Capítulo 15 – Celebración Oportuna
Fernhill Park, un lugar donde los ciudadanos recurrían a despejar la mente mientras las aves cantaban sus últimos trinos antes del atardecer.
Brutus y yo compartíamos un helado contemplando el panorama; me divertía observar a los niños jugar en los chorros de agua en un pequeño chapoteadero.
Se sentía como jugar con amigos en el patio de atrás, mientras que los padres disfrutaban de buenas pláticas con cerveza y carne a la parrilla.
No habíamos expresado una sola palabra desde que llegamos al parque, como si el mismo silencio hablara por nosotros, apreciando el crepúsculo tomado de las patas.
- ¡Este es una celebración muy importante que destacar!
– comenzó Brut - El joven Carving no sólo se ha convertido parte de nuestra familia, sino que se ha transformado en un elemento fundamental para nuestra empresa.
Hoy mismo te nombro mi nuevo socio exportador; vamos a penetrar el mercado latinoamericano tal como dijiste cuando empezaste a laborar con nosotros.
Quiero brindar por eso – habló, alzando su copa de vino mientras todos escuchaban sus palabras - ¡Salud!
Chocamos nuestras copas.
- Quiero agradecer de antemano el apoyo de todos ustedes, como los profesionales que son.
Gracias por ser parte de mi vida y de mi experiencia laboral.
Reitero nuevamente, no voy a decepcionarlos con esta oferta que ofrecen.
Espero seguir navegando en el gran océano empresarial junto a ustedes y nuestro capitán, el señor Brutus Grizzly – brindé con palabras nacidas desde lo más profundo de mi ser.
- ¡Yo también quiero ser parte de este tributo!
– intervino Balto – Bueno, antes que nada, yo no pertenezco formalmente a la junta, pero soy el mejor amigo de Carving hace varios años; es como si nos conociéremos desde la infancia.
He visto a mi amigo luchar por sus sueños, desvelarse como nunca para culminar sus proyectos universitarios y, aunque en lo posible, debo destacar que más que un amigo, se convirtió en mi hermano del alma, Carving me ayudó a ser un mejor animal ante la sociedad.
Algo que compartimos es la nobleza que abunda en nuestros corazones; somos como dos pequeñas aves que viajan juntas, atravesando los riesgos que la vida les interpone.
¡Felicidades, Apestoso! Te adoro un montón – expresó mi hermano perruno con lágrimas escurriendo por sus mejillas.
- Siempre serás mi perrito favorito – le dije mientras lo abrazaba, compartiendo su misma emoción.
Acabada la cena, nos dispusimos a beber unos cuantos tragos, dejando que la noche avanzara más allá de la medianoche.
El aura se percibía acentuada por iluminaciones tenues que rompía completamente la monotonía.
De fondo sonaba una mezcla de pop, house y otros éxitos bailables.
Brenda y Jack, por supuesto, ya estaban algo embriagados, contagiando a todos los demás con sus movimientos danzantes.
Hanna también disfrutaba junto a ellos; me asombró ejecutar una coreografía que encajaba perfecto con el ritmo de la música, como si en algún momento de su vida hubiera asistido a la academia de danza.
Mientras ellos se divertían bailando, Brutus y yo nos dábamos afecto mediante besos rotundos, compartiendo frente a los demás ese cariño que desde hacía tiempo no mostrábamos tan abiertamente.
- Uyyy, parece que los enamorados están muy contentos, ¿no? – afirmó Michael mientras servía más whiskey.
- Reconozco que mi pequeñito ha dado una excelente presentación. Además, aprecio y valoro cada sentimiento que brota de él– afirmó Brut, rodeando mi nuca con sus brazos. Luego, tras dar sorbo a su trago, cuestionó– ¿Y qué tanto has progresado con el joven Balto?
- Más que bien. El jueves tendré el privilegio de conocer a los señores Cavendish – dijo muy alegre; no obstante, yo podía oler el miedo que desprendía tras sus palabras.
- Tienes suerte de ser la primera relación formal de Balto; de lo contrario, él ni si quiera se habría aparecido por aquí.
Sé franco cuando te reúnas con ellos y míralos a la cara – le aconsejé mientras apoyaba mi antebrazo con los hombros de Brutus - Te aconsejo que les lleves pollo frito del restaurante Dave’s Hot Chicken, darías una buena impresión, te lo garantizo.
- ¿De qué hablan? - intervino Balto acercándose – Oigan, yo… estoy muy feliz – titubeó ahogándose en su propia embriaguez – Heyy, aquí está mi perrote, ¿por qué me dejaste solo? ¿Ya no me… amas? – balbuceó entre dientes dirigiéndose a Michael.
