Trascender la semilla del mal (Trascendiendo la Semilla del Mal 5) Capítulo 304 - Los recuerdos olvidados (1)
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Capítulo 304 - Los recuerdos olvidados (1)

C uando la Dama Yu rememoraba su vida desde la infancia, solía sonreír y decir que era la mujer más feliz sobre la faz de la tierra.

Había nacido en el seno de una familia acogedora, criada por unos padres cariñosos y rodeada de hermanos que la adoraban tanto como ella a ellos.

Cuando llegó el momento de abandonar el hogar familiar para casarse, sus padres eligieron para ella al mejor esposo posible.

Sus suegros eran amables y jamás la presionaban.

Podía vivir como siempre había vivido, sin restricción alguna.

En verdad, era como haber ganado más familia en lugar de perder la suya.

Pero el día más feliz de su vida fue, sin duda, aquel en que dio a luz a su hijo. La primera vez que lo sostuvo en brazos, no pudo contener las lágrimas. Su hijo lo era todo para ella. Su mundo entero, comprimido en el cuerpo de un bebé diminuto, arrugado y pataleante.

Su vida era perfecta.

Hasta que dejó de serlo.

Era como si los dioses hubieran agotado toda la buena fortuna que le correspondía en los primeros veinte años de su vida, sin dejar nada para el resto.

Su cuerpo nunca volvió a ser el mismo tras el embarazo.

Algunas noches sufría escalofríos inexplicables.

Otras noches ardía de tal manera que sus doncellas debían sumergirla en baños de hielo para reducirle la fiebre.

Al poco tiempo, sus órganos empezaron a fallar uno tras otro.

Cada semana, el médico la examinaba y traía consigo una retahíla de malas noticias. Aunque perdía y recuperaba el conocimiento, alcanzó a oír algunas de las graves palabras del médico. Sin embargo, lo que de verdad caló en ella fue el sonido de los sollozos desesperados y ahogados de su esposo.

Xu Jingmen no era un hombre débil. Era fuerte tanto de cuerpo como de espíritu.

Y sin embargo, ahí estaba, desmoronándose a los pies del lecho que compartían, llorando en silencio para que su esposa no oyera sus gemidos de angustia.

Fue entonces cuando la Dama Yu comprendió algo: iba a morir, y nada podía salvarla.

Recordaba con cariño aquella noche en particular. Habían anunciado la llegada de una fuerte tormenta a principios de semana, así que las doncellas y sirvientes no dejaban de ir y venir por su habitación preparándose para el temporal.

La puerta se deslizó y entró su esposo.

Tenía los ojos rojos e hinchados de tanto llorar, pero se obligó a sonreírle.

Sostenía en las manos un cuenco de pudín de huevo con salsa dulce.

La Dama Yu apenas podía tragar bocado ya, pero se le iluminaron los ojos de emoción al ver el cuenco de pudín de huevo.

Xu Jingmen fue muy tierno con ella. La dejó recostarse contra su pecho y le fue dando el postre, bocado a bocado.

Mientras comía, hablaron de varias cosas, rememorando los dulces episodios de su hermosa aunque breve vida matrimonial.

La Dama Yu recordaba haber contemplado las nubes oscuras que se acumulaban fuera de la habitación cuando su esposo la estrechó con fuerza entre sus brazos y la besó en la frente.

—Te amo, Yu'er —dijo una y otra vez—. Te amo, te amo.

Y entonces cerró los ojos, y la oscuridad la envolvió.

Sin embargo, cuando volvió a despertar, se sentía mucho mejor. Su esposo sonreía de nuevo, y su hijo había crecido de algún modo mientras ella permanecía postrada en cama. Al parecer, habían transcurrido varios meses desde que la tormenta azotara el pueblo aquella noche.

Varios meses que había pasado dormida.

Varios meses que le habían sido arrebatados a cambio de una recuperación completa.

Era un milagro, sí, pero la Dama Yu siempre había intuido que algo no encajaba.

¿Qué había sucedido mientras permanecía sumida en aquel sueño profundo? ¿Por qué el médico había dejado de venir a examinarla? ¿Cuándo se había vuelto su esposo tan sobreprotector?

Y, sobre todo, ¿cómo había desaparecido la enfermedad?

La Dama Yu abrió las manos y contempló su piel suave y rosada, rebosante de vida.

Antes, ¿cuántas veces había tosido en las palmas de las manos, manchándolas de sangre fresca? Al mirarlas ahora, casi podía oler el hedor de la sangre y revivir el horror que la había carcomido por dentro, devorándola en vida.

—Maestro Shen —murmuró con suavidad—. ¿Estoy muerta?

Alzó lentamente la cabeza para mirar a Shen Ruizhe, que seguía en el mismo sitio, inmóvil.

La silenciosa confirmación llegó en forma de un único asentimiento. Una lágrima cristalina rodó por el rostro de la Dama Yu.

Nunca se había recuperado de su enfermedad.

Había fallecido la noche en que la tormenta azotó el pueblo, en brazos de su amado esposo.