Capítulo 17 – Noche de Historias
Las calles de Overlook se sentían envueltas por aromas silvestres y asépticos.
Me agradaba que los padres de mi mejor amigo viviesen en una zona tan apacible, rodeados de animales que poseían carismas y personalidades que parecían almas bien cuidadas; dichas cualidades hablaban de cada individuo, recalcando sus mejores atributos.
La noche había adoptado un cielo estrellado; las leyendas narraban que cada punto de luz representaba a un guardián, el alma de antepasados o los restos de bailes divinos en la cúpula celeste.
No tenía idea si las historias que contaban nuestros ancestros eran ciertas, mientras contemplaba el manto negro que cubría la tierra.
Sentía que las estrellas representaban los hechos transcurridos de mi vida, como si guardaran fragmentos sumamente relevantes de mi historia.
Nos encontrábamos en el Audi de Balto, recorriendo algunas avenidas que muy pocas veces transitábamos.
Le pedí amablemente que me dejara en casa de Brutus, tal como habíamos acordado esa misma mañana.
El único sonido que rompía nuestro silencio era la radio; escuchábamos atentamente el noticiero anunciando que, en los próximos días, se realizarán desfiles por el Día de la Independencia, por lo cual varias avenidas e intersecciones serán bloqueadas durante el resto de la jornada.
- Perdón, no debí ser tan imprudente. Entenderé si estás enojado conmigo. – lamentó con la voz quebrantada, como si algo se hubiese roto en su corazón.
- ¿De qué hablas, perrito? – pregunté, intentando descifrar sus sentimientos.
- Pues… no debí haber confesado de esa manera tu relación con Brutus; me dejé llevar por la emoción – recordó, aferrándose con fuerza al volante.
- Hermano, ¿por qué tendría que enojarme contigo?
- le dije con calma - Tal vez no me lo esperaba en ese momento, pero no hay de qué preocuparse.
Tarde o temprano lo iban saber; además, le mencioné a tu papá que programaría una cena en casa de Brut para que se conocieran.
Yo jamás me enojaría contigo, hermanito.
– añadí, acariciando tiernamente su pierna – Oye, estás más gordito.
- Aww, Apestosito, muchas gracias. Juré que te habías puesto furioso conmigo. – respondió mientras activaba la direccional – Y si, debo bajar un poco de peso. Por cierto, ese oso polar, Arktos, no dejaba de mirarte – reconoció mientras nos incorporábamos a la autopista.
- Si, parecía estar muy impresionado, al igual que tus padres.
Aunque, es un poco extraño… no me genera confianza.
Hoy todo parece girar en torno a mis padres: Hanna me preguntó por ellos en el centro comercial y luego parece que el señor Arktos tiene información cuando mi padre trabajó con él.
Es curioso, su mirada se sentía… atraída, como si buscara algo– detallé mirando a través de la ventana.
- Concuerdo contigo; no fue una simple mirada de asombro, parecía estar interesado en algo. En fin, no les des más vueltas al asunto. – aconsejó.
- Tienes razón – concluí, guardando mi teléfono en mi bolsillo – Cuídate mucho, por favor. Te adoro, perrito.
- Y yo a ti. Gracias por todo –respondió él– Nos vemos.
La casa de Brutus había cobrado un significado especial desde que dormí la primera vez en ella; allí habíamos comenzado nuestra aventura romántica.
Siempre pensaba en él, halagándolo ante animales que reconocían perfectamente su esfuerzo y dedicación.
Mis preocupaciones se disipaban para abrir camino a momentos únicos, como si él fuese el remedio diario para sanar las heridas que desgarraban mi corazón.
Sus caricias y afectos eran los efectos de un amor fértil; como quien cultiva una flor brindándole los cuidados necesarios para que gane resistencia y versatilidad.
Nuestra planta apenas comenzaba a brotar, fortaleciéndose con cada acontecimiento inesperado.
Al ingresar a su estacionamiento privado, me percaté que dos de sus cuatros vehículos ya no se encontraban por ningún lado.
Solo la Taos y la Fortuner descansaban al aire libre, pero no le di tanta importancia.
Entré por la puerta principal usando una llave de repuesto que él mismo me había entregado hace un mes.
Una vez dentro, noté que las luces de las habitaciones, la sala, la cocina, permanecían apagadas como si la casa estuviese deshabitada.
Me preocupé momentáneamente, ya que le había enviado en mensaje justo al terminar la cena y no había recibido respuesta.
Decidí buscarlo en su habitación y, al encender la luz, lo hallé sumido en un sueño muy profundo.
- ¡Osote!, ¿pensaste que no iba llegar?! – le dije con ternura, mientras acariciaba sus mejillas.
- Osito… perdóname por no haberte respondido. – murmuró Brutus, abrazándome conmovido de mi presencia - Me quedé dormido y, al ver que pasaba el tiempo, asumí que no vendrías.
- No, perdóname tú a mí; te hice esperar mucho tiempo, peludo. ¿Ya cenaste? – pregunté con preocupación.
- Apenas comí unas galletas con té – afirmó, mientras pasaba su pata afectuosamente en el abdomen.
- Déjame prepararte algo, ¿quieres? No me gusta que duermas con el estómago vacío. – le aseguré mientras dejaba mi maleta cerca del armario – Me pondré cómodo para cocinar mejor.
- Eres lo más lindo que ha llegado a mi vida, pequeño. Como quisiera tenerte aquí todos los días – soltó él, mientras estiraba su gran cuerpo.
Tan pronto como despojé mis prendas, nos dirigimos a la cocina a preparar una improvisada cena romántica.
Mientras yo freía la carne, Brut organizaba la mesa con esmero, sirviendo en copas uno de sus mejores vinos.
