Tratos No Negociables Capítulo 22 – El Protector
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Capítulo 22 – El Protector

La tarde cayó bajo un manto carmesí sobre el parque de Overlook.

Contemplaba las hojas de maple revolotearse por el suelo, formando pequeñas acumulaciones donde los cachorros se sumergían como si nadaran en una piscina de colores.

Brut y yo decidimos darnos un respiro; el valle ofrecía uno de los mejores panoramas del centro de Portland con el río Willamette y el puente Fremont recortándose en el horizonte.

La ubicación elevada sobre el risco, lo convertía en el sitio perfecto para contemplar el ocaso.

A Brutus se le veía apacible. Me sorprendió que no había vuelto a mencionar lo ocurrido en el banco; manejaba su madurez a la perfección, quizás para no empeñar aquel momento tan sereno.

No había sido una pelea, ni una discusión que sembrara las indiferencias entre nosotros, como si se levantara un gran muro en medio de nuestra unión.

En ese instante, ambos medíamos nuestras acciones, conscientes de que no habíamos perdido la esperanza.

Desde que llegamos al parque, no soltamos nuestras patas; cuando me consoló en las bancas del estacionamiento, sentí que no tenía intenciones de dejarme ir.

Percibía que, en el fondo, él se sentía responsable de mi dolor, pero liberé sus cadenas con un rotundo beso reafirmando mi amor por él.

- ¿Sigues lamentándolo? – cuestioné. Su reacción me confirmó que había leído su mente con tal solo admirar su expresión.

- Lo siento… debí ser más compresivo con todo lo que ha pasado – respondió, dejando caer su brazo sobre mi nuca con un peso reconfortante.

- Grandulón, déjalo ya. No quiero seguir dándole vueltas al tema.

Mejor admiremos el crepúsculo frente a nosotros.

Mañana conversaré con Arktos para darle fin a este caso, así que relájate – le pedí, mientras comenzaba a juguetear con él, rosando sus muslos con una disimulación cargada de intención.

- Me habría vuelto loco si no me hubieras perdonado. – confesó, respondiendo a mi caricia con un profundo beso - ¿Quieres ir jugar a casa con tu oso preferido? – cuestionó recorriendo mi cuello con sus labios; por suerte, no había muchos animales en esa zona del parque.

- No solo voy a devorar a mi oso; me lo comeré como si no hubiera un mañana – reí comprendiendo exactamente lo que deseaba.

- Bien, entonces vamos a divertirnos un poco. – sentenció, sellando la promesa con su un beso en mi frente.

Mas tarde en casa, Brutus cruzó el umbral cargándome en sus brazos.

Cerró la puerta de un golpe abrupto con la pierna; su falta de control decía más que mil palabras, se sentía amado, y finalmente, en paz.

Esa noche quería devorarme con su amor. Nos despojamos de nuestras prendas con urgencia que nunca habíamos sentido; no era falta de afecto, al contrario, era la señal de un vínculo que crecía en constante madurez y nos motivaba a ser una mejor versión de nosotros mismos.

La sala adoptó un aura donde el silencio pesaba más que las frases no dichas.

Nuestras miradas no reflejaban indiferencia, como dos capitanes que habían quedado sin munición; las disculpas ya no eran necesarias en nuestra tripulación.

Más bien, éramos como grandes placas tectónicas en movimiento; una presión sólida, cargada de energía, buscando liberar años de fricción en un solo roce.

Nuestras patas se entrelazaron con urgencia, buscando el calor que emanaba los cuerpos, descifrando un código antiguo con la piel del otro.

Cuando nuestras pieles colisionaron, reconstruíamos con fusión metálica las grietas de nuestros cimientos.

El roce de los labios amortiguaba el dolor de haber confrontado los pilares que nos mantenía fortalecidos.

Sus movimientos eran solemnes, caricias sin tregua que se convertían en un lenguaje de dos náufragos alcanzando la misma orilla.

Sus jadeos contenían una desesperación rítmica; cada aliento era un deshago de sentimientos reprimidos, un vaivén donde el calor del roce quemaba los errores del pasado.

Parecíamos raíces que, habiendo crecido en suelos distintos, terminaban abrazándonos bajo la tierra para no caer.

El clímax fue la liberación de los reproches acumulados, cuyo liquido transformaba el dolor que compartíamos en alivio presente.

Cada espasmo eran una liberación, aceptada como la tierra acepta los nutrientes que nos mantenían viva.

La lluvia cesó y el bosque cobró vida tras la tormenta que casi lo arrasa todo.

Quedamos unidos, con las frentes apoyadas la una contra la otra, Brut trazaba caminos invisibles con los contornos de su dedo sobre mi pelaje, como si dibujara el mapa de un territorio que casi daba por perdido.

Sus besos sabían a arrepentimiento; sin embargo, en dicha quietud y el cansancio era prueba de que la tregua había sido real.

Esta vez, sus acciones hablaron con total honestidad.

