Tras Mi Noche Más Oscura (Historias de Vida) 25
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Y como aprendí en los últimos meses, a la vida, cuando se la deja actuar, sola resuelve y sana, poco más de un año después, en una pausa de la disco, la pandilla en pleno salimos a comer.

A las dos de la mañana llegamos hambrientos y bulliciosos al restaurante veinticuatro/siete.

Al entrar, una curiosa electricidad me recorrió un lado del cuerpo.

Giré y lo vi, Adolfo comía en una mesa demasiado grande para él solo.

No me había visto. Lo medí como nunca me di oportunidad: comía encorvado sobre el plato, en su actitud de depredador resguardando la presa, igual como se encorvó furioso sobre el volante en aquel fatídico regreso de la playa en que no vi sus definidas imperfecciones.

Esa noche, en ese preciso momento, por fin advertí la bestia que siempre fue y decoré frente a mí y ante mis amigos.

Me sintió, levantó la cabeza y me descubrió.

Me tocó un poco el alma la forma nostálgica en que me miró, no era amor, era verdadera añoranza por el trofeo perdido, su tabla de salvación.

Quizá buscaba en mí recuperar la juventud que nunca pudo disfrutar, por tener que afrontar responsabilidades prematuras al fallecer su padre, y por las apariencias que debía proteger.

Una herencia de mando, que en realidad lo restringió desde muy temprano y le imposibilitó alcanzar la independencia que siempre quiso.

Así se perdió en su inmanejable pretensión de dominar, y tantas cosas que no me interesan ya.

Me muevo, mis amigos me retienen.

Los franqueo, me acerco y le sonrío desafiante.

La tropa me rodea.

Impasible los presento de nuevo, uno a uno, como si nunca se hubiesen visto.

—Este es Ramiro, el cabro que creías que me gustaba.

Aunque te lo propusiste, no lograste ensuciar nuestro cariño verdadero.

Esta es Emilia, mi prima y, según tú, mi supuesta aventura lésbica; nunca hubo nada de eso, lo sabes muy bien; siempre lo supiste, sólo fuiste cruel con la persona que, probablemente, más te ha querido.

Ellos son Otto y Manu, mis amigos raros, a los que amo con toda mi sangre, ¡ahh!

y él, mi super amigo Fabián, mi incondicional, con quien, gracias a ti, he descubierto un verdadero hombre y soporte total.

No reacciona, no responde.

Lo ataqué respaldada en mi manada y logré paralizarlo.

Me sentí portentosa.

Salí forzándome a sonreír, a sentirme victoriosa, aunque no feliz.

El cuerpo me temblaba. Fabián lo notó, como lo advirtieron todos.

Me abrazó con ese abrazo sólido y tibio.

Ninguno me reprochó. Lo apuñalé con palabras punzantes, por largo tiempo guardadas, que le asesté esperando el deleite de una venganza planeada, construida, calculada, pero no me siento mejor, todo lo contrario: el malestar que me marea es prueba de que me envenené y caí con él.

No hay satisfacción. Me niego a ser como él.

Creí que había soltado ese peso, pero hay un odio rezagado en una velada esquina de mi memoria y aún me tiene contaminada.

Terminamos la noche en mi depa, en mi espacio seguro, con ellos, mi refugio. Somos el amparo de todos y nos sostenemos con una fuerza que no mide límites.

Evito que se den cuenta de que, por momentos, me recorren imágenes y la adrenalina del inesperado e intenso encuentro con Adolfo.

Pero también me llena una extraña calma, pues, al desafiar su fantasma, finalmente confronté un capítulo esencial.

Fabián, mi eterno apoyo, la presencia constante y reposada que me da balance, se acerca con otra copa de vino.

—¿Estás mejor? —pregunta, con interés genuino. Lo veo en sus ojos.

Asiento. Sé que me conoce, mejor que yo misma. Nota mi vacilación.

—Es normal, ¿sabes? —continúa—. No es fácil soltar por completo a alguien que te hizo tanto daño. Lo que demostraste hoy es que ya no tiene poder sobre ti. Eres libre, Mariana. Te liberaste por completo.

Sus palabras me emocionan. No lo había considerado así.

Lo miro y reflexiono en lo que me han dicho los demás: «Quien siempre ha estado allí es Fabián, en los peores momentos y en los buenos. Solo tu no lo ves, Mariana».

Esas palabras cobran impulso.

La frase me cala. Lo veo distinto.

Un calor nuevo, suave, diferente, se desplaza por mi pecho. Uno que no había experimentado. Siempre lo consideré mi amigo, mi roca, pero, ¿Tendrán razón? ¿Será que en todo este tiempo ha habido algo más de su parte, como insisten ellos?

Me recorre esa electricidad que no vi antes, por miedo a perder al amigo.

«¿Y si por no permitírmelo, lo pierdo?».

Con desenfado se deja caer en el sofá, junto a mí.

