Capítulo 18 – Amigo Mecánico
Recordaba que, años atrás en algunas versiones de modelos Gol y Vento presentaban desperfectos precisamente relacionados al sistema electrónico e inyectores mal ajustados, lo que causaba pérdidas de potencia, inestabilidad al arrancar o fallos en la bomba de combustible.
Dichas fallas obligaban a los propietarios a realizar visitas constantes al taller, describiendo problemas que a menudo parecían un rompecabezas para los mecánicos.
A media mañana, me reuní con Leonel para tomar un descanso a las afueras de las instalaciones.
Los días de verano eran mis favoritos; podía sentir la brisa fusionada con el calor, era una sensación similar cuando los ventiladores del radiador soplan el aire caliente contra mi rostro al abrir el capó.
Ese clima me transportó dos años atrás, al parque acuático que Balto y yo solíamos ir; un centro vacacional de actividades ilimitadas para los visitantes; toboganes extremos, caminatas por el bosque, partidos de voleibol y muchas más.
- ¿Y qué tal el Jetta? – cuestionó Leonel, interrumpiendo mis pensamientos.
- Es de lo mejor de la marca. Aún no le he sacado provecho a ese motor TSI. De hecho, pensaba viajar este fin de semana con mi pareja – dije alegremente, mientras bebía mi jugo de maracuyá.
- ¡Qué envidia, hermano! Es un auto muy bonito. Siempre he querido tener un vehículo propio– anheló, apoyando la pata sobre su mentón.
- ¿Y por qué no te arriesgas a hacer el gasto? –le sugerí.
- Volkswagen es una gran marca, no lo discuto; aunque, siempre he soñado con conducir un Mercedes. El problema es que son sumamente costosos. – contestó, mientras me mostraba en su teléfono el vehículo de sus sueños.
- ¿No es un Mercedes GLE Coupe? - inquirí, reconociendo las líneas aerodinámicas al instante.
- Si, me encanta ese carro – soltó, antes de darle un mordisco a su emparedado – Oye, Carving, ¿Aún sigues con la idea ser mecánico?
- Por supuesto, pero será más adelante cuando logre culminar otros proyectos en mi otro empleo – respondí, justo antes de que él soltara una noticia inesperada.
- Amigo… es probable que me vaya a trabajar en otro estado, a la fábrica de Ford Motor Company – contó Leonel. Su expresión era una mezcla de orgullo y confusión – Si, lo sé. Es una oportunidad increíble. Lo malo es que no quiero separarme de mis padres.
- ¡¿Qué dices?! ¿En la planta de Michigan? – pregunté asombrado - Sé que es una decisión difícil, pero las oportunidades de entrar allí son casi nulas. ¡Anímate! – alegré estrechándolo en un fuerte abrazo.
- Lo consultaré con ellos; seguro ellos dirán lo mismo que tú – concluyó, mientras nos poníamos de pie a retomar nuestras labores.
Mientras pensaba en Leonel, recordaba que la fábrica de Ford en Dearborn es una leyenda viva en 1903.
La marca revolucionó la industria automovilística al introducir la línea global y concepto de producción de masa, lo que permitió fabricar vehículos asequibles para el público en general.
Admiraba las tecnologías que Ford implementaba en la actualidad; me resultaba interesante cómo habían integrado la electrificación en modelos globales: desde la versatilidad de la Explorer, pasando como eficiencia del SUV Escape Híbrido, hasta su más icónico deportivo, el Mustang.
Me conmovía que Leonel tuviese la confianza de contarme sus planes a futuro.
Al parecer, me veía como su posible reemplazo en el concesionario; sin embargo, no era una decisión que pudiera tomar a la ligera.
Mi compromiso con FitnessEnterprices absorbía gran parte de mis tardes, y no quería fallarle a Brutus.
Al terminar la primera mitad de la jornada, Hanna me recogió en su camioneta para dirigirnos a la oficina. No logré cambiarme a tiempo en los baños del concesionario, así que, tendría que hacerlo lo antes posible en cuanto llegara a mi cubículo para recuperar mi faceta ejecutiva.