Con los corazones sincronizados tras la batalla, finalmente volví a sentir ganas de vivir.

- Gracias, peludito. No te pregunté si querías cobrártelas conmigo – mencionó rozando su nariz con la mía.

- No hay por qué lamentarnos, osote. Para mí, este fue el perdón que necesitábamos y lo acepto con todo el corazón – repliqué, mientras acariciaba su espalda – Te noto muy tenso, grandulón. Y parece que te has puesto más grande últimamente– añadí con una sonrisa.

- Sabes que me gusta mantenerme en forma; me ejercito los domingos cuando no estás en casa – explicó, justificando por qué su complexión se sentía más firme.

- Hablando de eso, tengo que volver a entrenar. Mi tiempo es tan escaso que ni siquiera he podido programar mis vacaciones en Volkswagen – dije, refugiándome en el calor de su pecho. No quería despegarme de él.

- ¿Cuánto tiempo llevas laborando allí? – preguntó, disfrutando de nuestra cercanía.

- Dos años y un mes - recordé.

- Llevas mucho tiempo. Deberías solicitar unos días; una pausa te vendría bien para aliviar el estrés. Sé cuánto adoras entrenar; deberíamos salir a correr por las mañanas y hacer algo en casa. – recomendó, permitiendo que me acomodara sobre su pecho mientras él se recostaba boca arriba.

- Siempre me he preguntado… ¿Cómo fue que te enamoraste de mi a primera vista? Quiero saber qué pensaste el primer día que llegué a la empresa – pregunté, con una mezcla de curiosidad y emoción.

- Bueno, pequeñito… En el instante que entraste por esa puerta con Jenny, la recepcionista, mi corazón latió con tal fuerza que creí me atravesaría el pecho.

Había intentado salir con otros osos casi de mi edad, pero no encontraba la madurez que vi en ti.

Me decepciona que la mayoría solo le interesara mi dinero o un encuentro casual; nunca permití que las cosas funcionaran de esa manera.

Por eso siempre fui sincero contigo: mi “primera vez” real fue con el joven que tengo ahora a mi lado.

Confieso que es la primera vez que me enamoro así de alguien menor.

Aquel día, al verte entrenar y escuchar la seguridad con la que renegociabas el viaje a Kansas, supe que eras el chico que tanto anhelaba.

Tienes futuro, eres guapo y posees un corazón noble.

Admito que fui poco discreto en ocasiones, pero no quería perderte, Carving.

Ni ahora, ni nunca. Estoy completamente enamorado de ti y quiero apoyarte en cada uno de tus proyectos. Nunca lo dudes, peludito.

Mientras él hablaba, escuché su corazón latir a un ritmo constante; era como si cada latido confirmara la veracidad de sus recuerdos.

- Eso lo más hermoso que me has dicho – respondí conmovido - Eres mi familia, mi novio, mi compañero…

mi protector. Admito que no fuiste discreto, pero fueron esos detalles los que me enamoraron.

Me confortas con cada acción y no sé qué haría sin ti.

Tal vez perdería la cabeza – añadí, dándole un beso, que sellaba una promesa de protección mutua.

Un pilar solidificado y duradero – Te amo, grandulón.

- Gracias, osito. – agradeció, estirando sus brazos – Voy a preparar algo de comer, muero de hambre. Pero antes, deberíamos refrescarnos en la tina. Menos mal el sofá tenía protector. – rió con picardía.

- Me encargaré de la tina mientras tú cocinas – repuse, recogiendo la ropa del suelo– Llevaré un vino para relajarnos. Quiero que esta noche sea testigo de nuestras confesiones más profundas – concluí, dirigiéndome al cuarto de lavado.

A la mañana siguiente, desperté entre sus brazos, dibujando un pequeño mapa celestial sobre nuestra piel.

No portábamos ropa ni había limites que impidieran exhibir nuestra intimidad como la forma más pura de afecto.

Su gran cuerpo me resguardaba del peligro, como una muralla protegiendo la zona costera, donde las olas suelen arrasar las frágiles comunas sin piedad.

Las aves iniciaron su trino matutino y me levanté alegremente a preparar el desayuno en un domingo nublado.

No solía disfrutar de la lluvia, pues para muchos animales el agua que cae del cielo representaba tristeza o agonía, pero para otros se sentían purificados, liberando sus emociones con cada gota.

A media mañana, salí a encontrarme con mi amigo Balto en un restaurante cerca de Alberta Street.

Mi Jetta acababa de alcanzar sus primeros cinco mil kilómetros, así que agendé la visita al concesionario el miércoles por la mañana.

Por suerte contaba con prioridad gracias a mi gran amigo mecánico de confianza, Leonel, quien muy pronto dejaría la marca tras agradecer ante mano la oportunidad brindada en los inicios de su carrera.

Aunque faltaban dos meses para su retiro, decidí preparar anticipadamente una pequeña despedida en el restaurante llamado Mucca Osteria, en Morrison Street, muy reconocido por su destacada gastronomía italiana.

