Capítulo 20 – Nuevas Inversiones
El vendaval abatía las hojas de los árboles sin cesar; escuchaba el agudo silbido del viento atravesando las hendiduras del balcón y las ventanas.
Mis ojos comenzaron a abrirse lentamente como los de una puerta añeja que debía ser tratada con cuidado.
Mi estómago reclamaba atención, no habíamos comido nada; ya que pasamos casi toda la noche bebiendo vino, como dos buenos alcohólicos entablando conversaciones de la vida y riendo de acontecimientos pasados.
Los ronquidos de Brut me transportaban aquellos días cuando me acurrucaba en medio de mis padres; mi papá solía soltar ronquidos tan fuertes hasta el punto de despertar a mi mamá.
Parecía una tormenta gutural interminable.
Mi pareja no dejó de abrazarme desde que nos acostamos y sus afectos derretían mis sentimientos, como a un helado expuesto al sol que derrama su dulce contenido en los brazos de un oso que me tenía cautivo.
Comprendía perfectamente sus deseos, cargados siempre de positividad y emoción.
Le di un tierno beso en los labios, el cual no correspondió.
Intenté zafarme con cuidado, aunque me sobresalté un poco cuando se giró hacia el otro lado.
Bajé a la cocina a preparar huevos batidos, jugo de naranja y ensalada de frutas.
Quise que el desayuno fuera especial, pues no recordaba la última vez que comí en un jardín, contemplando la hermosa naturaleza.
Revisé mi teléfono y ya pasaban más de las nueve y media; Brut no se levantaba; era como si comenzara a hibernar en pleno verano, sin haber comido siquiera un banquete de bayas y pescado.
Sin embargo, no tenía razones para despertarlo en un domingo caluroso.
Mientras los huevos se cocinaban, decidí inspeccionar la cabaña; me percaté de que había una puerta trasera en el rincón más alejado del pasillo.
Me sorprendió al ver que la casa hogareña contaba con una alberca proporcionalmente grande, y al fondo se hallaba la espesura del bosque; una mezcla de refugio y misticismo, cuya introspección empujaba la mirada hacia dentro, fomentando la reflexión y la creatividad sobre lo maravillosa que podía ser la paz biológica.
Minutos después de haber servido el desayuno, me dirigí nuevamente a la habitación.
Me quedé observando su posición al dormir: la “estrella de mar”, se rumoreaba que quienes adoptaban dicha pose eran buenos oyentes o quizás animales altruistas; no obstante, era la primera vez verlo dormir de esa manera.
Me senté con sigilo en su regazo, rindiéndome a la versatilidad de su cuerpo.
Su anatomía no era un relieve de artistas marcadas, sino una llanura sólida y generosa que mis patas recorrían con el deleite del que descubre un continente indómito.
Recliné mi tronco para besarlo; mientras los días pasaban, mi obsesión por Brutus crecía indefinidamente.
- Buenos días, dormilón. Ya es hora de levantarse – saludé, rozando mi nariz con la suya.
- Hey, peludito. ¿Dormiste bien? - cuestionó, correspondiendo con un beso profundo – Me encanta verte sentado justo ahí. –
- Dormí de maravilla, gracias por preguntar – respondí – Aunque, sospecho que el señor Grizzly pretende que el postre se sirva antes que el desayuno, ¿no es así?
- Si es tu antojo, no seré yo quien le ponga límites a tu apetito – murmuró, mientras sus garras se anclaban con suavidad, pero con firmeza en mi cintura.
- Ese platillo quedaría mejor para después; te espero abajo para desayunar. Lávate los dientes, aún hueles a trago – aconsejé con una sonrisa mientras me retiraba -Te amo.
- Yo también te amo, pequeñito – soltó, dirigiéndose al baño.
Horas transcurridas, decidimos bañarnos en la piscina; nadamos de extremo a extremo compitiendo por ver quien tenía mayor resistencia.
Brut se movía con gracia sobre la superficie, pero yo era más veloz por bajo del agua.
La sensación era como empujar un gran muro en mi contra; a veces la presión de mis oídos se amortiguaba y la visión se sentía forzada; pero también percibía, en ese instante, el efecto de estar volando.
- Eres veloz como un cohete, peludito. Si que sabes moverte en el agua – admiró sentándose en las gradas de la alberca.
- Ya no soy el mismo osezno de antes, aquel que nunca salía de la piscina cuando lo llevaban a parques acuáticos.
