cauteloso que intenté ser, el esfuerzo físico fue un incendio que mis sistemas no pudieron contener.

Afortunadamente, la voz de mi prometido volvió a ganar claridad; supuse que solo había sido un desmayo prematuro, un breve apagón del sistema.

- Osito, perdóname. No fue correcto de mi parte permitir que tomaras las riendas. – se disculpó sollozando mientras pegaba su frente contra la mía, buscando mi pulso.

- Ya, no te lamentes. Por fin, después de tanto tiempo, pude sentirte cerca a pesar de las circunstancias. Me estaba volviendo loco, peludote. – añadí, sintiendo cómo mis músculos finalmente se relajaban tras la crisis.

- Mi pequeñito – me besó, y su cuerpo se sentía cálido, con el confort de las sábanas limpias – No niego que fue una experiencia grandiosa, pero me volvería loco si te sucediera algo malo. – añadió - Me diste un gran susto, peludito.

- Mi cuerpo podrá estar débil, pero mi voluntad no quiere separarse de ti. – reí regalándole una leve sonrisa - No deseo que estos encuentros finalicen con reporte médico. Seré más cuidadoso.

- Está bien, confió en tu palabra – dijo mientras se levantaba de la cama – Deberíamos tomar una ducha; purifiquemos este encuentro buscando la calma en nuestros cuerpos.

Accedí con gusto a su propuesta, anhelando a que el agua lavara el rastro de la batalla y nos devolviera a un estado de paz.

Brut preparó la tina y ambientamos el baño con un aromatizante de frutos rojos; el aroma me transportaba a los valles florales, donde el aire se impregna del néctar dulce de cada pétalo.

Dentro de la tina, nos convertimos como dos guerreros desarmados; nuestros cuerpos se fundían bajo el agua parecido al fuego y el vapor, fusionándose hasta que fue imposible distinguir una piel y empezaba la otra.

Éramos como dos ríos distintos desembocando en el mismo lago cálido. Me recosté en su pecho, sintiendo cómo la angustia que había invadido su corazón se derretía por completo, disuelta por ese momento tan único y especial que nos fortalecía desde la raíz.