Tratos No Negociables Capítulo 25 – Agente Albina
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Capítulo 25 – Agente Albina

Los días transcurrían con rapidez; ya era viernes y sentía que mi herida sanaba gradualmente.

Aún no podía levantarme, era un hecho que muy pronto dejaría el hospital.

De vez cuando, el dolor regresaba con punzadas agudas, una presión persistente que me recordaba a mis antiguos problemas digestivos.

Mis patas habían dejado de estar frías constantemente y la taquicardia ya no aparecía ante esfuerzos leves.

Sabía que restaurar los niveles de hierro y glóbulos rojos tomaría al menos tres meses, pero con una dieta rica en mariscos, berberechos, hígado y carnes rojas magras, recuperaría mi vida, portando la cicatriz de lo que casi aniquila mis sueños.

El cirujano estimó que la cicatrización interna tardaría más de unas cuatro semanas, coincidiendo aproximadamente con las fechas de mi cumpleaños.

Brutus sugirió celebrarlo fuera de la ciudad para evitar la tensión en Portland; la idea de alquilar una cabaña de Mt.

Hood —Government Camp/Welches— me pareció perfecta.

Imaginar los senderos de la Cordillera de las Cascadas y la paz del bosque era el bálsamo que necesitaba.

Mientras almorzaba, veía los reportes en el televisor.

Los noticieros mantenían una discreta profesionalidad, pero confirmaban que la policía no descansaría hasta hallar a Montgomery.

No solo recibía las visitas de Brutus; la familia Cavendish también estaba presente.

El señor Neithan se mostró profundamente arrepentido por haber ignorado mis dudas iniciales sobre Arktos, mientras que la calidez de Mamá Nicole me hacía sentir como si mis propios padres hubieran reencarnado en ella para cuidarme.

Balto venía después de sus clases universitarias, a veces adelantando proyectos a mi lado.

Brutus finalmente lo reconoció no solo como un héroe, sino como un alma noble, Decidí que, en cuanto pudiera, le regalaría una cadena de oro con un dije grande que dijera: “My Hero”.

También recordé la pulsera personalizada que le tenía preparada a mi oso por nuestro aniversario en septiembre “My Big Bear”.

Para asegurar mi futuro, contraté un servicio notarial a domicilio.

Brutus sería mi representante legal para retirar la herencia, con una cláusula expresa para recibir y cobrar fondos.

Antes de firmar, mejoramos la presentación de toda la documentación que mi padre y yo habíamos iniciado.

Contraté a la abogada Dawson, la mamá de Martin, para liderar el caso; ella fue clara, debíamos esperar a que Arktos fuera borrado del sistema para proceder con total seguridad.

Ayer, Michael y Jack me trajeron una canasta de frutas y mensajes positivos de mis compañeros de trabajo.

Los dos perros me abrazaron como tres amigos que habían conformado una gran amistad.

Conversamos sobre qué vehículos podrían adquirir pronto.

Para Jack, que buscaba una camioneta versátil con buen torque, le recomendé la Toyota Grand Highlander por su motorización 2.

4 Turbo Hibrido generando una potencia de 362 hp y 400 libras pie de toque; quedó fascinado.

Michael, por su parte, el karma siempre reprendía a quienes se lo buscaban; suspiraba por una Volkswagen Amarok, pero no la ofrecían en Amstrong ni otro concesionario de Portland ni mucho menos en todo el país, ya que la marca no se fabricaba ni se importaba para la venta de este.

En su lugar, le aconsejé comprarse un Atlas Cross Sport con motor 2.

0 TSI, 270 caballos de fuerza y 370 Newton Metro Torque.

Una camioneta que integraba confort, estabilidad, seguridad y potencia.

Más tarde, Brutus llegó agotado tras un largo día de trabajo.

Me contó que la señora Francis ya había firmado los contratos para empezar las exportaciones a México; el negocio prosperaba.

Le pedí que trajera mi laptop para distraerme con algunos videojuegos que ayudaran a mi agilidad mental y resolución de problemas.

Al verlo allí, haciendo todo por verme feliz, comprendí que sus acciones valían más que mil palabras.

Lo atraje hacía mí y lo besé, sellando mi agradecimiento con el amor que nos mantenía flote.

- Gracias por estar tan pendiente de mí, osote. – agradecí, dándole otro beso, no quería separarme de él; Debía admitir que me había vuelto vulnerable, encontrando un refugio en sus cuidados.

- Me encanta sentir tus labios; por alguna razón, siempre huelen a esencia de café - expresó riendo levemente – No importa lo que cueste: a partir de ahora, yo cuidaré de mi pequeño.

- Tú siempre tan tierno… – Me regocijé en su pecho buscando su cercanía.

Mis garras se perdieron entre su piel, como si buscaran la última nota de una canción con mis caricias, afinando el deseo antes de su propia melodía.

Sin embargo, de pronto, un fuerte mareo me hizo dar vueltas como si me succionara un vórtice infinito – Ahh… mi cabeza...

- ¿Peludito?, ¿estás bien?¡Carving! ¡Carving! – Escuché el grito de mi oso antes de que la oscuridad me reclamara, rompiendo el hechizo de aquel momento.

Minutos después, percibí voces que no descifraba con claridad. Cuando logré despertar, el doctor ya estaba revisando mis constantes.