- ¿Qué dices, Pastorcito? Yo te amo, y mucho. Es más, les estaba contando que tus padres quieren conocerme - Respondió Michael, mientras Balto hacía un gesto de duda.
- Perrote, es mejor que vayan a descansar. Me preocupa verlo en ese estado. Cuídalo, por favor – afirmé, ayudando a Micheal a sostenerlo para que no perdieran el equilibrio.
Minutos después, salimos del restaurante guiando a mi amigo hacia el estacionamiento ubicado en el subterráneo del edificio.
Le pedí encarecidamente a Michael que cuidara de él, ya que no me agradaba la idea que se embriagara de más.
Después de que ellos partieron del lugar, también decidimos emprender rumbo al departamento de Balto, el cual quedaba muy cerca de donde nos encontrábamos.
Brutus no parecía estar ebrio; sin embargo, sus gestos revelaban un deseo contenido que buscaba refugio dentro del vehículo.
Inició con besos suaves en la base de mi cuello, tan ligeros como el aleteo de una mariposa o el roce de pequeños peces en un remanso de agua clara.
Bajo el amparo de las sombras del auto, el lenguaje de las palabras fue sustituido por el de la piel, y la excitación comenzó a dictar su propio ritmo.
Las ráfagas de aliento de Brutus producían olas de calor que chocaban contra mí como el mar contra un acantilado.
La forma en que su lengua recorría mi ser creaba sensaciones desconocidas; el ambiente dentro del Jetta se volvió denso y cálido.
Me sentía vivo en cada fibra de mi pelaje.
Mientras las luces de la ciudad pasaban veloces, el ambiente dentro del Jetta se transformó en un santuario de calor y humedad.
La destreza de Brutus al recorrer mi ser era como una fuerza de la naturaleza: constante, profunda y vital.
Sus caricias se sentían como el rocío deslizándose por el tallo de una flor silvestre, buscando el centro mismo de su esencia.
Sus ráfagas de aliento eran olas térmicas chocando contra mi voluntad, como el mar que moldea pacientemente el acantilado, hasta que cada fibra de mi pelaje vibró en sintonía con él.
En el punto culminante, el mundo exterior desapareció.
Mi conciencia se volvió un prisma blanco donde la energía de mi vientre se liberó como un trueno silencioso, siendo acogida y resguardada por él con una devoción absoluta.
Los destellos de la noche se fragmentaron y, por un instante, no hubo tiempo ni espacio, solo una nota vibrante que emanó de su garganta mientras el placer nos desdibujaba a ambos.
Para sellar aquel pacto, me entregó el rastro de nuestra unión en un beso rotundo, compartiendo hasta la última gota de aquel néctar vital, como si en ella se guardara el secreto de nuestra complicidad.
- Espero que hayas disfrutado tu regalo – afirmó, dedicándome una expresión cargada de complicidad.
- No solo lo disfruté; lo adoré. Realmente lo sentí. – confesé, retomando el camino-. Creo que lo necesitaba después de toda la tensión de estos últimos días.
- Gracias a ti, pequeño. Por entrar a mi vida.
No sabes cuán agradecido me siento que me hayas aceptado.
Hubo un tiempo en el que estuve a punto de resignarme y dejar de buscar pareja, pero desde el momento en que llegaste a la empresa, supe que eras el indicado – confesó con una sinceridad que me permitió deslumbrar la profunda soledad que solía habitar en él.
- Las hojas que bailaban con el viento han llegado por fin a su destino; encontraron el lugar indicado donde pasarán el resto de sus vidas sin más alboroto. Es aquí donde te encontré, grandulón. Tu eres mi nuevo sueño - recité con ternura, abrazándolo con fuerza.
- Oh, pequeño, es lo más lindo que me has dicho jamás – respondió, sellando sus palabras con un beso – Te amo más que mi propia vida. Que eso jamás se te olvide.
- No tienes que agradecer nada. Ahora solo quiero proyectarme una vida contigo – dije finalmente, mientras aparcaba el auto en el estacionamiento del edificio.
Tan pronto como entramos al departamento de Balto, quedó atónito de lo espacioso que era.
Me sentí aliviado de que estuviéramos tan cerca del restaurante, lo que nos permitió terminar la noche allí mismo sin contratiempos.
Me aseguré de que descansara bien, no sin antes darle una soda con limón, pues la migraña comenzó a afectarlo mientras se despojaba de sus prendas.
Y así fue como culminó aquella velada; acostándome sobre su pecho, oyendo los latidos de su corazón, que parecían susurrar el gran amor que siente por mí.