Los compañeros acordamos que la festividad se celebraría dos días antes del Año Nuevo, pues Leonel iniciara su nuevo camino en Ford Company en las primeras semanas de enero.

Su amistad será recordada por todos los allegados como el gran mecánico que marcó una época en Volkswagen.

- ¡Apestosooo! – saludó Balto, estrechándome un fuerte abrazo.

- Hermano, que alegría verte otra vez. ¿Qué tal estuvo tu semana? – pregunté mientras nos dirigíamos a una de las mesas que él había reservado.

- Muy bien. Aunque he estado sepultado bajo materias de la universidad.

Cada semestre se vuelve más denso – contó, rascándose ligeramente la cabeza – Control Automático y Sistemas Embebidos son muy complejos, pero me fascina regular dispositivos de intervención.

Son conceptos difíciles de digerir al principio, pero valen la pena.

Michael se ha portado increíble; me ayuda con algunas investigaciones e incluso lleva a sus amigos ingenieros al departamento a explicarme los temas.

No tengo palabras para agradecer todo su apoyo – concluyó, radiante por sus últimos logros y su relación - ¿Y tú?

Me solté hablando y no te dejé decir nada.

- Wow, has cambiado mucho, Baltito. Me enorgullece mucho que tus conocimientos estén dando frutos y que te apasione tanto la electrónica.

– dije, dándole unas palmadas en el hombro – Es genial que tu pareja se preocupe así por tu futuro – añadí – En cuanto a mí, seré franco: lo mío con Brutus es un éxito total.

Jamás pensé apegarme tanto a alguien. Hemos solidificado nuestras emociones de una forma increíble.

– conté con alegría, pero mi tono cambió de inmediato al recordar el banco – Sin embargo…

– sentí cómo la amargura me raspaba las cuerdas vocales – no me fue nada bien en el banco.

Pero antes de contarte eso, dime una cosa.

¿Sabes quién es el nuevo inquilino en tu departamento?

- Por tu expresión, no parece ser alguien de tu agradado, Apestosito. Mi papá tomó las fotos de todo, pero olvidó mencionarme quién era el interesado – respondió revolviendo el azúcar de su jugo con total inocencia.

- Arktos Montgomery – pronuncié su nombre con crudeza.

- ¡¿El cliente de papá?! – Balto tosió, casi atragantándose con el líquido.

- El mismo. Y ese tipo congeló la cuenta de mi padre para que no pudiera acceder a ella.

- ¡Qué atrocidad! Tus sospechas eran ciertas, ese oso polar traía algo entre manos.

Es un maldito perverso, algo me dice que es su forma de llamar tu atención.

Él desea algo a cambio, Carving. Habla con él lo más pronto posible, pero yo te acompañaré.

No es buena idea que vayas solo. – aconsejó con firmeza.

- Está bien, aunque no creo que sea necesario. Tal vez no me caiga bien, pero haré lo posible por renegociar – expresé, intentando sonar confiado.

- Aun así, no debes confiar en animales que se esconden tras una máscara, y ese tipejo es el ejemplo perfecto. Tú mismo lo dijiste cuando nos conocimos, hermano; no hay que confiar ni en nuestra propia sombra.

Me alegraba tener aún amigo que me protegía como a un cachorro. Desconocía el trasfondo del señor Arktos; no lograba descifrar las intenciones reales por las que intentaba frenar mi destino.

Tan pronto como terminamos de almorzar; las palabras de Balto resonaron en mi mente, La confianza se construye a través de la interacción positiva, donde la fiabilidad generaba previsibilidad en el comportamiento de otro.

Yo, por mi parte, acumulaba todas mis fortalezas cuando llegase el momento de la confrontación.

Por suerte, aún conservaba en mi billetera la tarjeta que él me había entregado la noche de la cena, así que opté por escribirle un mensaje, manteniendo la cortesía, pero con paso firme.

“Buenas tardes, señor Arktos. Habla con Carving Walker. Espero se encuentre bien, lamento molestarlo en su día de descanso, me preguntaba si era posible solicitar una cita en su despacho. Me urge platicar amenamente sobre un tema. Quedo atento, lindo día”. Enviado a las 1:50 p.m.

Al cabo de unas horas, Balto y yo decidimos descansar en una de las cafeterías frente a Forest Park.

Las primeras gotas de lluvia cesaron y el fuerte olor a tierra mojada emanó todo el lugar.

Aquel aroma era producto del petricor; una mezcla de aceites vegetales y compuestos orgánicos liberados por las bacterias del suelo tras el contacto con el agua.

Mientras conversábamos sobre los nuevos vehículos que lanzarían el próximo año, llegó el codiciado mensaje del señor Arktos.

“Joven, Carving, gracias por saludar. Por supuesto, te espero en mi oficina en Portland Legal Group, mañana después de las 18:00 horas, ubicada en Burnside Street. Que tengas buena tarde, joven Walker”. Enviado a las 15:06 p.m.