- Tranquilo señor, Grizzly. Sufrió un ligero desmayo debido a una aceleración en su corazón, Es fácil deducir qué pretendían hacer – comentó el médico, notando mi evidente reacción física – Carving, sé que el deseo es fuerte, pero si disparas esas revoluciones sanguíneas de forma tan brusca, la próxima vez podría ser peor.

Su cuerpo aún está lidiando con la anemia residual y no tiene flujos necesarios para tales esfuerzos.

Calmen esas aguas por ahora; ya habrá tiempo para la diversión. Avísenme si ocurre algo más.

El doctor se marchó y, pese a la situación, me causaba gracia que nos hubiera visto casi pleno acto.

- Ay, pequeñito, que susto me diste. Creo que es mejor esperar a que llegue el momento adecuado. – reconoció Brutus sintiéndose responsable – Perdóname, me dejé llevar por la emoción.

- Descuida, ese momento llegará y podremos disfrutarlo el doble. No voy a negar que me gustó rozar mis dedos por ahí ¿sabes? – le dije con una expresión picara y despreocupada.

- Eres el mejor, mi peludito. Te amo – respondió, dándome un besó suave mientras reclinaba su cuerpo.

En ese preciso instante, la puerta de la habitación se abrió de par a par, sobresaltándonos a ambos.

La aparición de una tigresa albina me dejó perplejo.

Era sumamente inusual encontrarse animales albinos en el día a día; en la mayoría de las regiones, estas especies se categorizaban como ejemplares raros o casi extintos debido a su particular condición genética.

Su pelaje, carente de los pigmentos oscuros tradicionales, relucía bajo las luces fluorescentes del hospital con una blancura gélida y perfecta.

Irradiaba una autoridad natural que llenó el espacio de inmediato, transformando la atmósfera de la habitación.

No era solo una visitante; era la personificación de la justicia que estábamos esperando.

- Lo siento, no pensé interrumpir un momento tan romántico – Dijo la tigresa, desviando la mirada con una sonrisa cómplice.

- ¡Zoe! Por fin llegaste – saludó Brut, dándole un fuerte abrazo - Mi amor, ella es Zoe Abernathy, jefe de la policía y antigua amiga que conocí hace unos cuantos años en una reunión importante.

- Mucho gusto, Carving. Brutus me ha hablado mucho de ti; eres un oso muy apuesto, por cierto – añadió guiñándome el ojo con picardía.

- El gusto es mío, agente Abernathy. Gracias por el cumplido – respondí, saludándola con cortesía.

- ¡Vaya! Este muchacho es más cordial de lo que imaginaba. Con razón te enamoraste tan rápido, señor Grizzly – río ella, conservando esa chispa juvenil. – Dime Zoe, estamos en confianza. Relájate.

- Está bien, Zoe. Supongo que tú liderarás el caso contra Montgomery – expresé, recuperando la seriedad.

- Es correcto, las pruebas son contundentes.

Brutus me contó que tu amigo Balto grabó el encuentro, que, por cierto; es un movimiento brillante de su parte.

Hallamos el arma con el silenciador en una bolsa de basura, pero Arktos parece haber huido de la ciudad.

Detuvimos a su recepcionista, pero es inocente.

Su casa está intacta, pero se llevó el dinero de una caja fuerte que tenía escondida tras el tapiz.

También dejó sus camionetas. Capturamos a un búfalo, un pandillero peligroso vinculado a él, pero no parece haber más cómplices por ahora.

- ¡Maldito cobarde! – exclamé, conteniendo la furia. ¿No tenía nexos con nadie más?

- Aparentemente quería mantener una fachada de fidelidad hacia el señor Cavendish, pero encontramos algo grave: un certificado de origen adulterado.

Planeaba falsificar documentos de exportación para provocar multas severas y llevar al señor Neithan a la quiebra absoluta – explicó Zoe, revelando la magnitud del sabotaje logístico.

- De momento no tenemos más pistas – suspiró Brutus, pero yo recordé algo crucial.

- Tal vez hay una posibilidad – solté, mientras la luz rojiza de atardecer me traía un recuerdo a la mente.

- Te escucho – dijo Zoe, sentándose frente a mí.

- Un amigo, Martin Dawson, me comentó que Arktos tenía pasatiempos… fetichistas. Es un stripper y parece que le gusta exhibirse bajo un seudónimo. Se hace llamar “El Polar Noel”.

- ¿”El polar Noel”? – inquirió Brut, extrañado – Qué nombre tan ridículo para un criminal.

- Es información valiosa. – sentenció, poniéndose de pie - Hablaré con tu amigo para obtener detalles de los clubes que frecuentaba. Señores, mi tiempo se agota. Fue un placer conocerte, Carving, gracias por la pista.

Se marchó rápidamente, dejando tras de sí un rastro el olor de perfume sofisticado que contrastaba con el olor del hospital.

Más tarde dentro de la habitación, Brutus decidió quedarse una noche más para acompañarme.

Sin embargo, tenerlo a varios metros de distancia, se sentía como si durmiéramos en mundos distintos; un vacío fraternal se abría entre nosotros, donde el gélido piso ocupaba ese espacio, como un bloque de hielo invisible marcando una frontera infranqueable.

Extrañaba aquellos días en los que me “encarcelaba” entre sus musculosos brazos, encontrando seguridad de su fuerza. Definitivamente, amaba a mi gran oso con una intensidad que dolía, y presentía que, al otro lado de la habitación, él anhelaba lo mismo: romper ese hielo y volver a ser uno solo.