Capítulo 9 – Nueva Adquisición
Los beneficios que Volkswagen recomendaba a los clientes eran primordialmente la seguridad y fiabilidad de algunas SUV que obtenían cinco estrellas en la prueba de impacto.
La Taos, en sus dos versiones, generaba excelentes reseñas en cuanto garantía de protección, puesto que gran parte de sus modelos incorporaban el reconocido Asistente de Frenado: un sistema que integraba una cámara activa para monitorear el vehículo delantero, advirtiendo posibles colisiones mediante alertas visuales en el tablero de instrumentos.
Las tecnologías de entretenimiento incluían un software llamado “MyVw” cuyo propósito era ofrecer conectividad de Android Auto y AppleCarPlay permitiendo una gestión táctil similar a una Tablet y control de voz en modelos avanzados.
Volkswagen utilizaba ingeniería alemana, lo que ayudaba a mantener un valor en reventa en comparación a otras marcas de mayor competencia; no obstante, los modelos más recientes estaban diseñados con el fin de reducir el desgaste.
En otras palabras, su mantenimiento se programaba cada año o cada quince mil kilómetros, gracias a su construcción robusta y duradera.
Mis jefes de la concesionaria reconocieron mi alto desempeño de los últimos meses, ofreciéndome bonos hasta de dos mil dólares en caso de que realizara la compra de un vehículo en vitrina.
Consideré las sugerencias de Balto y Brutus durante el transcurso de la semana, solicitando un crédito a cuatro años con tasas de intereses moderadas.
Leonel me brindó una asesoría basada en las descripciones detalladas de cada modelo para que eligiera el que verdaderamente me llamara la atención.
Cabía mencionar que los SUV tales como: Taos, Atlas y Atlas Cross Sport no entraban en esa lista, debido a que mi presupuesto no llegaba a ese nivel.
El león recomendó tres opciones que prometían un excelente desempeño: el Polo —en sus tres versiones Trendline, Comfortline y Highline—.
La T-Cross —Trendline y Comfortline— y finalmente el Jetta Highline.
El sedán —Jetta— prometía versatilidad y potencia pese a su motor 1.
4 TSI; después de todo, Volkswagen creaba motores eficientes con más de 250 Newton-metro de torque.
Sin más preámbulos, compré el vehículo de color Negro Profundo Metalizado con entrega inmediata.
- ¡Felicitaciones, Carving! ¡Por fin te convenciste en comprarte un carro para tu uso diario! – me abrazo Hanna mientras bebíamos un café a las afueras de la empresa.
- Créeme que no fue una decisión fácil de tomar, pero estoy contento porque lo necesitaba – afirmé, agarrando un trozo de pan.
- Concuerdo contigo. Adquirir un auto no es siempre la mejor inversión, pues, no es un activo que genera ingresos a menos que lo pongas a trabajar – explicó ella con tono analítico.
- Exactamente. Sé que mis empleos me generan buenas pagas; pero, me siento cansado de viajar de un lado a otro – confesé. En los últimos días empecé a sufrir dolores de cabeza muy intensos, supuse que el cuerpo me estaba pasando factura.
- ¿No crees que te estás exponiendo mucho al estrés? – cuestionó preocupada por mi situación.
- Si, tal vez. Estos días me he desvelado por trabajar en el proyecto de la empresa – conté mientras revolvía el azúcar con mi café.
- ¿Y qué tanto has avanzado en tu trabajo? - Preguntó interesada.
- He estado agregando los artículos más solicitados: mancuernas de todos los pesos, barras para discos, discos y Smith.
El único retraso es que no he recibido respuesta por parte de la transportadora para negociar la contratación.
Tendré que conversar con el señor Grizzly al respecto para obtener una solución lo más pronto – expuse elocuentemente.
- ¿Y qué hay sobre las ventas virtuales a Canadá? – formuló una nueva pregunta.
- Por el momento haré la prueba nacional durante una semana.
No me gustaría tener altercados con los clientes; la mayoría son muy exigentes con las entregas y no queremos malas críticas en nuestra primera impresión.
Además, tendría que coordinar con Jack para los envíos internacionales. – añadí, manteniendo un tono sereno.
- Increíble, se nota que has puesto todo tu empeño en esto – sonrió mientras regresábamos al trabajo.
- Por cierto, me dijeron que vas a acompañar al jefe Grizzly este fin de semana.
Espero que les vaya bien; descansen en el camino cuando sea necesario.
Mi familia y yo viajamos una vez en auto hasta Kansas y no imaginé que fuera tan lejos – informó mientras ordenaba su escritorio – Llámame si necesitan algo.
