Capítulo 294 - La Aflicción del Espíritu del Cerezo (1)
Q ue el Maestro de Pico Shen lo ignorara era una tortura singular.
Para Han Yiran resultaba especialmente tortuoso, pues era de esas personas que disfrutan rodeándose de quienes les caen bien. Gente como Mo Zhiyuan, Zhou Yamen y el Discípulo Fan, por ejemplo.
Y no era precisamente difícil llevarse bien con él.
Cocinaba bien y, en general, le gustaba echar una mano a quienes lo rodeaban.
Por eso, no era exageración decir que, hasta entonces, Han Yiran no había conocido a nadie que lo detestara.
Hasta que, claro está, besó a Mo Zhiyuan y encima tuvo el descaro de sentarse frente a Shen Ruizhe en el mismo carruaje.
Aunque el Maestro de Pico había dicho que no le importaban los enredos entre Mo Zhiyuan y Han Yiran, su actitud reflejaba justo lo contrario.
Han Yiran prefería no pensar en ello, pero Shen Ruizhe se comportaba como la primera esposa de un noble obligada a soportar la presencia de una concubina.
Y él, Han Yiran, era dicha concubina. La comparación no le hacía ninguna gracia.
Por eso, Han Yiran estaba deseando huir de aquella atmósfera sofocante. En cuanto el carruaje se detuvo para hacer un descanso, se excusó ante Shen Ruizhe y saltó fuera.
Con las prisas, casi chocó con Zhang Xukai, que estaba a punto de llevarle agua y unos tentempiés a su shizun.
—Shidi Han, tienes muy buena cara —comentó Zhang Xukai. Era evidente que no le hacía gracia ver a Han Yiran en el carruaje con Shen Ruizhe, estuviera enfermo o no.
—Sí —respondió Han Yiran sin inmutarse—. Gracias a tu generosidad, me encuentro mucho mejor. Iré a caballo hasta nuestro próximo destino.
Zhang Xukai respondió con un gruñido. Luego pasó junto a Han Yiran y subió al carruaje.
—Shizun —dijo con dulzura y una sonrisa—, hemos parado a descansar. Por favor, tome algo de agua y comida. ¿Le apetece estirar las piernas fuera? No hace demasiado frío, el tiempo es ideal.
—Hmm.
Shen Ruizhe guardó el libro y tomó la jarra de agua de manos de Zhang Xukai.
—Demos un paseo, entonces.
—¡Con mucho gusto, Shizun!
Zhang Xukai ayudó a Shen Ruizhe a bajar del carruaje. Fuera, varios discípulos descansaban cada uno a su manera.
Chen Yuhuan dormitaba bajo un árbol.
Shi Qingqing mordisqueaba una manzana fresca.
Gongyi Xiao y Zhou Yamen se afanaban en dar de comer a los caballos.
Mo Zhiyuan y Han Yiran estaban sentados juntos algo apartados, hablando de algo en voz baja.
Por casualidad, cuando Shen Ruizhe miró hacia ellos, Mo Zhiyuan alzó la cabeza y sus miradas se cruzaron.
Shen Ruizhe entornó los ojos mirando al hombre más joven.
Su mirada se desvió brevemente hacia Han Yiran, cuyo rostro se tornó tan gélido como el invierno que se avecinaba.
Este se alejó instintivamente un poco más de Mo Zhiyuan.
Sin decir palabra, Shen Ruizhe apartó la vista y se alejó del grupo con su discípulo favorito.
Mo Zhiyuan no advirtió en absoluto la breve mirada que Shen Ruizhe le lanzó a Han Yiran, pues estaba demasiado ocupado fulminando a Zhang Xukai con la mirada. El resentimiento le nublaba el corazón.
¿Qué les pasaba a esos dos, siempre pegados el uno al otro día y noche? Zhang Xukai no tenía vergüenza, eso estaba claro, ¡pero Shen Ruizhe tampoco era mejor que él!
Lo que Mo Zhiyuan ignoraba era que Zhang Xukai tenía un motivo para convencer a su shizun de dar aquel paseo. Quería hablar con él de algo privado y muy importante.
Pero también era algo vergonzoso, así que no sabía cómo expresarlo sin echar a perder la buena imagen que su shizun tenía de él.
—Shizun, en realidad...
Zhang Xukai tenía el rostro completamente rojo. Bajó la cabeza y clavó la mirada en el suelo áspero bajo sus botas mientras caminaban el uno junto al otro.
—Shizun, eh...
Shen Ruizhe se detuvo en seco. Una brisa otoñal sopló y les enredó por un instante el largo cabello antes de seguir su camino.
Justo cuando Zhang Xukai abrió la boca para hablar, alguien apareció ante ellos.
Era una doncella joven, probablemente adolescente.
Su rostro ovalado era de una belleza extraordinaria, realzado por unos ojos grandes y redondos, unos labios de un rojo intenso y una graciosa nariz respingona.
La larga melena negra como el azabache le caía por la espalda hasta la cintura.
Llevaba un hermoso vestido rosa, pero ninguna capa que la protegiera del frío viento otoñal. Además, iba descalza.
Mientras Zhang Xukai aún intentaba asimilar la presencia de aquella misteriosa figura, la joven hizo una reverencia ante Shen Ruizhe.
—Gran Maestro Shen, soy un espíritu de cerezo que habita en las cercanías. Si me lo permite, ¿tendría la bondad de escucharme?
Un espíritu de cerezo. A Zhang Xukai se le desencajó la mandíbula. No era de extrañar que pareciera sobrenatural, rebosante de cualidades etéreas que no encajaban del todo en el reino mortal.
Shen Ruizhe asintió con una leve inclinación de cabeza.
—Por supuesto. Habla, por favor.
El espíritu de cerezo exhaló y sonrió radiante.
—Gracias, Gran Maestro Shen. Verá...