20
Siete semanas después, y algo renuente por tanto tiempo de inactividad, reticente me incorporé al trabajo.
La empresa y, sobre todo, mi equipo, enfrentábamos un punto culminante en la fusión.
Aunque pude haber extendido el tiempo de reposo, mi gente me necesitaba y yo no quería perderme esta importante coyuntura, tan desafiante para todos. Me sentía más segura, fuerte, decidida.
El primer día que conduje el coche, mi rodilla se alegró por haber elegido uno automático.
Otto y Manu aparecieron en mis pensamientos con su recomendación: «para sobrellevar mejor el estrés del tráfico», argumentaron. Y ahora cumplía muy bien con otro propósito que valoraba muchísimo.
—Fue una gran idea. Ellos piensan en todo y más —me dije en voz alta.
Al mediodía, regresando de almorzar, me pareció ver en el estacionamiento el auto que conducía Pepe.
Se me volcó el corazón. Perdí la calma. Al final de la tarde lo confirmé desde la ventana de mi oficina.
Seguía ahí. Me sentí atrapada, incapaz de ir a casa, no quería que Adolfo supiese que estaba viviendo con Emilia.
Esperé por horas hasta que se marchó. La escena se repitió cada tarde, por las siguientes semanas, lo que me generó una ansiedad cada vez más fuerte, más descontrolada.
El síndrome post traumático por la agresión, que estaba superando tan bien con Georgina, se detonó.
Saltaba estremecida ante un ruido, una mínima sorpresa, lloraba sin motivo.
El temor de encontrarme con Adolfo en cualquier rincón, en la calle, incluso en mi oficina, era desproporcionado, creciente.
El más pequeño ruido, me paralizaba. Perdí el apetito, se me desordenó el sueño y mi desempeño en el trabajo se tornó errático.
Llegué a un punto tan severo que, Sofía, mi manager, me llamó a su despacho para un one on one.
Ella intuía que una colaboradora como yo, no podía simplemente convertirse en alguien negligente, sin una causa.
Hasta que hablamos, pude aquilatar la seriedad en la mengua en mis responsabilidades. Tuvimos una conversación sincera, su cara de perplejidad ante mi relato, me hizo ver la seriedad del asunto.
Ella, abogada y mujer fuerte, me instó a poner una denuncia por acoso y pedir medidas de alejamiento.
—Todo tiene que quedar registrado en un expediente —aseveró.
No la escuché. Le tenía horror a Adolfo, a su poder, a su influencia, a su apellido, a las conversaciones de las que fui testigo. Todo se me vino encima. Me sentí presionada. Salí temblando de la reunión.
Conocía sus temibles planes de boicot a empresas competidoras, a políticos “desobedientes”, a empleados “malagradecidos o rebeldes”, despedidos sin responsabilidad patronal por una maligna orquestación de injusticias que probaban su “justa” destitución.
Esos datos los oculté de mis amigos para no quedar como cómplice.
Y ahora, todo cuanto no dije se me venía encima con la propulsión de un bumerán, retornando vertiginoso a cortarme la cabeza.
El pánico a salir se hizo más fuerte que yo.
Quise refugiarme en el teletrabajo, pero no fue posible debido a los procesos de la firma.
El psicólogo de empresa me extendió una licencia por estrés y me refirió al psiquiatra.
Por primera vez recibí una receta de psicotrópicos.
Al salir de la farmacia, sola, en mi coche, lloré.
Esto no podía estarme pasando: ansiolíticos, antidepresivos, gotas para dormir.
Era demasiado. Decidí esperar, aguantar. Era urgente encontrar otras opciones.
Esa noche solo tomé media dosis de las gotas para dormir, las necesitaba.
Pero a la mañana siguiente desperté con dificultad, torpe, aturdida.
El efecto duró casi hasta medio día. Por la noche tomé un cuarto de dosis y me manejé mejor al día siguiente, aunque no del todo lúcida.
Finalmente encontré mi dosis: un octavo me permitió dormir y desempeñarme mejor al otro día, aunque despertaba sin energía; un cuarto de la dosis, era la mía.
Me enfurecía mi impotencia. Estaba sometiendo mi vida al miedo, a ese miedo paralizante de infancia, como cuando recibía las palizas devastadoras de mi madre. Mi cuerpo las recordó, me entumecí.
Aunque consciente de que pertenecía al pasado, a uno muy remoto, aún el miedo me acechaba sin aviso y yo estaba de nuevo en la frustrante incapacidad de no hallar cómo combatirlo.
Mi cuerpo gritó que la sensación era la misma, que el miedo era el mismo, que el congelamiento también era el mismo.
Entonces la ansiedad se instaló como parte de mi sistema cada mañana antes de salir, por las tardes al regreso, ante el temor de ser seguida y por las noches al intentar dormir.
No tenía puntos medios, solo iba del terror al pánico y a una agitación inmanejable.
Cuando no pude más, reuní fuerzas y me rebelé. Transformé el miedo en ira, y luego, no sé cómo, decidí convertir esa ira en valor. Un valor que no tenía y que nunca tuve. Aunque vago, al menos era un propósito.