Capítulo 5 – El Progreso
Los días transcurrieron como si la tierra hubiese acelerado su velocidad por alguna razón que desconocíamos.
Era jueves y, respecto al avance del proyecto, apenas había creado la interfaz de la página web, cuyos diseños resaltaban tonalidades que combinaban perfectamente con el logo de la empresa.
Por tanto, debía asegurarme de construir una lista de todos los productos con el fin de organizar un catálogo donde estipulara el tipo de artículo que el cliente buscaba en la plataforma; en otras palabras, un menú de opciones.
Para tal efecto, necesitaba la colaboración de Michael, puesto que él tenía dicha información actualizada.
En esa mañana tan soleada y cálida, opté por trabajar en casa, disponiendo de mi tiempo para limpiar un poco el departamento de mi amigo, ya que no soportaba ver la mugre acumulándose con el pasar de los días.
Mientras organizaba las habitaciones, atendía las solicitudes de los clientes con el propósito de gestionar los repuestos que requerían.
La señorita Hanna ubicó mi puesto de trabajo con el grupo de Marketing.
Las decoraciones de mi cubículo consistían unas pequeñas pegatinas de Volkswagen que me regalaban en el concesionario por puro acto de cortesía.
Las pegué sobre la mesa, adoptando un ambiente más genuino, como si marcara mi propio territorio; lo mejor de todo es que tenía una grandiosa vista, pudiendo contemplar las demás edificaciones que se hallaban en Alberta Street.
Tiempo después, tenía que acudir a la oficina del señor Grayson, a quien podía encontrar en las bodegas de las instalaciones.
Me sentía algo tenso porque no deseaba tener más altercados con un animal que patéticamente disfrutaba armar conflictos a los recién llegados.
Presentía que dichas actitudes infantiles provenían de un alma quebrantada, destrozando cualquier lazo de sus sentimientos; la ira y la desgracia conllevaban a la desesperación, incluso cuando perdíamos algo que amábamos o, peor aún, las esperanzas.
Cuando llegué a su puerta, tragué saliva manteniendo firmemente la cordura.
- Buena tarde, señor Michael. ¿Tiene un minuto? – toqué la puerta de su oficina, abriéndola suavemente.
- Adelante – expresó a secas, sin apartar la vista de su ordenador.
- Lamento interrumpir sus labores, señor. Me preguntaba si podía hacerme un favor con respecto al inventario que tenemos aquí en bodega. Le recuerdo que estoy trabajando en la página que ofrecí para la venta de los productos – expliqué con mucha tranquilidad.
- Ajá, ¿Qué necesitas exactamente? – cuestionó, apoyando los codos sobre la mesa, intrigado por mis palabras.
- ¿De casualidad maneja un inventario en un Excel o en un cuaderno de todos los artículos tanto los que ingresan como los que salen? – reformulé mi pregunta para que comprendiera mi petición.
- Dices que necesitas dichos stocks para tener una actualización en la página de los productos que van saliendo de aquí ¿Es correcto?
- No pudo haberlo dicho mejor; si, señor, es justamente lo que necesito – expresé mostrándole una sonrisa.
- Te daré acceso al archivo como visualizador; eso quiere decir que no podrás manipular o remover dentro del mismo. ¿Te quedó claro? – refutó, poniéndose su bléiser, ya que era hora de volver a casa.
- Le agradezco mucho por su contribución – dije dándome media vuelta.
- Carving – me llamó antes de que saliera de su despacho, soltando un gran suspiro –No fue correcto en la forma en cómo te traté en tu primer día.
Lamento mucho lo que dije; espero puedas aceptar mis disculpas – No sabía si sus palabras eran reales o era su manera de opacar sus verdaderas intenciones; aun así, decidí brindarle una oportunidad – Reconozco tus capacidades.
- Me alegra oír eso y acepto sus disculpas – estrechamos nuestras patas simbolizando nuestro respeto mutuo.
- ¿Quieres que te lleve a tu departamento? – preguntó mientras guardaba su laptop en su mochila.
- Bueno, muchas gracias – expresé con una sonrisa simpática.
Me sorprendía que el señor Grayson se hubiese tomado la molestia en llevarme hasta Alameda sin ninguna muestra de resentimiento.
Mantuvimos el silencio por unos momentos, como si nuestras palabras fuesen sumergidas por el ruido del tráfico que empezó formarse más delante de la avenida.
No comprendíamos la razón por la cual todo el mundo estaba tocando los cláxones; supuse que algo grave tuvo que haber sucedido mientras salíamos del estacionamiento.
En ese momento, mi teléfono empezó a timbrar; era Balto quien me llamaba.
- Hola, hermano. ¿Te encuentras bien? – pregunté si andaba todo en orden, ya que podía escuchar perfectamente el mismo ruido al igual que nosotros.
