Capítulo 23 – La Cita Indeseada
Me entristecía profundamente que una marca tan icónica como Volkswagen estuviera pasando por uno de los momentos más críticas de su historia.
En mis ratos libres, devoraba informes automotrices sobre cómo el mercado chino había arrasado con una competencia feroz; lamentablemente, la marca sufría bajas de producción en su país natal y una transición lenta y costosa hacia los vehículos híbridos y eléctricos.
Debido a estos inconvenientes, se fueron obligados a realizar cortes masivos, despidiendo a más de cincuenta mil empleados y cerrando fábricas con el fin de asegurar su viabilidad.
Reconocía perfectamente que Volkswagen se había retrasado en la fabricación de tecnología híbrida no enchufable —HEV—; la mayoría de los compradores preferían vehículos que se recargaran mediante sistemas de frenado regenerativo, como en el caso de Toyota.
No obstante, para mí, sus vehículos seguían siendo el epítome de la eficiencia y fiabilidad.
Ese día, mis jefes reconocieron mi arduo desempeño y mi fidelidad a la marca. Mi suerte parecía estar de mi lado; con mucho orgullo, me concedieron tres semanas de vacaciones, de las cuales podría disponer a partir del martes. Leonel mencionó que unos días para relajar la mente no vendrían mal.
En las oficinas de FitnessEnterprices, platicaba con la señorita Brenda sobre de las últimas ventas en el sitio web.
Me alegró saber que los clientes estaban satisfechos con sus nuevos artículos de gimnasio en casa, aunque, no faltaron reclamos por parte de algunos debido a que la trasportadora se mantuvo inmóvil varios días, generando retrasos logísticos a nivel nacional.
Por otro lado, Hanna y Martin habían formalizado un noviazgo hace dos meses, para el fin de semana, planeamos una pequeña celebración en la misma taberna donde Brutus me confesó que le gustaba; sentí un intenso deseo de revivir la conexión inicial de aquel día, regocijándome en el amor de mi oso y liberando una intensa sensación de felicidad.
Jack, Michael y Brutus se hallaban en la sala de juntas discutiendo sobre las próximas aperturas de exportación a Mexico.
Me felicitaron efusivamente tras haber cerrado la negociación con Francis, una elefanta interesada en nuestros productos.
Brutus me dio un beso en la frente, radiante.
Jack no se contuvo y me dio un abrazo, siempre tan cariñoso.
Michael, por su parte, me estrechó su pata con una formalidad aparente, pero terminó tirando de mi pata para darme un abrazo caluroso mientras me llamaba >, tal como si el mismo Balto me lo estuviese diciendo en la cara.
- ¿Seguro que no deseas que te acompañe? Preguntó Brut, tras darle un sorbo a su whiskey.
- Balto me acompañará solo hasta la entrada. Me iré en su auto, así que…– le entregué las llaves del Jetta – pásate alrededor de las 19:30 a recogerme - ¿Te sentirías más tranquilo, grandulón? – cuestioné, mientras Brenda me servía un poco de licor.
- Está bien, cuídate mucho, peludito. Te amo – me besó con ternura – Mucha suerte.
- Yo también te amo, osote. Por favor cuídate tú también. No vayas a embriagarte – le pedí, antes de dirigirme al resto - Nos vemos, señores. Michael, me voy a robar a tu pareja por esta noche.
- Ja, solo espero que no hagan travesuras, Apestoso – se burló Michael, insinuando otras intenciones.
- Si, claro, me lo voy a merendar en un rato – reí, provocando la carcajada de todos –Cuídense, nos vemos mañana.
- ¿Te vas tan pronto, jefe? – preguntó Martin, curioso por mi salida anticipada–
- Lo siento, Mart. Tengo que resolver un inconveniente con un abogado tributario respecto a la herencia de mi familia – expresé con franqueza.
- Mucha suerte, espero logres resolver el inconveniente – añadió él – Se que no debo entrometerme, pero mi mamá es abogada… ¿quién es el animal que lleva el caso? – cuestionó con cortesía. Al ver mi duda, añadió de inmediato – Te prometo discreción absoluta.
- El señor Arktos Montgomery – solté a secas.
- Si, he oído de él… y de cómo le gusta a cazar a sus víctimas con sus espectáculos privados – murmuró Martin, bajando la voz – Dicen que era un stripper y se hacía llamar como el “Polar Noel”.
La tranquilidad del momento se quebró como si un jarrón de cristal estallara en mil pedazos contra el suelo.
– Descuida, mi mamá no volvió a escuchar nada sobre sus pasatiempos, creo que ya se retiró de eso – concluyó Martin, tratando de suavizar el impacto.
- Gracias por la información, Mart. Mi amigo me está esperando – me despedí con un abrazo rápido, sintiendo que el nudo en mi estómago me apretaba.
Durante el trayecto a Burnside Street, el silencio volvió a instaurar un ambiente apacible.
El cierra de ventanillas y la ausencia de distracciones creaba un aura de paz que reducía el estrés, filtrando las vibraciones y la contaminación acústica del exterior.
