Capítulo 8 – Sentimientos Encontrados
Las aves iniciaron su canto matutino; una sinfonía coordinada que brindaba paz mental y relajación, aliviando el estrés y disipando todo aquel pensamiento intrusivo que se interponía en el equilibrio emocional.
Por primera vez en mucho tiempo, podía sentir la calma en una soleada mañana, como si el mismo silencio opacara el ruido del exterior.
No recordaba la última vez que había despertado un domingo tan temprano, pues no era costumbre alojarme en casas ajenas; no quería abusar de la confianza de Brutus ni de la hospitalidad que me brindaba en su gran morada.
Me levanté de la cama y decidí preparar un poco de café con tostadas que encontré en la despensa.
Pude notar que tenía muy pocos víveres, y algunos con fechas de caducidad ya cumplidas; decidí no arrojarlas a la basura sin su consentimiento.
La casa del señor Brutus tenía una ambientación rústica, una de las decoraciones que mi madre solía rediseñar en nuestra anterior vivienda: madera envejecida, piedra y textiles de lino o lana.
Los elementos primordiales eran muebles anchos, una chimenea en tonos tierra y toques de naturaleza, como plantas. Admiré su buen gusto estético.
Preparé un desayuno inspirándome como un chef: carne al bistec, jugo de naranja y huevos con champiñones y pequeños trozos de jamón.
Por suerte no tenía mucha resaca; de lo contrario, no habría podido disponer de tal banquete.
Al entrar a su habitación, aún seguía durmiendo profundamente, como si estuviese hibernando.
Tomé el control remoto para subir las persianas, despejé el ambiente abriendo ventanas y finalmente intenté despertarlo con un beso lleno de cariño.
- Holaa, buenos días. Espero hayas dormido plácidamente – saludé, mientras lo ayudaba a poyar su cabeza en el respaldar.
- Hola, pequeñito. Por un momento olvidé que estabas aquí. Si, el remedio alivió un poco el malestar – me regresó el beso como agradecimiento.
- Me alegra saberlo. Ven, te tengo una pequeña sorpresa.
Nos dirigimos al comedor tomados de las patas a deleitarnos de una buena comida.
- Wow… Carving no te hubieses molestado – expresó con nerviosismo.
- Solo quiero consentirte. Además, lo hice con mucho cariño – reiteré antes de dar el primer bocado – Qué carne tan fina, ¿Dónde la compras? – cuestioné.
- En Shop Master Meats. Ahí encontrarás cualquier proteína de la mejor calidad – dijo, limpiándose con una servilleta – Cocinas delicioso.
- Gracias, me gusta a hacerlo cuando dispongo de ratos libres. Mi tiempo se limitó después de haber entrado a Volkswagen – conté mientras cortaba un trozo de carne.
- Me encanta escucharte cuando hablas de autos, tienes ideas muy lógicas al respecto – me observaba con alegría - ¿Por qué no compras uno?
- Prefiero para un futuro de corto plazo; no es una inversión que desee ahora mismo, aunque Balto también me insiste. Tengo los recursos, pero tendría que ver las tasas de crédito – expliqué.
- Comprendo, es una respuesta sensata ¿Y qué dicen tus padres al respecto? – cuestionó y su pregunta hizo que soltara el tenedor accidentalmente, como si una pequeña rama se deprendiera de su tallo a causa del viento que azotaba fuertemente su tronco.
- Mis padres… murieron – su rostro cambió al escuchar mis palabras.
- Lo siento, pequeño. No quise incomodarte – excusó levantándose de su silla dirigiéndose hacia mi - ¿Sabes?
De alguna manera admiro la discreción que manejas.
No todo el mundo debe saber nuestros problemas personales.
Para un joven como tú no debió ser fácil emprender un camino con tantas dificultades – añadió brindándome un abrazo – Puedes contar conmigo, no lo olvides.
- Te lo agradezco, tus palabras me reconfortan – Le di un rotundo beso – Ahora debemos pensar en nosotros, si es que planeamos tener una relación estable – afirmé, mientras llevaba los platos a la cocina.
- Deja que el tiempo hable por sí sólo. Lo que menos quiero es lastimarte. A partir de ahora te llevaré al departamento de tu amigo después de la jornada; quiero que esos pequeños momentos sean únicos para hablar de nosotros. ¿No te parece que es un buen inicio? – otorgó su idea.
- ¡Perfecto! Estoy de acuerdo – lo abracé por espalda mientras él lavaba la loza.
Las horas transcurrieron y nos dispusimos a ver películas todo el día apapachándonos mutuamente.
La experiencia fue única e intensa, como si cada momento reviviera recuerdos agradables de mi infancia.
Su cariño se manifestaba en gestos de protección y felicidad; no recordaba lo maravilloso que sentía ser apreciado de esa manera.
Pude percibir sus ganas de tener intimidad al igual que las mías; sin embargo, mantuvimos la cordura, demostrando nuestro afecto por medio de besos y abrazos mientras nos recostábamos de medio lado, sintiendo nuestro calor corporal.
