Tratos No Negociables Capítulo 11 – Una Velada Romántica
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Capítulo 11 – Una Velada Romántica

La habitación se había transformado en un refugio de madera noble, con ventanales donde se divisaba el horizonte y una noche despejada en la que las estrellas nos acompañarían, como si por primera vez despegáramos de la tierra para explorar el universo, contemplando el gran paisaje de nuestros cuerpos.

Tras el poco tiempo de conocernos y de mantener una imagen contenida que parecía eterna, por fin estalló el fuego de una fogata que lográbamos encender con el choque de nuestras piedras.

Cuando mi pareja se sentó en el borde de la inmensa cama, el primer contacto de mis patas fue como el descubrimiento de un nuevo elemento químico: una reacción inmediata que enviaba ondas de calor a través de mis brazos.

No había torpeza del miedo; parecía como el roce de un pétalo de rosa acariciando una reliquia de gran valor, comprendiendo que mis caricias se habían convertido en el punto de no retorno hacia una unión más profunda.

A medida que la ropa bajaba lentamente por las extremidades, la luz cálida de las lámparas contrastaba nuestros cuerpos, bañando el pelaje como si fueran paisajes vírgenes bajo un sol imponente.

Al ser nuestra primera vez, nuestro encuentro se transformó en un mapa limpio donde nadie más había atravesado; mis patas comenzaron a dibujar una nueva cartografía por todo su pecho y espalda, trazando un mundo propio como si hubiera adquirido un gran terreno.

Sus movimientos eran lentos y solemnes, como los de un experto bailarín que complacía a todo su público, contemplando cada detalle de su maravilloso espectáculo.

Era una danza de fuerzas en equilibrio, donde la fuerza masculina se encontraba con una ternura inesperada.

La conexión fue poderosa, como si cultiváramos nuestra primera cosecha, con la paciencia de que lo que estaba naciendo allí, tenían raíces destinadas a ser profundas y duraderas.

El espacio se llenó de una intimidad tan densa como la de una ola que abrazaba a su isla, dejando solo la verdad en nuestros cuerpos entrelazados.

Cuando la fogata se transformó en cenizas, el silencio del campo regresó a la habitación, pero no fue opacado por la mudez del vacío.

Quedamos unidos, sintiendo el corazón del otro, bajo las sábanas de lino mientras recuperábamos el aliento en un pulso común.

Nos miramos con la promesa de quien acaba de ver un milagro por primera vez.

Ya no éramos los mismos osos que habían entrado a la habitación horas antes; nos convertimos en un cofre que contenía un secreto que no podía revelarse, como si hubiera sido sumergido bajo el mar.

Nos besamos contemplando las estrellas que, junto a la luna, iluminaban los árboles del bosque que rodeaba el lujoso hotel, sabiendo que habíamos fundado nuestro propio reino privado en el corazón de aquel paisaje inmenso.

Ya nuestros mapas fueron trazados; ahora quedaba un camino por delante que nos esperaba en el futuro, viajando por primera vez en un pequeño barco sin ninguna preocupación.

A la mañana siguiente, despertamos cuando el radiante sol chocaba contra nosotros.

Sentía el cuerpo entumecido, me había dormido en una sola posición, algo que rara vez me ocurría durante las noches.

Mi pareja comenzó a recorrer mi espalda, como si su lengua fuera un pincel de ternura que borraba cualquier rastro de cansancio.

En cada caricia se percibía un agradecimiento mudo; era el eco de una tormenta que purificaba las tierras que ahora le pertenecían.

- Buen día, pequeñito. ¿Lograste descansar anoche? – preguntó, mientras besaba mis mejillas.

- La mejor noche de mi vida, grandulón – expresé risueño, con una leve sonrisa - ¿Y mi gran oso? ¿Durmió bien? – cuestioné, mientras me acomodaba en otra posición.

- De maravilla, y aún más sintiendo el afecto y el calor del osito del que me enamoré profundamente. Gracias, pequeñito. Espero que mi fuerza no te haya incomodado - comentó en un tono suave mientras se recostaba boca arriba.

- Estuvo perfecto, grandulón. Para ser nuestro primer encuentro, lo hiciste bien; nada parecido a la urgencia que otros suelen buscar – lo abracé, sintiendo la firmeza de su torso contra mi pecho - ¡Vaya, es impresionante!

– admiré con voz baja – Nunca imaginé que tuvieras una presencia tan imponente; tu fortaleza es realmente admirable.

- ¿Te agrada? – preguntó con una sonrisa, dejando que su fuerza resaltara en mis ojos – Todo lo que soy te pertenece, así como yo me siento parte de ti, Ven aquí, mi Osito – me envolvió en su brazo protector; un refugió donde selló sus palabras con un rotundo beso.

- Es mejor que nos bañemos. Disfrutemos el día aquí en el hotel, deleitándonos con buen desayuno, y después nos refrescamos en la piscina – ideé un plan, mirándolo tiernamente a los ojos.

