Capítulo 19 – Cabaña en el Bosque
La noche del viernes se convirtió en una serie de actividades recreacionales: juego de bolos, pláticas amenas y caminatas por el parque.
Finalizamos en un restaurante de comida rápida que ofrecía, emparedados, pollo asado, entre otros platillos; se ubicaba en Hawthorne Blvd, relativamente cerca a Pambiche.
Hanna nos habló de sus proyectos a futuro; quería iniciar su pequeño emprendimiento vendiendo fundas para celular que ella misma personalizaba.
De hecho, ya había creado una cuenta en sus redes sociales para promocionar sus artículos con el objetivo de ganar clientes mientras su microempresa crecía progresivamente.
Hablaba llena de entusiasmo, como si sus sueños de cachorra por fin se hicieran realidad.
Brutus la aconsejó que no perdiera las esperanzas; Hanna era consciente de que la fama se obtenía con el tiempo, pues añadí que podía ayudarla en promocionar su página tanto en Volkswagen como en la empresa de mi Brut.
El propósito del viaje, además de tomarnos un descanso, fue con la intención de fortalecer nuestro vinculo como pareja.
A veces nuestras charlas se centraban en temas de trabajo o en emprendimientos con futuras exportaciones; sin embargo, me gustaría platicar de nuestros días venideros.
De vez en cuando proyectaba mi nueva vida junto a él, como si siempre hubiera pertenecido a mi familia, olvidando completamente mi pasado oscuro.
- ¿Estás contento, pequeño? – me preguntó, acariciando suavemente mis mejillas.
- ¡Claro! Por qué no estarlo. Sabes perfectamente que me gusta pasar el tiempo contigo viajando a donde nos plazca. Esta semana sentí que hemos solidificado más nuestros lazos – añadí cambiando el modo de manejo a SPORT.
- Debo admitir que he dormido mejor que nunca las últimas noches, sintiendo tu calor a mi lado. Hemos construido grandes pilares en tan poco tiempo. – contó, mirando a través del panorámico - ¿Sabes? Últimamente no he podido dejar de lado un pensamiento que me mantiene distraído.
- ¿Hay algo que te está preocupando? – cuestioné, activando las direccionales parciales.
- Imagino mi vida casándome contigo.
Los latidos de mi corazón aumentaron como si fuera a salirse de mi pecho. Nunca imaginé que sus pensamientos hubieran conectado a los míos, parecido a un pequeño cable USB que extraía dicha información.
- Tampoco voy a negar el hecho que imaginé una situación como esa en un futuro. Sería muy lindo. – agregué.
- Jamás voy a descreditarte lo que has hecho por mí. Siempre te amaré con todas mis fuerzas, peludito - apoyó su pata en la barra de cambios.
- Gracias por ocupar el vacío que tenía en mi alma. Te adoro, grandulón – encimé mi pata sobre la suya.
Después de varias horas manejando por una larga recta, Brut me incorporó a una zona boscosa donde la luz del sol era tenue; los pinos y árboles que rodeaban la carretera emanaban aceites naturales que emitían para defenderse de las bacterias e insectos.
El ambiente era un oasis de paz donde muchos animales se deleitaban de olores florales y madera recién cortada.
La experiencia atravesando el bosque fue un momento único; pude percibir ese aroma mohoso y terroso que desprendía el suelo a las orillas de la carretera.
Me gustaba cómo el Jetta se fusionaba con la luz LED; parecía una bala perdida teñida de negro profundo metálico iluminada por una fina luz blanca que recorría el liso concreto entre los árboles.
Más adelante, nos detuvimos frente a un portón construido en materiales rústicos.
Alcanzaba a admirar que la entrada de su propiedad había sido pavimentada y organizada plantando pequeños pinos a su alrededor con una precisión simétrica, lo que permitía ver el horizonte.
Al ser una zona privada, el camino era serpenteante; me divertía el sonido de las llantas cuando “besaba” el pavimento limpio, quedaba un siseo rítmico y pegajoso.
Minutos pasados, llegamos a una pequeña cabaña de dos pisos, construida en madera laminada.
Vi una mezcla de diseños modernos que se notaban increíblemente resistentes, y en la segunda planta se hallaban un gran ventanal con un balcón predominante.
Al frente, tenía un hermoso jardín donde podíamos desayunar en los próximos días.
El sonido de la naturaleza había opacado el ruido de los autos que transitaban durante la jornada; era simplemente un sueño hecho realidad.
La tranquilidad anhelada por muchos animales.
- Nunca me dijiste que tenías una propiedad así, reservada en lo profundo del bosque – exclamé, mientras mis sentidos se embriagaban con los nuevos olores de la humedad y resina.
- De eso se trata las sorpresas, peludito.
Además, quería que fuera una emboscada para tus sentidos.
Se la compré a Jack hace unos años, pero permaneció como una isla abandonada; no tenía motivos para restaurarla sin alguien con quien compartirla.
– me confesó, atrapándome en un abrazo por la espalda y recorriendo mi nuca como si una chispa eléctrica hiciera fricción con cada movimiento.