Más adelante, Balto me dejó una llamada perdida, confirmándome que se encontraba en el departamento, después de su encuentro romántico con Michael.
Brut me llevó hasta Alameda no sin antes de expresarme lo maravilloso que fue su día conmigo.
Me acompañó hasta la puerta del apartamento, abrazándome fuertemente con un pequeño beso de despedida.
Empecé a percibir un nuevo sentimiento: nostalgia.
Al verlo caminar por el corredor, una pequeña parte de mi alma empezó a atraer recuerdos positivos, como si ya estuviese extrañando todo de él.
El apego hacia Brutus era una experiencia que fortalecía mi identidad y, al mismo tiempo reducía mi soledad, como si una pequeña flor renaciera con pétalos más fuertes.
Mi amigo me había estado esperando, sentado en una de las sillas del mesón de la cocina anhelando que le confesara mi gran experiencia romántica; no obstante, su propia felicidad era evidente. Supuse que su velada con Michael había sido un éxito total.
- A ver, Perro loco. ¿Eres un mapa que nadie ha recorrido todavía, o alguien ya ha dejado huella en ti? – pregunté ansioso, mientras me quitaba la cadena.
- ¿Tú qué crees? – me devolvió la pregunta, cuya respuesta era evidente – Resultó que tenemos más en común de los pensábamos– contó con una mirada provocativa.
- ¿Qué? ¿Michael también? – pregunté muy impresionado, ya que aparentaba ser dominante.
- Así es, mi buen Oso Apestoso. No resultó ser lo que creías; de igual modo, apenas es el comienzo de nuestra relación – reiteró sirviéndose un vaso de jugo de mora – Ahora tú, ¿Qué tal el señor Grizzly? Divisé que está muy enamorado de ti la noche anterior.
- Seré muy sincero contigo, hermano. Pasamos una tarde maravillosa viendo series y hablando de nosotros durante el desayuno. No quisimos apresurar nada; decidimos que el tiempo fluyera a su ritmo hasta que llegue el momento correcto – expresé alegremente desabrochando mi camisa.
- Ese es un buen comienzo para solidificar una relación estable.
Lo demás, como bien dices, no es lo más importante, pero me alegra mucho que hayas pasado un día conociéndose entre ustedes.
Michael me invitó a quedarme este fin de semana en su departamento; desea estar conmigo esos días para despejar la mente y poder pasar un tiempo juntos - aclaró con mucha felicidad.
- Agradezco tus palabras. También tengo que decirte que debo emprender un viaje con Brutus a la ciudad de Kansas en una de sus camionetas; debe entregar unos artículos que no pueden ser enviados por transportadora – le comenté, mientras me quitaba los pantalones.
- Es un viaje muy largo, pero de seguro les irá bien. No pierdas contacto conmigo – dijo, mientras lavaba sus patas – Bien, creo que iré a dormir. Mañana tengo un día apretado en la universidad; saldré más temprano de lo habitual, debido a que van a bloquear la avenida por reparaciones – explicó.
- Está bien. Ten linda noche. Gracias por todo, hermano. – lo abracé como nunca lo había hecho.
- Apestoso, tal vez no podremos ser de la misma especie, pero te has convertido en parte de mi familia. Ya que tocamos el tema, pronto mis padres quieren invitarnos a cenar en su casa. Te estaré avisando - correspondió al abrazo y se dirigió a su cuarto, cerrando la puerta.
Mis pensamientos bombardearon una serie de imágenes que me impedían conciliar el sueño, como si una pequeña chispa eléctrica alimentara mis deseos por Brutus con una fuerza renovada.
No recordaba la última vez que me había entregado a mis propios instintos; quizá era esa tensión acumulada la que me mantenía en vilo.
En la completa oscuridad, me sumergí en un valle de fantasías prohibidas.
Imaginé a Brutus y me vi recorriendo con mis labios cada relieve de su torso, sintiendo sus caricias como el roce de plumas silvestres que surcaban tiernamente mi pelaje.
En mi mente, me perdí en la calidez de su anatomía, explorando con devoción el centro de su virilidad; su piel se sentía como tierra húmeda tras la tormenta, cálida y vibrante, emanando la esencia misma de la vida.
Cada movimiento era como adentrarme en un bosque espeso y desconocido, dejándome envolver por la imponente fuerza de su naturaleza indomable.
Bastó con imaginar el torrente de su entrega fundiéndose conmigo para que la ilusión me llevara al éxtasis, liberando súbitamente mi propia esencia como un manantial que rompe su cauce.
Jadeé durante varios minutos intentando recuperar el aliento, con el corazón latiendo con el vigor de quien ha corrido un maratón bajo el sol.
Tras recobrar la calma, percibí cómo mi cuerpo se relajaba con lentitud, permitiéndome, finalmente, quedar profundamente dormido.