- Hola, Apestoso, no, la verdad no. El colectivo en el que viajaba se estrelló contra un Maybach y los animales están discutiendo fuertemente. Te llamé si andabas por aquí cerca y nos íbamos de regreso tomando otra ruta – explicó la situación por la que todos los conductores estaban eufóricos.
- ¿Fue muy fuerte el golpe? ¿No estás lastimado? ¿Ya hablaste con…? - Me silenció, repitiendo varias veces mi nombre.
- Carving, Carving, Carving… relájate, no fue tan grave como parece. Simplemente el chofer no vio el punto siego, chocando hasta quitarle el bómper al Mercedes. Por favor no le menciones nada a mis padres, ¿Andas por aquí? – contó lo más calmado posible.
- En realidad, uno de mis jefes me está acercando hasta el departamento. Me encuentro a unos edificios más adelante de la empresa. Permíteme un segundo – activé el silenciador por unos instantes, ya que el señor Michael se preocupó después de haberme alterado.
- ¿Pasó algo, jovencito? – preguntó, dirigiendo la vista hacia mi.
- Perdone, señor Michael. Mi hermano también quedó atascado por la misma avenida y me preguntaba si lo podíamos recoger. Él se está dirigiendo hacia acá – conté.
- No tengo ningún problema, de igual modo no podemos movernos – añadió, apagando su auto mientras la policía de Portland resolvía el inconveniente.
- Balto, el carro es un Ford Expedition color negro. Estamos precisamente al frente de un gran almacén llamado Pay’sFashon – describí el lugar exacto con el propósito de ubicarnos rápidamente.
- Entendido, llegaré en tres minutos – dijo colgando la llamada.
Comencé a leer un documento sobre Volkswagen donde mencionaban que, en el año 2015 la marca lanzó una nueva tecnología en los motores diésel con un software tan refinado cuyas emisiones no eran favorables para el medio ambiente.
La marca, al percatarse sobre el problema que presentaban sus autos, no tuvo más remedio que recomprarlos, completando una suma de más de trescientos mil carros que fueron despojados en un desierto.
Aunque conservaba su estado óptimo, estaban destinados a ser desmantelados por otras entidades.
Al cabo de unos minutos, logré distinguir a Balto a través de la ventana gritándole para que reconociera mi voz.
- ¡Amigo, estamos aquí! – grité, mientras que Balto se acercaba a la camioneta.
El señor Michael observaba cuidadosamente al perro de su misma especie; tenía que admitir que aquel pastor alemán mayor cumplía con varias de las características que el joven perro mencionaba tanto, solo quedaba esperar si coincidía en sus gustos.
- Buenas noches, joven Balto. Es un placer conocerte – intercedió el señor Grayson estrechando su pata y ganándose de inmediato la confianza de mi amigo.
- Balto, quiero que conozcas al señor Michael Grayson, uno de los socios de la compañía – lo presenté. No dejaba de contemplar la expresión de mi amigo, porque conocía perfectamente sus gestos cuando alguien le gustaba.
- El gusto es mío, señor Grayson. Soy Balto Cavendish. Antes que nada, le agradezco por llevarnos a mí y a Carving a nuestro departamento – recitó su mensaje, envuelto en pensamientos intranquilos sin apartar la vista perdida en él.
- ¿Tu padre es, de casualidad, Neithan Cavendish? – cuestionó Michael observándolo a través del retrovisor.
- Si señor, ¿Lo conoce? – preguntó Balto, mientras avanzábamos por el mismo carril tomando luego otra ruta alterna.
- Hemos cruzado miradas, pero no he tenido el privilegio de entablar una conversación con él – emitió, sin perder la concentración en la carretera.
Los dos perros mantuvieron una charla sólida por cuarenta y cinco minutos sin interrupciones de mi parte; me enorgullecía de algún modo contemplar a Balto platicando alegremente con un animal que compaginaba más allá de las contradicciones, como si el corazón de aquel perro hubiese visto el amor a primera vista.
Pasados otros veinte minutos, llegamos a nuestro destino.
Michael apagó su camioneta tomándose el tiempo para despedirse de nosotros; aquel acto me pareció un tanto curioso, ya que asumí que ansiaba seguir platicando con su nuevo amiguito.
Me despedí del señor Grayson con un apretón de patas, dejándolos a solas por un momento.
Luego de haber entrado al departamento, me quité la ropa de paño, dejándola en la lavadora y dispuse mis últimas reservas de energía en preparar unos huevos con especias y una malteada de vainilla.
No era común de mi parte cocinar a altas horas de la noche, considerando que me agradaba mantener una dieta balanceada.
El ambiente dentro de mi habitación se sentía como una burbuja: tranquila y apacible, como si respetaran ese espacio personal donde nadie pudiese irrumpir el sosiego de mi introspección.
Momentos así me llenaban de felicidad. Mis ojos empezaron a cerrarse poco a poco desconectándome gradualmente de la realidad junto con una leve sonrisa en mi rostro.