Me agradaba poder construir ese tipo de momentos; siempre había sentido que los mejores instantes, los inesperados, resultaban mejor que los planeados.
- Grandulón, ¿puedo preguntarte qué hiciste con los dos vehículos que hacen falta? – cuestioné tras beber un buen sorbo de vino.
- Tuve que venderlos, osito. Apareció un cliente fuera del estado que es un gran amante a la marca; me ofreció más de $70.
000 dólares por esos vehículos y creo que es un coleccionista.
– contó mientras tomaba mi pata entre las suyas – Siento no habértelo dicho antes, fue algo que me tomó por sorpresa.
- No, descuida. Solo espero que hayan quedado en buenas manos – expresé entrelazando nuestros dedos. Hay algo que siempre quise preguntarte... – ¿Cómo fundaste tu empresa?
- Bueno, mi compromiso con FitnessEnterprices lo forjé en el año 2005, cuando apenas cumplí los dieciocho años.
Mi madre siempre me apoyó, pero desgraciadamente tuvo un infarto a los dos años después.
Empecé enviando productos nacionales e internacionales; las ventas se dispararon luego de contratar a Jack, quien propuso nuevas estrategias.
Mi relación con ese perro me recuerda mucho a la tuya con Balto; consulto cada decisión con él antes de negociar.
Al principio viajaba constantemente para abrir sucursales, pero ahora era más fácil con las tecnologías.
Mi primera inversión fue este terreno y la casa; luego me compré un Mazda 6, modelo 2011.
Y desde entonces cambiaba de auto cada tres años – concluyó su historia con una gran sonrisa.
- Wow, empezaste desde muy joven. Pero… nunca mencionaste a tu padre – recalqué, notando ese vacío en su relato mientras recogía los platos de la mesa.
- Tengo que confesarte que… fui adoptado.
Mi cuerpo se quedó inmóvil, como una roca.
- ¿Qué dices? – inquirí sorprendido.
- Como lo oyes. Mi madre fue quien me adoptó. Jamás tuve papá. Ella luchó su vida trabajando para que nos faltara nada – añadió con un gesto de melancolía.
- Entiendo perfectamente ese sentimiento. - respondí, regresando a mi asiento - ¿Sabes? He estado recapacitando en lo que dijiste hace un rato. Me gustaría vivir contigo.
- ¿Estás seguro? – preguntó él, tomándome de las patas con preocupación - Es una decisión difícil y no quiero que dejes a tu a amigo.
- Lo sé. Balto depende de mí emocionalmente en muchos aspectos. Pero tampoco me sorprendería que decida vivir con Michael más adelante. Esta semana te daré una respuesta definitiva; quiero empezar quedándome unos días para acostumbrarme – dije con determinación.
- Respeto tu decisión, mi amor. Sabes que no me gusta a forzarte– dijo acercándose a mi – Te amo mucho, mi peludito.
- También te adoro, osote – le correspondí un beso lleno de fervor.
Una vez más, el aire comenzó a espesarse con el calor que emanaba de nuestros cuerpos.
El movimiento de sus patas sobre mi torso era de una sutileza casi irreal, similar al roce de una pluma que suavizaba cada una de mis extremidades.
Me fascinaba que, en estos encuentros, él siempre tomara la iniciativa; era la misma determinación con la que lideraba sus negocios, donde su semblante adusto y su mirada severa se transformaban aquí en un fuego devocionador.
Me perdía cuando buscaba mi cuello, dejando tras de sí rastros de una urgencia contenida; los gruñidos profundos que vibraban en su garganta eran el eco de una euforia que finalmente hallaba su cauce.
Al cabo de unos minutos, me llevó hasta la habitación en vilo.
El oxígeno en el cuarto parecía haberse consumido por una energía eléctrica, dejando solo una atmósfera densa que pesaba en los pulmones.
No podía dejar de admirar la arquitectura de su imponente cuerpo posando para mí; él sabía que cada uno de sus movimientos intensificaba mi pulso.
Sus brazos, su pecho, su abdomen... todo en él era un territorio conquistado.
En esa penumbra no existía la pulcritud, solo el roce de dos fuerzas de la naturaleza intentando ocupar el mismo espacio.
Sus labios me reclamaban, trazando fronteras invisibles sobre mi piel, mientras la delicadeza cedía ante la fuerza de una marea incontenible.
La intensidad ascendió hasta convertirse en una danza de poder, donde nuestros latidos se sincronizaron en un golpe seco de urgencia.
Era una entrega absoluta, un pacto silencioso con el gran oso del que me había enamorado profundamente.
Finalmente, mi gran oso se entregó por completo.
En ese instante supremo, sentí el desbordamiento de una presa que libera toda su carga, inundando el vacío con una calidez abrasadora que se derramaba sobre las sábanas revueltas.
Nuestras miradas, ahora despojadas de cualquier máscara, reconocían el sudor y el desorden sagrado de nuestros actos.
Poco a poco, el frío de la noche volvió a reclamar el espacio, pero nuestras intimidades permanecieron unidas, desafiando la calma que empezaba a cubrir la habitación.
- Creo que ambos necesitábamos esto, ¿No crees? – jadeé, besándole su nariz –
- Ni que lo digas, pequeño. Fue una experiencia única después de muchos encuentros románticos. Gracias, peludito. Te adoro – expresó, dándome un beso de buenas noches – Recuéstate y descansa.
- Yo también te adoro, Osote.
Me recosté en su cálido pecho, abandonándome a la marea de un sueño profundo. Era como si cada ola que rompía sumamente contra la orilla abriera portales hacia la vida que siempre anhelé; una existencia plena, bajo el latido constante y poderoso del oso al que amaba con toda mi alma.