Tratos No Negociables Capítulo 7 – Noche Festejada
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Capítulo 7 – Noche Festejada

La Universidad Estatal de Portland era altamente reconocida por los amplios espacios de su campus, donde ya había cursado todos mis semestres en los últimos cinco años.

Ofrecía una gran variedad de títulos y maestrías, desde certificados hasta doctorados; no obstante, la mayor oferta para los egresados se centraba en áreas urbanas, asuntos públicos, ingenierías y negocios, precisamente.

La vida dentro de la institución era biofílica, como si uno pudiese sentirse parte del entorno, conectándose fácilmente con naturaleza y con la diversidad de animales que pertenecían a la comunidad.

Ese mismo sábado me levanté tarde, despreocupado de las obligaciones que no tenía que atender ese día.

Me dirigí a la cocina a prepararme unos huevos fritos con tocino, emparedados y jugo de maracuyá en leche.

Aprendí a cocinar a mis dieciséis años viendo videos en plataformas muy recomendadas para principiantes, cabe recordar que no tuve tiempo suficiente para adquirir otros conocimientos gastronómicos, ya que la depresión empezó a consumirme lentamente sin dejar muchas opciones entre las cuales elegir.

Minutos después, supuse que Balto no había despertado, así que decidí llevarle el desayuno a su habitación con el fin de compartir una excelente mañana sin ningún altercado. Manteníamos la mente serena, concentrándonos en la serie que reanudamos a ver después de mucho tiempo.

- ¿A qué horas viajarás a la universidad? – preguntó, dándole un gran mordisco a su emparedado.

- Pensaba pasar después de la una de la tarde; aún no quiero bañarme. – expresé tras un largo bostezo.

- Si quieres puedo llevarte, ya le hice el mantenimiento al Audi – propuso, bebiendo un poco de su jugo.

- Te lo agradecería – repuse – También me alegra que hayas hecho la diligencia – agregué con una leve sonrisa.

- Michael me invitó a un evento esta noche; quiere presentarme a varios de los socios de la empresa – dijo, concentrando en la serie que veíamos. Recordé que esa celebración también me involucraba debido a la invitación que me había hecho el señor Grizzly.

- ¿Así que tú también vas a asistir, eh? – agregué, desviando mi vista hacia él.

- No me digas que tu jefe también lo hizo contigo – adivinó, mirándome a los ojos – Carving, ¿no te has puesto a pensar sobre en lo que podría haber entre ustedes dos? – cuestionó, frunciendo el ceño.

- Él ha sido muy atento conmigo; no me extraña en lo absoluto que su comportamiento vaya más allá de lo laboral. Ansía mucho charlar sobre nosotros y no perderá la oportunidad esta noche – inquirí, dudando de mí mismo.

- ¿Temes a que la vida juega en tu contra? – preguntó, poniendo su pata sobre mi hombro – Métete esto en la cabeza, ya no hay por qué tener prejuicios, hermano. Arriésgate o pierdes la oportunidad. Cuenta conmigo – me abrazó comprendiendo perfectamente mis sentimientos más profundos.

Después de varias horas charlando sobre sentimentalismo, salimos del departamento emprendiendo el viaje hacia la Universidad lo más pronto.

A simple vista, Balto no aparentaba ser un perro con cualidades recíprocas que se destacara por proteger el alma de sus seres queridos; sin embargo, esa misma mañana me demostró lo contrario: se había convertido en un consejero personal que no cualquier animal podría tener.

En muy poco tiempo aprendió a valorar los sentimientos de quienes lo rodeaban sin necesidad de recurrir a mis enseñanzas.

Al llegar al instituto, caminamos rápidamente a la facultad de negocios con el objetivo de entregar mis avances de prácticas profesionales en FitnessEnterprices.

Cuando el director nos vio llegar, nos saludó formalmente y nos guió hasta su oficina.

Las pocas palabras que cruzamos fueron de agradecimiento y felicitación por haber abarcado un proyecto que satisficiera las necesidades de tan famosa entidad.

También olvidó comentarme que no habría necesidad en viajar hasta allí, ya que podía enviarle los reportes al correo institucional; algo bastante obvio, pero comprensible, pues con tanto ajetreo solíamos olvidar esos recursos mínimos para nuestro bienestar.

Más adelante, Balto me propuso un plan un tanto recreativo que no me disgustó en lo más mínimo: nos dirigimos al centro comercial cerca de Forest Park con la finalidad de comprar ropa para el evento de esa noche.

Opté por adquirir una camisa gris para combinarla con un jean azul.

Mi amigo, por su lado, se compró una camiseta polo color blanco que pensaba usar junto a una delgada manilla de fantasía que guardaba en su habitación.

Él no buscaba glamur y prestigio, pese a que su apellido era tendencia en Portland.

Al caer la noche, decidimos ducharnos disponiendo de nuestros atuendos.

Recordé en ese momento la cadena que me regalaron mis padres años atrás, en mi décimo sexto cumpleaños.

No lograba acordarme de donde la había guardado: la joya poseía gran valor para mí, ya que estaba compuesta de oro blanco y su dije era la letra C, el inicial de mi nombre.

