24
Tiempo después, Florencia, la hermana de Adolfo, me confiaría otros detalles, que, para entonces, poco me importaban.
Fue en una tarde de café, un miércoles, de aquellos que disfruté como si perteneciera al clan.
Entonces las vi como lo que realmente eran: una especie de secta de adoración hacia el ungido por esa madre fría, insensible y aduladora, enfocada en lustrar las partes que elegía hacer brillantes de un adolescente arrogante, colocado incluso por encima de los derechos patrimoniales de sus hermanas.
Al enviudar, doña Olga colocó a Adolfo en el lugar de un intachable marido sustituto, en contraste con don Adolfo, aquel hombre desafecto, lejano e infiel, recordado en los círculos de machos de su época, por sus numerosos enredos de faldas y rumores de hijos no reconocidos, cuyos posibles reclamos de herencia aún amenazaban el sueño de la anciana.
Cuando se enteraron de nuestro rompimiento, tanto doña Olga como sus hijas, insistieron, obstinadas, en que las visitara. Querían hacer un cierre.
Mis argumentos fueron claros, pero ellas no cesaron en su intento por disuadirme para cambiar mi decisión. Determinada, condicioné mi visita a no tocar el tema y a excluir toda posibilidad de cruzarme con Adolfo.
—¡Jamás! Nunca te haríamos eso. solo queremos despedirnos bien y bonito —expusieron.
Durante la reunión me mantuve serena. Hablé poco y escuché mucho, hasta que la hermana menor destapó el caldero de mis enojos.
—Adolfo está muy arrepentido —comentó Valeria.
—Ah, ¿sí? —respondí áspera—. Debería estar, no solo arrepentido, sino agradecido.
La frase las sorprendió.
Las caras cambiaron.
—¿Por qué? —inquirió Florencia.
—Por no haberlo denunciado —disparé cortante.
—¿Cómo así? —demandó, deslizándose hasta el borde del sillón, buscando acercarse.
—Por violencia doméstica y agresión —dije mostrando los coloridos vendajes de la fisioterapia, y la rodilla con su cadena de puntadas, todavía con un aspecto poco agradable—.
Podría sumar intento de asesinato, pero consideré mejor borrarlo de mi existencia.
Un juicio habría sido una condena innecesaria para mí, hubiera sido extender su presencia en mi vida.
Las tres enmudecieron tras una tensa expresión de espanto.
Pasados unos larguísimos segundos, como era de esperar, la madre salió en defensa del agresor.
—No, Mariana. Debes estar confundida, no puedo creer que Adolfo sea capaz de…
—De eso y más, mamá —la detuvo Florencia, levantando una mano categórica.
Ante el gesto, la madre calló.
—No solo está arrepentido, mamá, está avergonzado —añadió.
Doña Olga se paralizó, lo mismo que Valeria.
Cruzaron miradas.
—Pues debería también estar asustado. Esto no prescribe sino hasta dentro de diez años. Tengo tiempo para valorar y reconsiderar mi decisión —agregué con una frialdad irrebatible.
—¿Serías capaz? —intervino doña Olga, con la voz disgregada.
—Tanto como él fue capaz de agredirme y dejarme abandonada, sin importarle si me desangraba.
—No exageres, no creo que mi hermano… —quiso justificar Valeria.
De nuevo Florencia levanta su mano. Impone silencio.
Sin prisa, con la mirada baja, como si esa vergüenza le correspondiera, quiere a hablar.
Se frena. Reflexiona.
Pausada, une hilos con su mirada, imágenes, palabras.
Nada le pertenece y, sin embargo, habla con propiedad. Conoce cada detalle. Me sorprende y me decepciona. La afinidad que alguna vez creí compartir, se derrumba al quedar en evidencia la complicidad y el ocultamiento entre hermanos, ante una causa tan seria.
—Alfie me ha dicho que no sabe por qué te empujó… está muy dolido por haberse equivocado.
—¿Equivocado? —repito incrédula.
—Con vergüenza reconoció el gran error de acusarte de tener algo con, tu amiga…
—Mi prima —aclaro recia.
—Tu prima, sí —admite con la voz muy baja—. Es que, el pobre es muy celoso y te quiere mucho. Nunca pensó que…
Florencia habla sin dominio, no sabe lo que dice.
En su pequeña burbuja intenta justificarlo.
Con cada palabra solo me da más razones, y claridad de quién es ese adefesio displicente e insensible.
Pero esa apología insostenible habla más de ella, de ellas, de su manera indiferente de ver a los otros, los de afuera.
—No debiste ignorarlo. Era un momento de reconciliación.
Frunzo el ceño. Lo notan.
—O sea que fue una provocación de mi parte… —apunto.
Su minúsculo análisis me ubica. Al normalizar las actuaciones del agresor, me responsabiliza. Sus conclusiones son inaceptables, como inaceptable es lo que viví.
Imposible esperar sororidad.
Para estas mujeres, la familia es primero, no importa el daño a la víctima y que el victimario se refugie bajo su techo.
Me levanto sin protocolo y rompo el momento.
—Gracias por la invitación. Ya es hora de irme —digo sin mayor ceremonial.
—Así, ¿tan pronto? —exclama doña Olga en un susurro.
Aclara la garganta. No lo consigue.
Se ha quedado sin palabras.
—¿No te esperas a tu pastel favorito? —pregunta Valeria, con una candidez que me confirma su escasa empatía, por no decir, su corta inteligencia.
—No. No podría tragar. Ya no me pasa nada más —agrego contundente.
Sonríen. No entienden la indirecta.
Las mido, tan apartadas del mundo.
Hoy reconozco que sentí frustración, claro, y algo de envidia. Me hubiera gustado pertenecer a un clan familiar así, que me defendiese de lo que fuera a pesar de todo.
Decepcionada, me despedí distante y marché pronto, no quise arriesgarme a una posible emboscada y cruzarme con Adolfo. Encontrarlo habría provocado una escena.
Para evitar que me siguieran reteniendo en una despedida que parecía nunca tendría fin, acepté visitarlas algún miércoles, en un futuro que, de antemano, nunca incluiría en mi calendario.