- ¡Que lindo uniforme! Es la primera vez te veo así, gordo – reconoció Hanna, deteniéndose en un semáforo en rojo.
- Gracias, nena. Me gusta verme impecable ante los jefes – reiteré con una sonrisa de oreja a oreja, sin ocultar lo feliz que me sentía trabajando allí.
- Nunca me contaste cómo conseguiste el empleo – preguntó, con ese tono quisquilloso que la caracteriza.
- Fue mi primera experiencia laboral seria.
Entré gracias al contacto de un profesor de la universidad; envié mi hoja de vida por correo electrónico cuando supe que buscaban a alguien para la venta de repuestos.
Pedían conocimientos de manejo de Excel y manejo contabilidad básica.
Esperé pacientemente su respuesta durante dos meses y, para mi sorpresa, me aceptaron – conté justo, cuando aparcábamos el vehículo.
- Tuviste mucha suerte, me alegra que tu primera experiencia laboral haya sido en tu marca preferida. – contestó ella, soltándose el cinturón de seguridad – Por cierto ¿Qué harás el viernes en la noche?
- Si logro despejar mi tiempo, no haré nada después, ¿Por qué? – pregunté, frunciendo el ceño con curiosidad.
- Pensaba que podríamos jugar bolos o realizar alguna actividad – sugirió cortésmente.
- No parecería mal la idea – respondí – El viernes por la tarde te doy una respuesta definitiva.
- Perfecto, estaré al tanto – concluyó con una sonrisa.
Más tarde esa noche, sumergido en mi cubículo, me hallaba gestionando los números telefónicos de los nuevos clientes interesados en exportar nuestros productos a México.
Los solicitantes requerían precios de subpartidas arancelarias, certificados de origen, documentos de transporte y facturas comerciales.
Los procesos de exportación eran meticulosos; los proveedores querían asegurarse de que la complejidad logística estuviera respaldada por una estricta documentación aduanera e inspecciones de seguridad rigurosa.
Incluso para destinos como Canadá, la coordinación de la cadena de suministro, desde el traslado al puerto hasta la disponibilidad de transporte marítimo o aéreos, consumía gran parte del tiempo de nuestro esfuerzo operativo. No era una labor que se pudiera tomar a la ligera.
Una vez terminado los informes, me dirigí a la oficina de Brutus para entregarle los últimos reportes de los clientes potenciales. Antes de entrar, me detuve a escuchar su voz a través de la madera; hablaba por teléfono con alguien y su tono sonaba cargado de una profunda preocupación.
- ¿Tienes un minuto, señor Grizzly? – pregunté, esforzándome en mantener la calma.
- Si, Carving, entra. Tengo algo qué decirte – su tono de voz había cambiado; un nudo de su garganta parecía dificultar cada una de sus palabras.
- No quería interrumpirte, sólo venía a entregarte los últimos reportes de las nuevas solicitudes - expresé sentándome frente a él con los documentos en mano - ¿Pasó algo?
- No logro contactar con los transportes marítimos desde hace dos días.
Me preocupa que hayan tenido problemas con la mercancía en altamar; es la primera vez que sucede algo así– informó con cautela.
No obstante, podía observar el miedo a través de sus ojos, como si estuviera atrapado en callejón sin salida.
- ¿Has llamado a las autoridades del puerto para ver si tienen alguna novedad? – sugerí tomándolo de las patas para transmitirle seguridad - Es posible que estén atravesando una zona de sombra donde la señal satelital está interfiriendo con el rastreo.
- No, no había pensado en ello. Y ya es muy tarde para llamarlos – admitió, antes de inclinarse para darme un beso – No sé qué haría sin ti, peludito.
- Me volvería loco si te pasara algo, grandulón. Puedes contar conmigo dentro y fuera de esta oficina. Somos un equipo; si hay algo en lo que debo preocuparme, es tu bienestar – respondí, rodeándolo en un abrazo protector.