- Veo que tienes un hambre voraz por estrenar la cabaña – solté, sintiendo cómo la temperatura interna se elevaba como cuando el motor de un vehículo alcanzaba su punto óptimo de funcionamiento.
- Pequeñito… - llamó, dejando mi apodo en el aire como una advertencia – Quiero que… - sus movimientos se volvieron erráticos e intensos, como si una combustión interna comenzara a echar chispa al encender el vehículo.
- Me haces delirar cuando usas ese tono de mando ¿Cuál es la nueva petición del jefe Brutus? – lo reté, entrando en su juego de dominación.
- Quiero que tomes el control… - jadeó, mientras se despojaba su camiseta con una urgencia violenta, exponiendo su arquitectura vigorosa de su torso al aire gélida del bosque.
- ¿Deseas que yo reclame tu territorio? - Pregunté, mientras mis patas exploraban el mapa que había recorrido una vez.
Su pecho y abdomen se convirtieron en la tierra ajena donde habíamos cultivado las primeras semillas de nuestro amor, escuchando sus gruñidos guturales que escapaban de su garganta como el rugido de una bestia herida de placer.
- Doblégame, reclámame y desborda de tu pulcritud sobre mí.
Cada día mi deseo se vuelve más hostil, más difícil de contener.
Todo este imperio de carne es tuyo - entregó su cuerpo como un sacrificio en un ritual de redención absoluta.
No solo veía a un oso arrodillado ante mí, sino a un macho alfa proclamando sus más profundos sentimientos que se desbocaban como una cascada.
- Si ese es tu mandato. Lo haré con una entrega total – sentencié, sellando el pacto con un profundo beso, que sabían a posesión y a efecto.
Dentro de la habitación principal, el olor a madera pareció consumirse, como si el agua alcanzara su última etapa de ebullición, evaporándose hasta no dejar rastro del líquido elemento.
El silencio no era un abismo, sino una marea creciente.
Mis emociones desprendían matices que no lograba describir con perfección, como si pequeñas enredaderas manipulaban mis instintos desbocados.
Yo era el faro; mi presencia no deslumbraba, pero trazaban un camino seguro sobre el oleaje de mis nervios.
Su mirada expresaba más que mil palabras; temía a ser lastimado.
Apoyé su grande pata en mi pecho, permitiéndole sentir mis latidos exorbitantes.
Cuando finalmente Brut sintió el roce de mi intimidad, no hubo un choque; fue el alivio quien deja que el agua le cubra los pies, descubriendo que la temperatura era, por fin, la de su propio cuerpo.
Tras una larga espera, nuestras intimidades ya no se desconocían; éramos dos exploradores en una tierra sin cartografiar.
Mis caricias era como pergaminos que desplegaban historias que Brut leía por primera vez.
Florecíamos como pequeñas raíces que entrelazan sus extremidades buscando la misma fuente de vida bajo la tierra.
No teníamos prisa; manteníamos un ritmo constante, con el cuidado de no perjudicar la semilla de su pequeña flor.
Nuestros deseos no eran el fuego que quemaba las ilustraciones, sino la luz de los pensamientos que siempre había mantenido a oscuras.
Aquel nudo de piel y suspiros superó el miedo que yo había ocultado durante tiempo.
El final se acercaba; el estruendo se transformó en un vuelo planeado.
La caída no fue estrépita, en su lugar, fue un aterrizaje suave sobre la llanura de paz.
Finalicé mi último acto recostándome sobre su pecho; sentía como el cauce de un río sereno lograba desbordar mis orillas más áridas.
Los tambores de guerra que provenían de su corazón eran ecos de una batalla que, por fin, había llegado a su conclusión.
El crujir de los árboles, cuyos cimientos eran agitados por el viento, atestiguó nuestras últimas acciones.
Brut comprendió en ese momento que no solo había sido partícipe no de un evento físico, sino del acto de abrir una ventana que permaneció sellada por años, permitiendo el aroma de su verdad llanera lo inundara todo.
- ¿He cumplido con su mandato, jefe? – Inquirí, intentando recuperar el aliento que la pasión me había arrebatado.
- Definitivamente eras una fuerza de la naturaleza, pequeñito. La experiencia más sublime de mi existencia; tienes la valentía de los que no temen perderse en el otro - respondió, sintiendo sus garras, ahora mansas, trazaban caricias que erizaban mi espalda.
- ¿De verdad lo crees, grandulón? – pregunté, sellando el momento con un beso que todavía sabía pasión.
- Mi pequeñito… tus ojos no solo miran, absorben gran parte de luz del mundo, del mismo modo que este amor que nos devora cada día – expresó con una profundidad lirica que estremeció mi corazón – Te amo mucho.
- Tus promesas me elevan a santuario entre en las nubes, donde la paz y el aire puro son la única ley – agradecí, dejando que sollozo de alivio y felicidad escapara de mi pecho.
Mis lagrimas cayeron sobre su pecho; nadie, a excepción de mis padres, me habían tratado como una parte esencial de su vida. Brut se convirtió en mi nueva razón de ser. Más que mi pareja, él era ahora mi familia.