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En realidad, no vivíamos mal. Mamá había comprado una casa en las afueras de la ciudad. Era sencilla, sin lujo, pero muy amplia y luminosa. Estaba en medio de mucha, mucha naturaleza y era un lugar, que, desde el primer momento, me cautivó por silencioso.
Rodeada por los cuatro costados por un amplio jardín, tenía al frente, un higuerón centenario, que la mantenía fresca en las tardes calurosas.
Me gustaba observarlo e imaginar que era un condominio para aves.
Inventaba historias de mis pájaros, como invitados, a dormir y a vivir en él.
En el higuerón había muchos nidos, por eso esas aves hacían mis despertares mágicos, excepto los fines de semana, pues, como no adivinaban que podía levantarme algo más tarde, igual comenzaban a cantar a las cuatro y media de la mañana.
Yo las perdonaba, porque sus cantos me daban muchas alegrías en medio de las frecuentes tristezas que me mantenían como adormilada.
Demasiadas desolaciones para mis pocos dieciséis años, tan mal llevados a causa del frecuente maltrato.
El jardín, a los lados de la casa, la vestía con hileras de lirios blancos, redondos y panzones, como un delicado encaje de aroma intenso que entraba por las ventanas, inundando la casa con su esencia inolvidable.
Esa fragancia me hacía soñar con los Jardines de Luxemburgo.
Lo había inventado así, solo porque el nombre era emocionante.
Los imaginaba limpios y ordenados, con plantas desconocidas que llegaban hasta el suelo y olores que embelesaban, como mis lirios de mayo.
Recordar su aroma aún me hace fantasear.
Al lado de atrás, los numerosos frutales, vencían pródigos sus ramas henchidas de frutas, sobre todo en el verano.
Era una casa cómoda, y, aunque austera, significaba mi lugar seguro en el mundo. Y a pesar de que no siempre lo era, era todo cuanto tenía.
En realidad, era mi único lugar en el mundo.
Nos mudamos a esa casa después de compartir la enorme casa de mi abuela, donde vivía muy mimada por una familia inmensa.
El sueño de mi madre era tener la suya propia y el mío.
Ella, que no se daba cuenta de que hacía realidad cuanto deseaba, logró eso también.
La casa apareció como una oportunidad excepcional: una casa de recreo que fue puesta a la venta después de que el dueño falleciera, y la viuda, sumida en el dolor de la ausencia, se negó a retener las vivencias que no volverían.
Por eso la vendió a un precio increíblemente bajo y mamá tuvo la suerte de beneficiarse.
Esas cosas le pasaban a ella y no las notaba.
Recuerdo que cuando empezó con la ilusión de una casa, tomábamos una ruta hacia algún lugar bonito, y en cualquier punto de la ruta, deteníamos el coche y caminábamos.
Así apareció. En una de esas excursiones pasamos frente a la casa en el momento justo en que le colocaban el rótulo de venta.
De inmediato se comunicó con la dueña, y la propietaria, con una comprensión conmovedora, esperó por catorce meses a que el banco le aprobara el préstamo a una mujer divorciada, con una hija, en una época en que las mujeres divorciadas cargaban con una indeleble marca de vergüenza y los bancos no las consideraban como sujetos de crédito, aunque eran ellas quienes destacaban por la impecabilidad en el cumplimiento de sus compromisos, según le comentó a mamá el mismísimo gerente del banco.
Pero de nada valía ese fundamento, igual tuvo que esperar por más de un año para que resolvieran lo que a los hombres les solucionaban en apenas cuatro meses.
La dueña ofreció alquilársela, pero mamá no aceptó.
No podía asumir ese gasto por los pagos de peritajes, papeleos, constancias y comprobantes que el banco le exigiría, además del fuerte desembolso por los gastos legales del traspaso.
Cuando el préstamo se aprobó, mamá solicitó firmar el día de mi cumpleaños.
Ese hecho fue muy significativo para mí, pero poco duraría su fulgor.
La mudanza representó un duelo inesperado. Mi vida anterior en una casa llena de gente que amaba y con quienes me divertía, terminó de pronto, sin posibilidad de volver. Ahora estábamos solas: mi verduga y yo. Y le temía.
Por casi tres semanas hubo calma, pero de pronto, una noche regresó descontrolada, sin aviso ni causa, y me golpeó.
Lo hizo como antes, sin razones, o al menos yo no las conocía.
Actuó brutal, sin darse cuenta de la presencia de mi prima Emilia, a quien yo había invitado a dormir.
Éramos muy cercanas en edad y por eso mismo bromeábamos con que éramos hermanas, y, por ese profundo vínculo, compartíamos vida y secretos.
Cuando mamá descubrió a Emilia, horrorizada, al verla asestándome puñetazos por la espalda, sin contenerse, y yo encorvada, para defender un poco mi integridad, quien se petrificó fue mamá.
Se puso rígida al saberse descubierta. Ya no podría desmentirme, como lo hacía, calificando de: “exageraciones mías, inventos injustos ante una mínima llamada de atención”.
Saludó a Emilia, agitada por el esfuerzo, con una falsa dulzura que Mili no aceptó.
Comenzó a llorar suavecito y no permitió que mamá se le acercara a consolarla.
Corrió al teléfono y llamó a su papá, mi tío, el hermano menor de mamá.
Le suplicó desconsolada que la fuera a buscar, algo hubo de replicarle él, pero firme, Emilia le exigió que llegara, amenazando con irse caminando en medio de la noche, si no lo hacía.
Jorge llegó desconcertado, Angélica, su esposa, venía con él.
Cuando Emilia escuchó el auto, me abrazó, aún llorando, y corrió a refugiarse en el coche. Se fue sin despedirse de mamá y no volvió a hablarle más, tampoco aceptó mis repetidas invitaciones a dormir. Mamá se negó, por supuesto, a aceptar las razones por las que Emilia, actuó de esa manera.
A Mili, mi-Mili, como me gustaba decirle por el inmenso cariño que nos teníamos desde muy chiquitas, la veía a diario en el colegio.
Era muy comprensiva y mi única confidente.
Ella conocía de cada golpe oculto bajo el uniforme y me confortaba.
En aquella ocasión, creo que, por la vergüenza, al verse expuesta ante su hermano y cuñada, mamá me dio casi dos meses de respiro sin maltrato.
Al repasar esas experiencias que creía superadas, veo asociaciones: no reconocí el parecido en ambas personalidades, y, por reflejo de aquella época de adolescencia tan violenta, me sentí completada para resolver mi pasado en un intento por reparar mi pasado, como si mágicamente a través de tan terribles similitudes, que desconocía conscientemente, pudiese transportarme a mis épocas más duras y sanar dolores y maltratos.
Adolfo, un hombre atractivo, reconocido empresario, con influencias políticas, a quien todos respetaban y para quien yo me convertí en su centro, era también demoledor con sus palabras, como mamá; hiriente, como mamá; narcisista y controlador, como mamá.
Atraje a mi vida a alguien semejante a ella para sustentar una ilusión subconsciente: el anhelo de salvación.
Así de protector es el subconsciente, y lo único que ha perseguido es sosegar a mi niña, que, en sus repetidos errores de elección, solo ha buscado ser feliz.