Balto, ingresó a mi habitación desconcertado, pues no sabía que estaba haciendo yo en ese momento.

- ¿Estás buscando algo? - preguntó desde la puerta con la intención de ayudarme.

- Si, no encuentro mi cadena, - dije mientras rebuscaba en mis maletas de viaje.

- Busca en esa bolsa que está ubicada en la parte superior derecha de esa repisa – sugirió, cruzándose de brazos. Bajé la bolsa cuidadosamente, y por suerte la encontré guardada en un pequeño estuche, bien conservada.

- ¡Por fin! Deberías ser detective, eres bueno en esto – expresé con mucha euforia.

- Déjame ayudarte. ¡Wow! – contempló la cadena descifrando su valor exacto – Esto debe valer, al menos, unos ocho mil dólares – inquirió.

- No sé; tiene un gran valor sentimental, no la vendería por nada del mundo – emití con voz nostálgica mientras me acomodaba el cuello de la camisa.

- Tus padres debieron quererte mucho, hermano. Me hubiera encantado conocerlos – soltó, mientras enganchaba el seguro – Listo, te ves muy guapo. De seguro el señor Grizzly quedará enamorado de ti – aseguró, haciéndome reír.

- Gracias, hermano. No olvidaré esto – chocamos nuestros puños – Por cierto, espero que no te moleste – Le entregué dos preservativos y dos lubricantes con sabores a frutas.

- Vaya, no me lo esperaba de ti, ¡oso calenturiento! Muchas gracias, es mejor prevenir que lamentar – aseguró, guardándolos en uno de los compartimentos de su cartera.

- Balto, lo más probable es que ninguno de los dos regresemos aquí esta noche – inquirí, entendiendo perfectamente de lo que hablaba.

- ¡Es hora de salir a bailar! – gritó, saliendo del departamento.

Le recomendé a mi amigo usar la pantalla del Audi para buscar las rutas con mejor accesibilidad en la ciudad.

El evento se programó en The Bye and Bye en la zona noreste de Alberta, siguiendo la ubicación que envió mi jefe.

No tardamos más de treinta minutos en llegar.

Los líderes se hallaban en la primera planta, al aire libre, y dirigiendo sus miradas confusas hacia el carro de mi amigo.

Cuando salimos de la cabina, la impresión de ellos fue impactante; era como si, por primera vez nos reconocieran como animales de la alta sociedad.

- ¡Hey, hey, hey! ¡Los estábamos esperando, jóvenes! – expresó la señorita Brenda muy entusiasmada; se podía evidenciar que habían iniciado con tragos muy fuertes.

- Buenas noches. Les presento a mi mejor amigo Balto Cavendish – presenté a mi hermano perruno. Jack se atragantó con su propia bebida, como si hubiese comido un gran trozo de carne causándole un ligero dolor de garganta.

- ¿Qué? ¡¿Eres el hijo del señor Neithan?! – se asombró, sin poder creerlo.

- Si, señor. El gusto es mío – expresó Balto con mucha educación.

- Ven, Balto. Siéntate aquí a mi lado – repuso Michael, acomodándole la silla.

- ¡Ven aquí, pequeño! También había apartado una silla para ti – dijo el señor Brutus mientras me sentaba junto a él.

- ¡Carving, tómate esto! De seguro te va a encantar – Brenda me pasó un vaso del mejor trago que se fabricaba en el país Scotch Whiskey. No era muy fan a las bebidas finas, ni mucho menos de embriagarme.

- Le agradezco – bebí un sorbo; no tenía mal sabor.

- ¡Vamos, Carving no seas tan modestos con nosotros! Ahora no estamos en la empresa, ¡sé tú mismo! – expresó Michael con mucha alegría, lo desconocía en cierto punto, ya que jamás lo había visto con comportamientos tan alegres.

- ¡Vale, vale! Está bien, si ustedes lo dicen – me serví otro trago, entrando en confianza.

- ¡Esoooo, Pequeño! Esa es la actitud del chico que quería ver – admiró Brutus ante mi entusiasmo.

Pasadas unas tres horas, el ambiente se tornó agradable y pacífico. Jack y Brenda empezaron a bailar rock y comencé a percatarme de que Michael le echaba el brazo a mi amigo. Por lo tanto, el señor Brutus y yo iniciamos una conversación sobre nuestras vidas.

- Señor Grizz… - me calló, poniéndome su dedo índice en mi boca.

- No aceptaré que me llames así, pequeño. Te acepto que me digas Brutus o Brut, pero abstente en ser tan cordial conmigo – refutó, cautivándome con sus palabras mientras bebía un buen trago – Quiero que me hables de ti. Reconozco que he sido muy evidente, pero tienes un aura que me cautiva.

- ¿En qué sentido te cautivo? - pregunté, confiado de mis palabras

- Esa determinación, tu inteligencia… Un oso tan atractivo como tú no se encuentra a simple vista – expresó, acariciándome la pierna.