Balto parecía estar sumido en una concentración absoluta mientras se incorporaba a las avenidas; conforme el tiempo transcurría, las calles se poblaban de autos que se dirigían a destinos inciertos.
El whiskey me había relajado tanto como si hubiese bebido un vaso de leche tibia; sentí cómo el cansancio finalmente invadía mi cuerpo, dejándome caer en un profundo océano de sueños.
Al cabo de hora y cuarto, aquel océano empezó agitarse repentinamente, como si una tormenta invisible revolviera toneladas de agua salada. Desperté de golpe; era Balto quien sacudía mi cuerpo, logrando despertarme de aquel letargo marítimo.
- Despierta, Apestoso. Ya llegamos – dijo Balto mientras estiraba su cuerpo tras el volante – Tu celular no dejaba de vibrar y me tomé la libertad de responder la llamada del señor Brutus.
Dijo que vendría a recogerte pronto. Será mejor que entres, vas quince minutos tarde.
Si necesitas algo, no dudes en llamarme.
Ojalá este oso se compadezca de ti – añadió, y pude notar su genuina preocupación en su voz.
- Gracias Baltito, - me aferré a él por un instante, como un cachorro buscando el calor de su hermano – Mucha suerte con tus trabajos universitarios. Dile a Michael que no se retrase.
- Está bien, cuenta con ello.
Bajé del Audi y me quedé cerca de la acera, viendo cómo se incorporaba al tráfico en la siguiente curva, perdiéndose de vista. Ahora, solo quedamos el edificio y yo.
Mi corazón estaba agitado; podía percibir cada latido como si tambores de guerra resonaran su melodía rítmica dictada por los nervios.
El edifico donde trabaja el señor Arktos poseía una arquitectura posmoderna, destacada por sus formas audaces y contrastes significativos que desafiaban el funcionalismo tradicional.
El lobby era imponente, decorado con detalles biófilos; una integración masiva de plantas y luces cálidas diseñadas para mejorar el bienestar de quienes transitaba allí.
La recepcionista intuyó de inmediato que era el último cliente en la agenda del señor Montgomery.
Muy cordialmente, me dio instrucciones para subir al piso indicado a través de pacillos que se sentían como laberintos.
Al llegar a la tercera planta, mi mente comenzó a nublarse; temía que las palabras no fluyeran con seguridad.
Sin embargo, recordé el valor que sentí en mi primera entrevista con los socios de FitnessEnterprices y me obligué a mantener la frente en alto.
Al llegar a la puerta, toqué tres veces.
Una voz grave, que procedía del otro lado, indicó que entrara.
Una vez dentro de su despacho, el ambiente se volvió denso, como si cargara con una roca de toneladas de energía gris que bloqueaba cualquier pensamiento positivo.
Arktos estaba de espaldas, contemplando la tarde otoñal a través de un gran ventanal.
Cuando su silla giró finalmente hacia mí, me recibió con una sonrisa cargada de una incredulidad inquietante.
- Gusto en verte otra vez, Carving. No me deja de sorprenderme lo mucho que te pareces a James – saludó, evocando nuevamente la sombra de mi progenitor.
- El placer es mío, señor Arktos. Gracias por el cumplido –respondí, intentando en vano que mi pierna derecha dejara de temblar ante tanta tensión.
- Te noto muy tenso, joven. ¿Quieres un trago? – procedió a servirme un whisky que, por su aroma, parecía ser una reserva sumamente refinada.
- Solo uno, gracias. No es nada, simplemente algo de ansiedad, - mentí.
- Y cuéntame, Carving, ¿a qué se debe tu visita? – preguntó entrando en materia – Siéntate, por favor. Me desagrada que mis clientes hablen de pie, proyectando esa falta de confianza en sí mismos. – obedecí calmadamente – Ahora sí, ¿De qué quieres hablarme?
- No tomaré mucho de su tiempo. Seré breve: el sábado acudí al banco a retirar parte de mi herencia y descubrí que usted bloqueó la cuenta sin mi consentimiento, vulnerando mis derechos como heredero legítimo - expresé con calma extrema, aunque la sangre me hervía por dentro.
- No niego los hechos – inició con frialdad - Lo hice porque tu padre nunca reconoció mis propuestas para sanar una deuda que tenía con el gobierno.
Éramos buenos amigos, pero a él solo le importaba acumular dinero; no quiso emprender proyectos que habrían prosperado bajo mi estrategia.
La mayor parte de sus logros fueron planes míos que le dieron sostenibilidad a su empresa.
Cuando tuvo problemas legales, decidió retirarse y culparme de sus estragos.
Quise ayudarle, pero su desconfianza lo condujo a la tragedia.
- No le creo – sentencié – Mi padre no tomaba decisiones a la ligera.
Usted lo amenazó con lo único que le quedaba: su prestigio.
Usted carga con un resentimiento que no puede ocultar.
No busque historias que alimente su envida; mi papá nunca tuvo problemas de clasificación arancelaria, ni falta de documentos soporte.
Construyó una empresa con esfuerzo. Respete la memoria de los Walker.