Los demás siguen en lo suyo, conversan, ríen, mientras, yo observo a Fabián, desde pensamientos que tienen nuevos ojos.

Le sonrío y descorro un rizo de su frente.

—Siempre me ha gustado tu mirada, desde el cole —le digo muy cerca.

Busco rozarle los labios.

—A mí me cautiva tu sonrisa, desde el cole… —reitera con picardía, tan cerca que me estremece su aliento tibio.

—Fue doloroso, cuando… —se aclara la garganta apretada.

Me conmueve su sensibilidad.

— me… me dolía verte en esa época, que ya superamos todos. Quiero que sepas que siempre estaré para ti. Lo sabes, ¿verdad?

Me rodea el cuello con su mano fuerte.

—Lo sé mejor de lo que piensas —respondo hurgando en la profundidad de sus ojos.

—No tienes idea de lo importante que eres para mí —agrega, buscando mayor proximidad.

—Lo sé. Eso también lo sé —afirmo, disimulando mi agitación.

—Lo que dijiste —dice dudoso—, ¿es cierto? ¿es así como me ves?

—¿A qué te refieres? —pregunto confusa.

—Lo que le dijiste a Adolfo, que has descubierto en mí un verdadero hombre y soporte total… —repite mis palabras, me explora.

—Eso y más —respondo acercándome.

Fabián pasa su brazo por mi cintura. Siento su olor, esa calidez y firmeza que me dan seguridad.

Me volteo.

No pienso, lo miro, lo beso. Sonríe y me estrecha. Me besa seguro, con ese beso esperado desde la secundaria.

Este hombre que hoy redescubro, es mi constante, mi amparo. Y aunque sé que no estoy lista para darle un nombre a lo que siento, todo ha cambiado.

Reconozco que, después de aquella, la que ha sido mi noche más oscura, soy otra.

Elegí ser otra cuando me obligué a sacar fuerza que desconocía tener y desperté una grandeza ignorada, que no dejaré de acrecentar.

Lo haré de la mano de mi niña, es ella quien merece ser rescatada de ese confuso pasado que en ocasiones me debilita.

Sin separarnos, la madrugada avanza.

Con las primeras claridades del día los amigos se despiden. Su silencio es elocuente. Nos abrazan, nos reconocen como la pareja que siempre vieron.

Cada momento de espera valió, para unirnos en un terreno estable y maduro después de aquel fugaz enamoramiento de adolescentes.

Fabián me ayuda a recoger los restos de la reunión.

En su presencia todo es sosiego. Habita el momento un silencio cómodo, lleno de entendimiento.

Me sorprendo disfrutando de esa quietud merecida.

Cuando todo está en su lugar, se despide.

Lo beso de nuevo, intensamente.

Al salir me mira con un vigor que me quita el aliento. Si se devuelve, no podría negarme.

—Mariana, recuerda que estoy aquí para lo que necesites. Siempre he estado y siempre lo estaré —reitera con sinceridad. Me impacta.

—Lo sé, más de lo que puedas imaginar —respondo, con palabras insuficientes para expresarme.

Luego sonríe con esa sonrisa suave, colmada de años de cariño y se marcha.

Hubiera querido que se quedara para amarlo. Quiero amarlo hoy y mañana y siempre.

Sola, en el silencio de mi apartamento, mi corazón sigue su trayecto por las calles, latiendo tan rápido, que llegaré antes que él a su casa y lo amaré en sueños. Sé que todo ha cambiado entre nosotros, eso que ha estado ahí esperando a ser descubierto, se ha mostrado por fin.

Y sí, con Fabián, quiero estar lista para escribir nuestra historia, en pausa, sin precipitarme. Antes de abrir mi corazón requiero tiempo para conocerme, entenderme y sanar. Lo que venga de él quiero recibirlo bien. Sé que, con Fabi a mi lado, tendré lo que nunca he vivido.

Nunca he tenido una relación con un hombre tan entero, quizás porque no creí merecerlo, ahora lo veo claro.

Fabián no es un narcisista cínico, ni un mantenido.

Por eso no le hice caso. A los otros, los dos innombrables, voy a sacarlos de mi sistema para dibujarme con Fabi en páginas nuevas y limpias.

Y no, esta historia no termina aquí. Este es sólo el comienzo de algo por lo que transitaré pausada.

Saborearé cada presente, como esos labios que apenas he probado hoy y ya anhelo. Viviendo un día a la vez me permitiré, sin apuro, cada momento, sin desangrarme en ansiedades.

Quiero reconocerme en cada paso, en cada emoción; observarme con respeto, sentir que maduro sin premura, teniendo claro que la urgencia sólo aumenta el riesgo de tropezar.

Voy a escribir mi historia, mi propia, una de crecimiento, que revele lo que significa amarme, para aceptarme y ser amada, no de la confusa forma aprendida, sino de esa manera en que, ahora sé, es la mía, la que merezco.

…