- No niego que también eres un oso al que empecé admirar, sobre todo por cómo lideras una gran empresa; yo también siento ese deseo de conocerte – solté, sirviendo más whisky para ambos.

- Me gustas cuando te expresas de esa forma, pequeño. Por ahora quiero conocerte y perderme en tu corazón – emitió un gruñido; sus palabras eran pilares de afecto que provenían de lo más profundo de su ser.

- Nadie nunca había dicho eso de mí. Tus palabras preservan sentimos contenidos que ahora salen a luz.

Brut, cuando estoy contigo, me siento protegido, como si nada pudiese hacerme daño.

Agradezco mucha la oportunidad que me estás dando, y desde el primer momento que te vi esos bellos ojos color arena con los que me estás viendo – le puse su pata en mi corazón – empiezo a creer que lo nuestro puede abordar un romance vívido sin perjuicios – No comprendía de donde fluían mis palabras mientras me perdía en su mirada.

- Pequeño, por fin pudiste abrir tus sentimientos conmigo – me abrazó, sintiendo una conexión genuina - ¡Celebremos este gran inicio juntos! – Me dio un beso en la frente.

Horas después, Jack empezó a cantar canciones de despecho, como si hubiese perdido a un animal importante en su vida. Brenda se percató de que Brut y yo estábamos tomados de la patas; mientras tanto, mi fiel compañero seguía encaprichado con Michael, provocándose mutuamente.

- ¿Por fin flechaste a Brutus, corazón? - cuestionó Brenda, entablando una conversación conmigo.

- Hey, Brendis. No me sorprende que haya sido tan evidente desde el primer momento – expresé, mostrando nuestras patas entrelazadas.

- Jeje, Te voy a contar algo, cariño. Brutus podrá tener ciertos cambios en su personalidad durante la jornada, pero cuando lo conoces, comprendes sus verdaderas intenciones con los animales que han depositado su confianza en él.

A este oso que empezó a fijarse en ti lo desconozco completamente; su cariño, su amor y sus sentimientos son reales.

Te felicito, veo que van por buen camino Créeme que no ha parado de hablar de ti en toda la semana. Cuídalo – me besó la mejilla.

- Nena, muchas gracias por tus palabras. Ahora me doy cuenta verdaderamente de sus apegos – expresé, abrazándola fuertemente - ¿Y qué sucedió con Hanna? ¿Por qué no vino? – pregunté con curiosidad.

- A esa pequeña rara vez le gusta salir con nosotros. Cuando se vuelva a presentar un evento como este, insístele – recomendó, parándose de su silla - ¡WOOOOW, Jack ¡Anímate a bailar!

- Bueno, por nuestro lado, creo que nos iremos a descansar. Llevaré a Baltito conmigo – Michael ayudó a Balto levantarse de su silla mientras él se acercaba a nosotros.

- Creo que coroné, Apestoso – susurró Balto en mi oído derecho.

- Ya sabes, cuídate mucho y por favor llámame – le susurré, mientras él me devolvía una gran sonrisa.

- Carv, muchas gracias por haber venido – Michael me abrazó – Te lo voy a cuidar, relájate – se marcharon en el Audi de Balto.

- Grandulón, es mejor que vayamos a descansar. Déjame llevarte a casa, no te preocupes – Brutus me entregó las llaves de su Volkswagen.

Nos despedimos de Jack y Brenda quienes aún podían aguantar otro rato.

Brutus había bebido en exceso, pero aún no perdía la conciencia.

Por suerte, tenía la dirección de su casa guardada en el navegador de la Taos, así que nos dirigimos a Pearl District, un sector que ofrecía tranquilidad con estilo de vida urbano.

Veinte minutos después, ingresamos en su localidad.

La casa de Brutus era considerablemente grande para un oso que vivía solo; admiré su casa por dentro y por fuera como si un pequeño osezno estuviese conociendo un terreno nuevo.

- Ahgg, mi cabeza va a estallar – expresó con dolor.

- Déjame prepararte una soda con limón, eso amortiguará un poco el malestar – bajé hasta la cocina rebuscando por todas partes un trozo de la agria fruta, hasta que por fin la hallé en su nevera, oculta en un rincón.

- Bébelo – le entregué el vaso mientras él bajaba el líquido desesperadamente - ¿Ya te sientes mejor – Me miró por un segundo, tomándome de los brazos y envolviendo su cuerpo cálido con el mío

- No olvidaré lo que hiciste por mi hoy, pequeño. No quería que tuvieses una mala impresión de mí.

- ¿Una mala impresión? Claro que no lo tuve, Brut. Gracias por dejarme entrar a tu casa y permitirme atenderte – me dedicó una leve sonrisa y me dio pequeño beso.

- Es mejor que descansemos. Por favor, quédate aquí conmigo; si quieres y para mayor comodidad, duerme en la otra habitación. No voy a presionarte – consideró que era preferible llevar la relación a un ritmo constante, sin forzar nada.

Eso último me dejó claro que había esperanzas en abrirme a una relación estable con un oso que admiraba inmensamente mis cualidades y sentimientos. Jamás olvidaré esa noche tan romántica.