Tratos No Negociables Capítulo 26 – De Vuelta a Casa
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Capítulo 26 – De Vuelta a Casa

Creí no que no volvería a contemplar las calles de Portland.

Añoraba ver los carros y a los animales paseando de un lado a otro, incorporándose en las avenidas hacia sus destinos.

Brut conducía mi vehículo, la luz ambiental, teñida de un verde suave, me recordó nuestros viajes a la cabaña.

El Jetta era un auto que conservaba los mejores recuerdos junto a mi pareja, como si tuviese vida propia y atestiguara cada acontecimiento prevaleciente.

El frío se intensificaba con los días, como pequeños cuchillos afilados que buscaban el refugio bajo mi pelaje y mi ropa.

La ciudad se tornó parecido al filo de una espada; el atardecer atravesaba las edificaciones, haciendo brillar el pavimento a través de los cristales, mientras las nubes opacaban el cielo como un manto de seda blanca que pronto purificaría las calles con la fuerte lluvia.

Ver las hojas desprenderse de los árboles, era como observar pequeñas monedas de oro cayendo sobre el asfalto.

Tal como el medico predijo, me dieron de alta ese mismo sábado.

Aunque había recuperado un poco mis fuerzas, caminar tenía sus condiciones: la herida me obligaba a tomar una postura erguida con el propósito de que la piel y los músculos no se estiraran, lo que provocaba un dolor punzante, similar al retorcijón.

Debía cuidarme de los mareos y no permanecer de pie por mucho tiempo; el doctor recomendó sentarme al borde de la cama antes de emprender caminatas cortas.

Me alivió no depender de muletas o silla de ruedas, pues no presentaba con debilidades extremas.

Brutus se encargaría de cuidarme los primeros tres días, ayudándome a sentarme, pararme e incluso bañarme.

Me frustraba no poder realizar acciones tan básicas como esas; esa imponencia era como un choque violento, lo imaginaba como pequeñas paredes que obstruían mi camino.

Era sentir que mi mente gritaba “muévete” mientras mi cuerpo se negaba a responder.

Mi única prioridad era vigilar que el flanco no se inflamara o que el dolor no se irradiara hacia la espalda o la ingle.

Al llegar a casa, me tomó por sorpresa encontrar a varios de mis amigos esperando mi regreso.

Mi pareja había dedicado ese día a decorar la sala con globos, confeti y letreros de bienvenida, además de la deliciosa comida preparada por Carmencita.

Volver a ver a mis seres queridos fue como entrar en un pequeño campo lleno frutos silvestres, deleitándome con un dulce néctar de abundancia y tranquilad.

Mis palabras se desvanecieron ante tan afectuosa acogida, como si mis propios padres, a través de ellos, ansiaran verme de nuevo en casa.

- ¡Bienvenido, Carving! – anunciaron al unisonó. No esperaba que todos los socios de FitnessEnterprices estuviesen allí. La familia Cavendish, Leonel e incluso la oficial Zoe.

- ¡Apestositooo! – saludó Balto, dándome un abrazo con extrema sutileza – Por fin llegaste a casa. No sabes cuan feliz me siento de tenerte a mi lado, hermanito. –

- Baltito, mi héroe – apoyé mi pata en su brazo – Muchas gracias por este festín.

Su apoyo fue lo que ayudó a salir adelante.

Aprovechando que están todos, quiero agradecer a mi mejor amigo y hermano de alma, Balto Cavendish, mi héroe No solo por rescatarme tras la tragedia, sino porque su inteligencia superó cualquier expectativa.

Ni yo mismo puedo creer cómo organizó un plan tan brillante en tan poco tiempo.

Quiero que este reencuentro sea una mención de honor a su valentía.

Sin más qué decir, gracias por salvar mi vida, hermano.

Solté algunas lágrimas, mientras recibía su caluroso abrazo. Balto, con su habitual modestia, tomó la palabra.

- No soy muy bueno expresándome en público.

Lo que le pasó a mi hermano es imperdonable, no merecía terminar así.

Algo me decía que era mejor no dejarlo solo, y por eso reaccioné como lo hice.

No quiero volver presenciar lo que vi en ese callejón.