La noche de ese viernes Brutus y yo salimos a cenar a un reconocido restaurante mexicano llamado Mis Tacones, ubicado en Ne Killingsworth.
Además de la comida mexicana, me fascinaba la gastronomía italiana y colombiana: especialmente por sus recetas tradicionales, como la más reconocida bandeja paisa, el ajiaco y mi favorita por su gran sazón: el piquete de gallina.
Al ingresar al establecimiento, nos dieron la bienvenida con una serenata de mariachis y nos sirvieron tacos en un sombrero de charro comestible que tenía guacamole en su centro.
La fiesta mexicana se sentía vivida, festiva y vibrante en cultura, como si estuviesen celebrando un evento de gran relevancia en cualquier momento.
Detallé que las instalaciones del restaurante utilizaban colores llamativos tales como: el rojo, verde, rosa y amarillo mezclados en materiales naturales como el barro, la madera y el hierro forjado.
Era un lugar para quienes deseaban charlar sin perjuicio alguno; los animales entraban en ambiente junto con los comensales riendo y bailando.
- ¿Alguna vez has venido aquí, pequeño? – cuestionó mientras comía del sombrero.
- No, grandulón. De hecho, es la primera vez que vengo a un lugar tan fiestero como estos – repliqué, dándole mi opinión sobre el lugar.
- ¡La atención al cliente es grandiosa, te va a encantar! – exclamó alegre, bebiendo una copa de tequila reposado.
- Grandulón – advertí – Queremos estar sobrios mañana para el viaje. Además, no has empacado tu maleta – dije con cautela; no quería controlar sus acciones, pero debía aclarar la situación que íbamos a emprender.
- Quiero brindar por este momento juntos. Estos días me la he pasado de maravilla paseando la ciudad después de la jornada. Cada día son nuevas historias con el oso del que empecé a enamorarme – exclamó alzando su trago.
- Esas palabras me llegaron al corazón, como si acariciaras tiernamente su blando tejido creando melodías rítmicas por ti. – solté, tomándolo de las patas – Gracias por ser parte de mi vida.
- Me sorprende que te expreses de manera lírica; nadie en la vida me había dicho algo tan bonito – dijo mientras acariciaba mi rostro – eres muy guapo ¿lo sabias?
- No, señor. ¡Tú lo eres! – se inclinó hacia mí para besarme.
- ¡Óraleeeee, qué linda pareja tenemos por aquí! – admiró el mesero, un toro con un marcado acento- ¿Les gustaría pedir su orden, caballeros?
- ¿Algo en especial que nos puedas ofrecer? – inquirió Brut sonriente.
- ¡Pero claro, Patrón! las enchiladas y las quesadillas son los más pedido. Le prometo, patrón que si no le gustan puede pedir otra cosa que le apetezca, sin pena ni nada, patrón. Aquí estamos para serviles – agregó el mesero de forma extrovertida.
- ¿Podrías traerme unas quesadillas de carne y ajonjolí? – pidió Brut – Y otra copa para mí y a mi pareja, por favor.
- ¡En tantito se lo hago traer, patroncito! ¿Y para el patroncito joven? – cuestionó anotando el pedido.
- Unos burritos de pollo, por favor – dije alegremente.
- Listo, patrones. En un momento traeré sus pedidos. – emitió el mesero retirándose de la mesa.
Minutos después, la comida llegó a nuestra mesa y empecé admirar los platos de porcelana que se fabricaban por un material fino blanco y traslúcido, con figuras geométricas influenciados comúnmente por la Talavera Poblana, es decir, flores en diferentes estilos y colores brillantes.
Me gustaba que el restaurante se destacase precisamente por contratar animales de origen mexicano; de lo contrario, la fiesta o la “pachanga” como bien decían no hubiera sido lo mismo.
Horas después, nos encontrábamos en la casa de Brutus bebiendo unas copas de vino blanco, elaborado en el Valle de Willamette, a cincuenta minutos hacia el sur.
Era el reconocido Pinot Noir, cuyo efecto ayudaba a relajar el cuerpo, algo parecido a una pastilla para conciliar el sueño perfectamente.
Era la primera vez que dormiríamos juntos en su cama, me sentía nervioso, pues no acostumbraba a dormir con alguien más a mi lado.
Me acosté en el lado derecho, relajando completamente mis pensamientos.
Cuando di media vuelta, sus brazos envolvieron mi pecho que me apretaron contra su torso, como si cuidara algo muy apreciado.
El calor que emanaba su cuerpo me ayudó a quedar dormido sumergiéndome a un océano que contenían fragmentos relevantes de mi vida, y este se había convertido en uno de ellos.