23
Cuando creí que su presencia había sido suprimida de mi historia y me había liberado por siempre y para siempre de la pesadilla, la vida me desafió una vez más.
En el estacionamiento de uno de mis restaurantes favoritos, donde quedé de almorzar con parte de mi manada, que no dejaban de mimarme y ahora yo accedía cada vez con más conciencia de merecimiento, Adolfo me abordó.
Sin duda, Pepe, su perro fiel, continuaba siguiéndome y ese día no hubo casualidad alguna.
Tan pronto lo vi comencé a temblar. La respiración me abandonó y el descontrol de las manos regresó.
El mismo descontrol hasta hacía poco nuevo y desconocido, me atacó como aquel día nefasto de la agresión, en que no pude siquiera acertar a los números en mi celular.
Reviví la escena, rodeada de cristales rotos, peligrando cortes aún peores.
Me excedían mis emociones incontrolables.
Adolfo hablaba y yo no entendía.
Era un rumor, un ruido. Yo no estaba ahí.
Miraba su actitud paternalista y condescendiente de patrón de finca, sin comprender una palabra. Mis oídos se negaban al retumbo de su voz. Esa trepidación fuerte y profunda opacaba todo sonido externo. Estaba aturdida.
Traté de respirar para volver al presente.
Él disfrazaba su fastidiosa persistencia con una aún más molesta actitud doliente.
—Dejemos esos momentos feos atrás, no vale la pena recordarlos, solo lo bonito.
Recordemos solo lo bonito —insistía—. Permíteme demostrarte que puedo ser un hombre nuevo, amoroso, distinto.
Uno del que te sientas orgullosa tener a tu lado.
En esos días estaba muy tenso, la empresa, los planos, la inauguración de nuestra casa…
Hablaba sin parar. Yo solo escuchaba el eco de su voz de bombo aturdiendo mis tímpanos. Volvieron imágenes. Se acrecentó el miedo, la angustia, el pánico. El sobresalto, la sumisión, la parálisis…
Perdí las fuerzas. A punto de desplomarme, una sucesión de imágenes, sonidos, dolor, se repetían una y otra vez. De súbito, la náusea indigesta de esos recuadros que me acosaban, me tiró a la cara el repudio del ultraje, la humillación, la agresión. Con hartazgo, el cuerpo entero se rebeló.
Respiré una, dos, tres veces, largo y profundo. Poco a poco pude escuchar el viento, los pájaros, los coches, las voces. ¡Las voces! La voz atronadora de Adolfo continuaba remachando estupideces, fundamentos irreales, fantasías que antes me tragué.
Recomponiéndome, lo miré.
Me sentí diferente. Él supo que era otra mirada.
Calló.
Detuvo la palabrería.
—Eres como eres —dije serena, sin urgencia —. Ahora puedo verte. Te tengo bien medido y ya no te tengo miedo. Mucho menos, respeto.
—Ah, ¿sí?... —respondió sin capacidad para disimular la amenaza que le quebraba la voz.
—No. Me niego a olvidar un solo momento que me hiciste pasar —declaré impositiva.
—¿Yo? —resopló perplejo—. ¿Ya no recuerdas por lo que tú me hiciste pasar?
—interpeló perdiendo la cordura—. Fuiste tú quien me desairó de maneras inimaginables cuando te conocí, en el coche, en la hamaca, en el paseo a la playa.
Estuviste demasiado amistosa con el barista, luego con el cocinero italiano —reclamaba, degradando a estatus de cocinero al chef con estrellas Michelín, que tanto alabó—.
¡Me hiciste pasar una noche en una de las peores cárceles de la ciudad!
Esa es la mayor humillación que he vivido —gritó, enrojecido de rabia.
Sonreí al verlo destemplado.
Mi expresión cínica lo debilitó.
Se mostraba como realmente era, en tanto yo unía sus desordenados hilos y distorsiones, las infames calumnias, que almacenaba en perfecto orden desde el día que nos conocimos.
Trató de enmendar su error.
—Pero no vine a pelear —se corrigió, endulzando el tono.
