Tras Mi Noche Más Oscura (Historias de Vida) 21
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Una tarde, al salir del trabajo, harta de vivir en el miedo, dejé que Pepe me siguiera. Fue un acto casi suicida, por la turbación que me produjo en el cuerpo. Para confundirlo y manejar el miedo, me interné por horas en un centro comercial. Cuando salí, no estaba.

La tarde siguiente fue Adolfo quien se presentó.

Vi su coche por el retrovisor, distante, siguiéndome con disimulo.

El miedo me ocasionó una imperiosa escalada.

Cuando el corazón me arrinconó al borde de la asfixia, un silencio denso me apartó del entorno.

Todo se puso negro. En un semáforo, un claxon fortísimo me sacó de ese estado: en hora pico bloqueaba el paso y había que avanzar.

Sacudida a la fuerza, me aferré al timón.

Temiendo estar a punto de perder el sentido, respiré profundo.

El sistema comenzó a responder. Me embistieron imágenes con sus agresiones veladas, sus frases, las ofensas.

La decisión era inminente: crecer o perecer.

Entonces elegí dar paso a la ira y con una fuerza fingida, aunque no propia, e inicié un juego de escabullirme.

Lo hice evidente, quise que entendiera que sabía que lo tenía detrás, persiguiéndome como un depredador.

Lo hice dar círculos por el agobiante tráfico del centro, en hora pico.

Me asombré disfrutando del plan que urdía.

Fingí escapar por más de una hora, hasta que, como en tantas artimañas que le escuché montar, cerré el lazo de la trampa.

Me detuve en la calle de la comisaría y quedó atrapado, sin poder retroceder por la cantidad de coches que tenía detrás, y los autos policiales estacionados a ambos lados, que dejaban paso únicamente por el carril central. Bajé desbordada.

—¡Ayuda! ¡Ayuda! —grité suplicante, escudándome en los oficiales—. Ese hombre me viene siguiendo hace más de una hora. Estoy aterrorizada. No sé qué quiere —dije llorando desconsolada.

Una mujer policía me protegió, tranquilizándome, en tanto cuatro oficiales salieron a custodiar el vehículo.

—¿Va poner la denuncia? —preguntó la mujer policía sin perder de vista al presunto transgresor.

—No. Me da pánico. Podría averiguar mi nombre y domicilio y tomar represalias.

Eso es un alto riesgo —argumenté rompiendo a llorar nuevamente—.

solo les ruego que lo retengan al menos cuarenta y cinco minutos —añadí—.

Necesito regresar a salvo a mi casa. Tengo miedo de que me siga, me da mucho miedo que me siga —repetía inconsolable.

Para entonces, había descargado tanta energía en el psicodrama de mi opening night como actriz aficionada, que mi cabeza explotaba, debido a los gritos. solo yo tenía certeza de que estaba en control de mis emociones.

Cuando pasaron frente a mí, con Adolfo esposado y llevándolo a empujones hacia el interior del triste edificio, me sentí poderosa y resarcida.