- ¡Es una gran idea, pequeño! Si quieres, saldremos por la noche hacia Portland para estar llegando después del mediodía – añadió, acariciándome las orejas – Hablé con tu jefe y me dijeron que no había de qué preocuparse.

- Te lo agradezco, aunque también podría atender a mis clientes por llamada conectándome a la plataforma.

Oye… desde un principio no quería tocar temas relacionados al trabajo, pero necesito tu ayuda -expresé, mientras recorría su pecho con el dedo – La empresa de envíos no ha respondido mi correo; necesito contratarlos para las entregas de la plataforma ¿Es posible que los contactes para llegar un acuerdo?

- Descuida, yo me encargo de ellos. Quizás quieran negociar algún tipo de comisión directamente conmigo – respondió, dándome un beso en la frente.

Horas después, dispusimos de nuestro tiempo libre en la piscina, nadando como pingüinos que emprendían un viaje a su nuevo hogar.

El ambiente dentro de la estadía se sentía cálido y apacible; los huéspedes parecían ser agradables con los animales, como nosotros, que llegaban de ciudades lejanas.

La brisa gélida empezó hacer contacto con mi pelaje estremeciéndome hasta las entrañas, era una sensación punzante, como si el frío intentara reclamar cada rincón de mi piel.

Cuando el ocaso había tocado las montañas del horizonte, iniciamos nuestra travesía de regreso a Portland. Antes de subirme a la Taos, recibí una llamada de mi hermano perruno preguntándome cómo la habíamos pasado y también si nos encontrábamos bien.

- ¡Tráeme un dulce, un recordatorio o lo que sea! Ya te empiezo a extrañar, amigo – exclamó– Por favor descansen si es necesario, Michael también se preocupa por ustedes – agregó.

- Todo estará bien. Llegaremos mañana en la tarde. Te prometo que cuando esté en Portland, saldremos a comer donas en el lugar que a ti te gusta – aseguré mientras me ponía la chaqueta.

- De acuerdo, cuídate por favor y no manejes tan rápido. Vayan a su ritmo. Te quiero mucho, Carving – se despidió como si estuviese a punto de llorar.

- Baltito, no te preocupes. Estaremos bien. Yo también te quiero mucho – emití mis últimas palabras subiéndome al vehículo.

La noche cayó sobre un manto de oscuridad, como si una mano invisible apagara las llamas solares.

Nuestra única aliada era la luz LED de blanco intenso.

Reinaba un largo silencio, solo interrumpido por el zumbido de las llantas que rodaban a una moderada velocidad y el rugido del motor TSI, que hacía girar el cigüeñal a más de cuatro mil vueltas por minuto.

Tenía los ojos muy abiertos; no me fiaba de conducir a altas horas de la noche.

Las probabilidades de un percance eran considerablemente elevadas debido a la poca visibilidad, que reducía mi campo de visión a lo que iluminaba los faros.

Pese a que circulábamos en carreteras nacionales, se podían hallar animales que manejaban irresponsablemente bajos los efectos del alcohol; sin embargo, la policía estatal mantenía el control, interponiendo regímenes estrictos para prevenir accidentes fatales.

- ¿Seguro que te encuentras en óptimas condiciones para manejar? – preguntó preocupado, desviando su mirada hacia mí.

- No te preocupes, sé cuándo tengo que detenerme para descansar – afirmé, dándole una pequeña palmada a su pierna.

- Pequeño, respecto a lo de tu pago como mi conductor personal, tenlo por seguro. No lo dudes – aseguró mientras miraba su teléfono.

- Grandulón, no te molestes. Sé que este viaje era especial para conocernos aún más y, créeme, no habría necesidad de ese dinero. Relájate – solté, sin perder de vista la carretera.

- Mi amor, escúchame. Lograste conducir veinte horas seguidas; nadie hace eso. Lo siento, pero no aceptaré un > por respuesta. Además, soy un oso de negocios y tengo que cumplir con mi palabra. – sentenció y comprendí que tenía la razón. Un trato era un trato y no había vuelta atrás.

- Está bien, te lo acepto porque habíamos negociado desde un principio. Grandulón, yo podré ayudarte a conducir cuando lo necesites, pero esto no se vuelve a negociar ahora que te convertiste en mi pareja – aclaré el asunto, mientras me pasaba una botella de agua.

- Tienes toda la razón. Gracias por ser amable y abierto conmigo. Te amo mucho, pequeñito – dijo con voz suave.

- Y yo a ti, grandulón – Le devolví mis palabras con una tierna sonrisa.

El ambiente nocturno se había transformado en neblina espesa; odiaba rotundamente conducir bajo ese fenómeno natural, era como si te vendaran los ojos con un antifaz.

Aminoré la velocidad con luces intermitentes, advirtiendo a otros conductores hicieran lo mismo.

Solo quedaba esperar pacientemente a que la nebulosidad se dispersara para continuar nuestro laborioso viaje de regreso a Portland.