Más bien, disfrutemos de este momento. Gracias por tus bellas palabras, hermanito.

Te adoro – habló con timidez, despertando la admiración de todos los presentes.

- Mi amor –intervino Brutus, captando la atención de la sala – Agradezco infinitamente que estés vivo.

Todos estamos orgullosos de tus grandes logros.

Aborrecí cada minuto de soledad mientras no estuviste a mi lado; fue un vació insoportable.

Por eso, quiero que cada día a partir de ahora valga la pena.

Mi vida sería insoportable si hubieras… muerto.

Hace poco me dijiste que soy un oso que demostraba sus emociones fácilmente. Por eso quiero decirte que…

Brutus se arrodilló, rompiendo todas las leyes de la lógica en mi cabeza. Sacó una pequeña caja y el mundo se detuvo.

- ¿Te quieres casar conmigo? — preguntó con esa voz profunda que siempre me hacía vibrar.

Balto me ayudó a sentarme en el sofá, pues mis piernas, ya débiles por la cirugía, amenazaron con fallar ante el peso de tanta felicidad. El anillo, con un diamante en forma de pata de oso, no era solo una joya; era un ancla que nos amarraba para siempre tras un viaje marítimo tormentoso.

Su propuesta superaba cualquier rango estadístico de nuestro noviazgo, fue como si encendiera un faro de luz en medio del océano en una noche tormentosa.

No sólo iluminaba los fragmentos venideros contemplando nuestros sueños más anhelados; sino que validaba cada ola que tuvieron que atravesar para encontrar la paz.

En ese momento sentí como mis heridas se sanaban tiernamente. Jamás olvidaré esa felicidad.

- ¡Cielos!, grandulón ¡Qué sorpresa! – exclamé entre lágrimas – Me arrebataste mis pensamientos.

Conocerte ha sido presenciar, en carne propia, el significado de un amor incondicional.

Hemos superado grietas que amenazaron nuestros pilares, reconstruyendo cada error sin perjuicio alguno.

Lloro de alegría porque no solo eres mi pareja; te he admirado por cómo te preocupas por mi bienestar con esa entrega absoluta.

¡Te amo, Brutus Grizzly! Y siempre te amaré con toda mi alma. ¡Claro que quiero casarme contigo!

Brutus deslizó el anillo. Me maravillé al ver el diamante tallado en forma de garra de oso; era un toque profundamente significativo que honraba nuestra biología y nuestra unión.

- ¡Ahhhh! ¡No puedo dejar de llorar! – gritó Hanna, desbordada por la emoción– ¡Felicidades! – todos estallaron de aplausos, mientras la música y los brindis llenaban la sala.

- Quién lo diría… nuestro Grizzly se enamoró profundamente – comentó Jack, conmovido - Por cierto, Mickye, ¿tú y Balto no han pensado em algo así? – añadió, bromeando mientras sacudía un poco al pastor alemán.

- Si, por supuesto – respondió Michael con una sonrisa - Pero voy a esperar un tiempo más. Nuestra relación está en un gran momento y quiero disfrutarla con paciencia. Ese perrito es mi alegría después de cada arduo día de trabajo.

- ¿Y qué tal los suegros? – preguntó Brenda, interesada.

- El señor Neithan es muy estricto, pero admito que me han tomado aprecio por cómo hemos forjado nuestro vínculo – contestó Michael, bebiendo un poco y girando la cabeza hacia Martin - ¿Y ustedes, la nueva pareja?

- Hannis y yo estamos de maravilla – respondió Martin - hemos aprendido a acoplarnos y en nuestro tiempo libre nos dedicamos a pasear en moto por la ciudad.

Martin seguía hablando cuando la oficial Zoe intervino con una seriedad que cortó el ambiente festivo de ese rincón.

- Disculpa que interrumpa ¿Eres Martin Dawson? – preguntó Zoe, fijando sus ojos de tigresa en él– ¿Me permites un momento en privado?

Me agradaba observar cómo todos se relacionaban entre sí, Hanna me puso al tanto de los avances de la empresa y compartió su alegría por el crecimiento de su microempresa de forros personalizados; la estrategia publicitaria de Martin había dado frutos.

