19
Mientras Fabián dirigía el almacenamiento de mis cosas en una de sus bodegas, Emilia me llevó a recibir atención médica. Luego fuimos a su condo. Al final de la tarde, el resto de la tropa llegó a llenarme de cariño y a darme apoyo. En ese momento reconocí cuánto los necesité.
Como si no hubiera pasado un día, ellos, sin juicios, olvidaron que los había dejado de lado. Me cubrieron. Me hicieron sentir amada, querida, importante. Que yo valía. Que no era una cosa.
Insistieron hasta el cansancio que no fue mi culpa, más bien resaltaron mi valentía.
El dictamen era alarmante: la rótula y el menisco sufrieron una fisura. Podía evitar la cirugía con reposo y terapia.
Avergonzada por mi testarudez y mi ceguera, solo pude llorar.
Esa condición me imposibilitó presentarme a trabajar. Me dieron cuatro semanas de dispensa por salud y las uní con vacaciones pendientes. En todo ese tiempo me convertí en huésped forzada de Emilia, pues mi depa seguiría alquilado por al menos un mes más.
Al principio, el estrés de no hacer nada me abrumaba, sin embargo, tan prolongado período le cayó muy bien a mis emociones revolcadas. No obstante, de pronto la ansiedad fue mi nueva compañía.
Presionaron para que pusiera la denuncia. Me negué. Tenía miedo.
—De lo que no te das cuenta, petite, es de que tu actitud de súper chica es un rechazo a nuestro cariño y una bofetada a nuestra preocupación —aclaró Manu, con su característica franqueza.
No lo había analizado de esa manera. Ese argumento pulsó la cuerda que me hizo ceder.
Con la guía de Georgina, acepté mi vulnerabilidad y me rendí al cuidado de mi gente, que me quiere como soy, por lo que soy.
Y al permitirme recibir, me abrí a la grandeza que engendra la gratitud.
Así que bajé la guardia y dejé atrás la falsa máscara de “no necesitar a nadie”.
Me entregué a mi grupo. Acepté sus sugerencias, cambié mi número telefónico, puse las redes en pausa y me esfumé, regalándome al fin el espacio sugerido por mi terapeuta.
Mis amigos, felices, me mimaron con todo, me atendieron a más no poder y me llevaron de paseo, cuidándome como a un pajarito roto.
Sí, estaba rota, mucho más de lo que quería admitir.
Por las noches despertaba nerviosa, con la mole aumentada de Alonso acercándose siniestra.
Era una sombra densa con kimono, que profería comentarios enredados, a bajo volumen, para encubrir la amenaza, la ofensa.
Murmuraba amenazas incomprensibles en mi oído.
Y solo yo podía escuchar. Luego el empujón vengativo, la fuerza precisa, la caída, el ruido, los vidrios, el dolor, el miedo...
Despertaba horrorizada, sudorosa, con el corazón palpitando en cada célula de mi sistema.
Por estatura, peso y técnica, aun en el sueño sabía que estaba en desventaja. Nunca creí necesitar cautela hacia aquel encantador de serpientes, bajo cuyo hechizo me rendí.
Aunque me carcomía la culpa por dejar a mi equipo de trabajo huérfano, de la mano de Georgina me permití darme tiempo. Aprendí a aceptar lo que siempre di a mis amigos y me costaba recibir.
El ocio empezó a seducirme como nunca lo habría imaginado y por primera vez coloqué en primer lugar mis decisiones.
El apoyo incondicional y sostenido de mi círculo cercano, fue el principal bastión para reconstruirme.