18
La mañana del domingo, cuando desperté, Adolfo no estaba.
Regresó por la tarde. Yo continuaba con la ley del hielo por su comportamiento en la fiesta y su agresión.
El dolor de mi glúteo no me permitía sentarme.
Así pasamos el fin de semana, él fuera de casa y yo autoconfinada a un mutismo total.
En aquel momento, como en otros, creí tener el control, nada más lejano a la realidad.
El lunes por la mañana no pudo más.
Antes de salir para mi trabajo, me enfrentó, reclamando mi desafiante respuesta. Se victimizó casi al punto del llanto.
—Exijo una respuesta. Quiero saber si es cierto, si de verdad me engañaste desde el principio y esa mujer es más que tu prima —se quejaba con desesperación shakesperiana.
Sin inmutarme ante su pobre actuación, respondí tajante.
—No seas ridículo. Bien sabes que no es así, pero ante ofensas de ese tipo y juicios irresponsables, nunca me sumaré a tus juegos.
Lo vi transformarse. No me lo esperaba. Le cambió el cuerpo, se le transfiguró la cara. Enfurecido, gritaba de una manera incontrolable. Lo vi enloquecer.
Con el miedo centelleándome desde los huesos, quise disimular el pavor que experimentaba.
Estremecida por el pánico, fingí ignorarlo.
Al no conseguir involucrarme en la pelea.
Se me plantó por delante para impedirme el paso.
Busqué esquivarlo. Al quinto intento se me vino encima con su cinta negra, varios danes en artes marciales, treinta y cinco kilos más y cuarenta centímetros por encima de mi estatura.
Delirante y me empujó. Traté de sostenerme, giré, derrumbándome sin control sobre una mesa de vidrio que quebré con mi rodilla y manos, torciendo el marco de metal.
Sin mirar atrás, Adolfo se fue, dejándome sola, sin asistencia, con las manos y la rodilla sangrantes. Un punzante dolor me impedía levantarme y el cúmulo de vidrios que me cercaba, me limitaban.
Sobrecogida, sin control, verdaderamente aterrorizada, mis manos se sacudían como nunca lo experimenté. Era incapaz de accionar mi teléfono, no podía mantenerlo quieto y no acertaba en mis contactos, los números favoritos, los de emergencia. No podía pensar…
—Tranquila, tranquila. Tengo que serenarme. Necesito llamar. Tengo que llamar… Respirar… Respirar… —me repetía.
Tras varios intentos, con el teléfono sobre el piso, para evitar el temblor, pude acertar mis números de emergencia. Los vidrios rechinaban desagradables mientras marcaba. Los repudié con cada sentido, punzantes, brillantes, como purpurina desigual, amenazando mi integridad.
Emilia llegó primero, pocos minutos después, Fabián, mi incondicional sweethart de secundaria, por quien aún guardaba sentimientos que mantenía ocultos de él y de los amigos.
Con sus casi dos metros de estatura, aplastó firmes las esquirlas y me levantó con facilidad del caos en el que estaba, para evitar el riesgo de más cortaduras.
Colgada como pude a su cuello, al sentirme a salvo y en su abrazo firme, exploté en un llanto convulso.
Fabián esperó sereno a que me tranquilizara, dándome el soporte que necesitaba.
Luego me depositó sobre un sillón. Entonces me di cuenta de que, siguiéndolo, ingresó un camión que en ese momento percibí del tamaño de una ciudad. De él se bajó una docena de empleados de su fábrica, con el aséptico mono de trabajo.
Traté de impedir el desalojo. Fabián se impuso.
—Vengo a sacarte de aquí.
—Pero es que…
—Te vas de aquí en este momento —ordenó—. Nos vamos —dijo categórico.
Emilia me intimidó con su decisiva actitud.
Solo pude asentir.
—Esto fue un acto de violencia doméstica y no vas a ser parte de las estadísticas. Mucho menos de las noticias —aseveró Mili, infranqueable.
Quise replicar, pero Fabián me interceptó.
—Esto no está en discusión —y lo dijo con tal contundencia, que me limité a obedecer.
Bajo las instrucciones de Emilia y Fabián, los muchachos recogieron mis pertenencias, distribuidas por toda la casa.
Revisaron cada rincón. Mis rescatadores me conocían tan bien, que identificaron cada detalle mío.
De mi breve travesía por esa casa, no quedó nada.
Cuando pasaron frente a mí con las antorchas, el olor a combustible me provocó náuseas y desagradables flashbacks de la malograda celebración.
En una última mirada, Fabián arrancó la lámpara que antes estuvo en la sala de mi depa y que yo había pedido instalar en el vestíbulo de esa casa en la que no viví más que tres semanas.
De los cables eléctricos, que puso en forma de U, colgó las llaves del coche europeo que Adolfo me había dado, como un regalo más de compromiso, al mudarnos juntos.
Cargándome, Fabián me instaló cuidadoso en el asiento de su coche y partimos, seguidos por Emilia y el enorme camión.
Diecisiete minutos tomó mi rescate.
En ese breve lapso se borró mi tránsito por esa casa. Aún me faltaba establecer cómo regresar a mi vida.
Por el espejo de la visera miré el coche de Emilia y más atrás la pesada marcha del camión.
Me sentía como una nube disolviéndose en el viento que disipaba aquel sueño transformado en pesadilla.