Estiró el cuello para aflojar las ofensas que se le atascaban.
—No puedes dejar atrás los lindos días compartidos, lugares para jamás olvidar, momentos…
y esa química íntima, sabes que es tan difícil de encontrar.
solo dame una segunda oportunidad, partamos de cero.
Sé que podré demostrarte ser un hombre distinto.
Quiero ser todo lo que despiertas en mí: el mejor hombre que he sido, lo he sido contigo, por ti —indicó meloso.
—¡Me alegra saberlo! ¿Qué tal será tu peor versión? —repliqué firme—, ¡esa no la quiero ni imaginar! ¿Será la que escuché en tus confabulaciones con tu grupúsculo de cómplices políticos? ¿O hay otra más baja?
Se transfiguró.
Se asomó el miedo y el enojo se transformó en defensa.
Lo tenía donde quería.
Me sentí crecer. Más fuerte, más segura.
De nuevo se envolvió en suavidad.
—No sé de qué hablas. Yo solo quiero…
—Deja de fingir, Adolfo. Ya no soporto tu doble cara, tu intento de control. ¿No te das cuenta de que no puedes alcanzarme? —dije sin disimular mi desprecio.
Exudando una superioridad irrebatible, lo miré pequeño y ridículo en su pretensión de manipularme.
Cuando se sintió perdido en sus intentos, imploró.
—Al menos, recibe un último regalo, como despedida —añadió con cara de condenado en la vía hacia el patíbulo, sosteniendo una caja de joyería.
—¡Qué poco llegaste a conocerme! —señalo con repudio.
—Ábrela. Al menos dame ese gusto —añadió acercándola.
Ciega de rabia, la abrí.
El brazalete más precioso que había visto nunca, mostrando la marca de una exclusiva y carísima joyería internacional, era su presente de despedida.
¡Mentira! Era el gancho para mostrarme “de lo que me perdía” y que corriera de nuevo hacia él.
Confieso que lo pensé.
Sí, me avergüenza un poco reconocerlo, no mucho, porque en tres segundos recobré la cordura.
Lo miré impasible, desdeñosa.
Luego, sin dejar de verlo a los ojos, arrojé al techo del establecimiento la caja abierta con la joya dentro. Sin mediar otra palabra, le di la espalda y me alejé despacio, taconeando como un huracán.
Por los cristales lo vi pasmado, no podía creer lo que pasó.
No sé cómo llegué a la mesa. Las rodillas me fallaban. Temblaba de ira, de logro. El cuerpo trepidaba al aflojar todo cuanto lo había apretado por dentro.
Una risa nerviosa me terminó de sacar los nervios y dos margaritas después, reíamos de lo acontecido, carcajeándonos al imaginar el brazalete volador en el techo, planeando hacia quién sabe dónde, con la fuerte lluvia que se anunciaba para esa tarde.
Luego, el propietario y amigo, nos comentaría que “alguien” se quedó a cuidar la prenda, y al otro día, desde las cuatro de la mañana, unos hombres esperaban, con sendas escaleras, a que saliera el sol, para esculcar en el tejado el destino de la preciada pieza.
Esa mañana, fui yo quien lo llamó.
Hablé directa y escueta.
—Si no me dejas en paz voy a contarle a tu madre y a tus hermanas, de tus persecuciones y acoso. Les contaré de tu maltrato, lo que me hiciste, lo que ha pasado y sigue pasando. Y si no es suficiente, voy a divulgar en redes los detalles de tus empresas y tus sucias componendas políticas.
Aunque no medí riesgos mayores, de los que luego me advertiría Manu, por su experiencia como abogado, esas palabras, como último recurso, hicieron la magia esperada. Fingí una dureza que no tenía, alegando amenazas con la voz temblorosa e insegura.
Le di vuelta al juego y funcionó.
Adolfo desapareció, dejando en claro que su matonismo tenía como límite el miedo a ser expuesto: ante su familia, en primer lugar, y también ante quienes aún lo consideraban el empresario impecable, pero sobre todo de aquellos enemigos que podrían tomar ventaja y derrumbarlo.