- Tus palabras son el alivio que necesitaba. Te amo incondicionalmente – dijo mientras apagaba su ordenador - ¿Te apetece comer algo en el restaurante de aquí enfrente?
- ¡Claro! Me encantaría– agradecí, sellando la promesa con el último beso antes de ir a recoger mis cosas.
Al salir del edificio, nos dirigimos a un restaurante de comidas rápidas muy reconocido por su alto nivel gastronómico: sus hamburguesas eran las más apetecidas por los comensales y también ofrecían platillos a la carta y postres artesanales.
Mientras esperábamos nuestra orden, decidí comentarle a mi pareja sobre la invitación que Hanna me había hecho para el viernes por la noche.
Realmente quería que me acompañara después del trabajo; me hacía ilusión que compartiera ese momento con mis amigos.
- Me encantaría que fueras conmigo – propuse, después de dar un buen sorbo a la bebida.
- Yo encantando de poder compartir con ustedes. Pero si vamos a viajar no podremos quedarnos mucho tiempo; debemos empacar las maletas – detalló, revisando la descripción del menú.
- Lo comprendo. Mañana te ayudaré a resolver ese inconveniente logístico, tenlo por seguro – aseguré entrelazando mis dedos con los suyos.
- De acuerdo, te dejaré la situación en tus manos – respondió, apretando mi pata en un gesto de absoluta confianza.
- ¡Cuánta atrocidad la de este par de osos! – interrumpió un rinoceronte con voz cargada de desprecio – ¿A caso no hay lugares donde pueden exhibir su asqueroso afecto sin incomodar a los demás animales?
Su pregunta sonaba tan anticuada, como un eco del clasismo rancio que se negaba a morir.
- Caballero, evite comentarios perjudiciales. No estamos haciendo nada malo y las épocas de discriminación ya pertenecen al pasado. No se entrometa en nuestros asuntos – señalé con firmeza y respeto.
- Animales como ustedes me dan asco, me sorprende cuánto han bajado los estándares de este país; se acabó la decencia - bufó, buscando la validación de los demás comensales.
- No deje que sus prejuicios lo ahoguen en un océano sin salida – lo cuestioné, interponiendo respeto - ¿No se ha dado cuenta de que su fijación demuestra una envidia profunda?
Está psicológicamente comprobado que quienes más atacan suelen ser quienes no han sido capaces de afrontar su propia realidad.
Debe ser muy triste vivir una mentira, engañando a su propia familia, ¿me equivoco?
- Carving, ya basta. No lo provoques más – me reprendió Brut en voz baja, tomándome del hombro.
- Yo me largo de aquí – refutó el rinoceronte reconociendo su derrota antes de marcharse a pasos pesados.
- Lo siento, - suspiré – No me gusta ser conflictivo, pero no iba quedarme callado escuchando sus insultos – expliqué, sintiendo una mezcla de adrenalina y vergüenza.
- No te preocupes, hiciste bien en ponerlo en su lugar. Perdóname no haberte defendido; lo hiciste todo tú solo – se disculpó con sinceridad.
- Relájate. Sé que muchos de aquí te respetan por quién eres, pero habrá animales que intentan sobrepasar por encima de los demás – añadí, dándole un beso – Vámonos de aquí, acabo de perder mi apetito.
- Como digas. Nadie me había comprendido mejor que tú. – concluyó, tomándome de la pata mientras salíamos del lugar.
A veces no comprendía eso prejuicios; el mundo no siempre pintaba de color rosa.
Esas clases de violencia buscaban castigar la disidencia, generando interiorización del rechazo, suicido y marginación.
Sin embargo, sus insultos solo nos volvían más fuertes, tal como si estuviésemos cargando un gran peso encima En ese momento, nuestro amor creció aún más blindándose de cualquier tormenta que el futuro decidiera enviarnos.