En este momento siento que la fatiga absorbe toda mi energía – expliqué – Por cierto, quería comentarte que la mercancía ya se entregó con éxito al puerto canadiense.
Me explicaron que el retrasó fue por pura congestión; querían asegurarse de que los camiones estuvieran a tope para optimizar el flete – detallé, mientras le alcanzaba una cerveza fría.
- No tenía idea, qué alivio. Me habías pegado un buen susto – brindamos, chocando nuestras latas – Seguramente detallen el contratiempo en el informe que me llega al correo – añadió después de un trago.
- Es lo más probable. Oye, peludote, quería preguntarte algo… ¿Ves viable invertir en un local cerca en Alberta Street? – inquirí, observando su reacción.
- No es mala idea. Invertir en locales comerciales da una plusvalía brutal a largo plazo, de hecho, rinde mucho más que una finca raíz residencial.
– explicó, entrando en su faceta de negociador – Conozco un lote a tres calles de mi empresa.
Son unos seiscientos metros cuadrados; podrías dividir el frente en tres locales de doscientos metros cada uno.
Incluso, podríamos optimizar los espacios: dos secciones para la renta y el resto para lo que el inquilino necesite.
A mí, por ejemplo, me serviría esa bodega para una sucursal más grande…
hasta podría convertirla en mi punto de venta principal.
– ingenió con esa sagacidad comercial que lo distingue.
- ¡Me encanta! ¿Tienes el número de contacto del vendedor? – cuestioné emocionado.
- Pequeño, espera un segundo ¿Te has puesto a pensar en cuánto dinero hace falta para un terreno de ese tamaño? Es una zona muy cotizada, hablamos de una cifra muy alta– recalcó él. Yo solo me acerqué lento y le di un beso, refrescándole la memoria.
- ¿Ya olvidaste quien era mi padre? – su expresión cambió al instante, como si por fin hubiese recordado el peso de mi apellido – Voy a usar la herencia de mi papá.
No tiene sentido dejarla estancada en el banco; quiero que ese capital crezca y esto es exactamente lo que quiero hacer, peludote - sentencié mirándolo fijamente.
- Olvidé ese pequeño detalle, perdóname.
Sé que me pides un consejo, porque no quieres dar un paso en falso, y está bien.
Sabes que soy el primero en apoyarte. Al menos, déjame negociar con el dueño para ver si llegamos a un acuerdo justo –Lo abracé con fuerza, la emoción apenas me cabía en el pecho.
- Muchas gracias por el apoyo, grandulón – le fije, dándole un beso.
- No hay de qué, pequeñito. Recuerda que siempre estaré contigo en lo que te propongas – dijo, rodeándome la nuca con su brazo.
Su mentalidad, su devoción y su carácter; eran los rasgos de un líder nato, los mismos que los consagraron como comerciante más respetado en la ciudad de Portland.
Brutus, pasó de ser un simple marinero a capitán de un gran navío que ahora zarpaba, cargando el peso de una vida entera, cuyo rumbo no fue fácil trazar en tan pocos años.
Él y yo compartíamos un pasado similar y, a pesar de las tormentas, nos manteníamos en pie, luchando por nuestros sueños más profundos.
Era como si nos adentráramos a la espesura de un bosque, hasta hallar el lago de aguas mansas, cuyo fondo resguardaba un tesoro destinado para cada uno.
Y ese cofre contenía sueños que me transportaban, junto a él, a un futuro que marcaría nuestras vidas para siempre: un matrimonio feliz.
Más tarde, el efecto del alcohol comenzaba a nublar mi mente tras haber bebido veinticinco latas de cerveza entre los dos.
Brut desempolvó la pequeña parrilla que estaba guardada en el cobertizo, mientras yo le colaboraba adobando la carne con algunas especias para realzar su sabor.
El calor dentro de la cabaña se sentía insoportable; parecía un sauna cuya temperatura sobrepasaba su límite, quemándome hasta el pelaje.
Sentía que mi cuerpo se descompensaba por la falta de alimento, era la primera vez que la resaca me tomara desprevenido de esa manera.
Cuando regresé con la carne, mi pareja notó de inmediato mi estado y me aconsejó que me recostara en el sofá que estaba a su lado.
Me cuidaba con la ternura de quien protege a un hermano menor.
Me sorprendía cómo, en tan poco tiempo habíamos consolidado un amor tan incondicional.
Lograba percibir su imponente silueta mientras mis ojos se cerraban lentamente; mi mente, mi cuerpo y emociones emprendieron su último viaje del día al conciliar un sueño profundo.