Él diseñó un flujo en redes sociales donde los usuarios accedían directamente a una plataforma para crear sus diseños, una ejecución brillante y creativa que estaba impulsando las ventas.

Leonel, por su parte, no podía procesar todo lo que me había sucedido en tan poco tiempo.

Confesó que le extrañó no ver visto mi Jetta para su primera revisión técnica, un detalle que, entre la agonía y desesperación, olvidé mencionarle a Brut.

También sugirió que nuestros jefes debían estar al tanto de la situación, ya que mi condición me impedirá retomar mis labores tras las vacaciones.

Le aclaré que, según el informe médico, mi incapacidad se extendería por un máximo de tres meses.

Mientras tanto, observé de reojo cómo Zoe interrogaba a Martin, reconstruyendo las piezas sobre la identidad oculta de Arktos Montgomery; el Polar Noel.

Zoe fue astuta al abordarlo en ese momento; sabía que, una vez que la fiesta terminara y cada quien regresaba a su hogar, Martin se sentiría libre para aportar nuevos testimonios que finalmente cerrarían el circulo sobre aquel criminal.

- ¡Hola, mijo! – exclamó Carmencita, rodeándome con un abrazo cálido – Nos tenías con el alma en hilo, chamaco. Quien diría que ese guante blanco no era más que un perverso criminal – comentó con una mezcla de indignación y preocupación.

- Ay, Carmencita. Es una pena que tipos como él sigan libres. Debería pudrirse en la cárcel – enfaticé, bebiendo un poco de agua para calmar la picazón de mi garganta.

- Pero bueno, no te amargues, mijito. No vine molestarte con esas cosas. Quería desertarte las mejores de las suertes con tu morro, es todo un galán el patrón Grizzly. Me contrató hoy mismo porque sabe lo mucho que adoras mis quesadillas.

- Usted siempre tan atenta, Carmencita. Por eso la adoramos – respondí, conmovido de su lealtad.

- Ay, mijito, me vas a hacer chillar porque yo si soy bien sentida. – dijo, agitando los brazos con ese carisma que la caracterizaba – Y el patroncito Balto… ¡todo un héroe! quien lo diría. Se parece mucho a mi escuincle.

- ¿Usted tiene un hijo? – cuestioné, gratamente sorprendido.

- ¡Pues claro, mijo! Se llama Sebastián y se acaba de postular para estudiar ingeniería industrial, ese chamaco es todo mi orgullo – afirmó con el pecho lleno de satisfacción – Bueno, ¡se me va a quemar las tortillas!

Dile a tu marido que se preparen, que la cena ya está casi lista– concluyó saliendo disparada hacia la cocina.

Durante la cena, todos deleitamos nuestros paladares saboreando con detenimiento la comida de la señora Carmenza.

Ella no solo preparaba quesadillas o recetas de su tierra natal; añadía ingredientes, salsas, y condimentos con un amor tan palpable que nos hacía sentir como sus propios hijos Verla me recordó la historia de superación de mi marido, quien también luchó inalcanzablemente para alcanzar sus metas.

Más adelante, tras haber gozado de aquel grato momento, los invitados procedieron a marcharse, deseándome suerte con la recuperación y con el avance del caso.

Zoe no me confirmó si pasaría los próximos días a revelarme nuevos detalles.

Lo último que me dijo fue que tenía información valiosa tras haber interrogado a Martin.

Balto, por su parte, mencionó que me visitaría el día de mañana junto a Michael; no quería sentirse tan solo y ya estaba planeando cómo distraernos para hacer más amena mi convalecencia.

Finalmente, el tiempo nos perteneció solo a mi prometido y a mí.

Brutus me besó y, en ese instante, el diamante de mi anillo que nos había comprometido brilló como las estrellas, eclipsando a el resto del mundo en un solo instante de luz.

Me acariciaba con una suavidad infinita; el roce de sus dedos fundiéndose entre mi pelaje se sentía como si una hoja besara tiernamente mi piel, despertando sentimientos que sólo él y yo conocíamos.

Éramos como barcos encontrando por fin su puerto; aquel contacto fue el ancla que aseguró nuestra sensibilidad tras la promesa sellada por la joya.