Tras Mi Noche Más Oscura (Historias de Vida) 17
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El sábado me forcé a levantarme más tarde que de costumbre. No quería ver a Adolfo. Me sentía aprisionada y al mismo tiempo, me contradecía, repitiéndome que no era posible vivir tan bien, tan mimada y no estar a gusto, “no agradecer”, diría

Ay, mi madre, al pensar en ella identifiqué esa sensación de ahogo que experimentaba desde muy niña, la misma que me recorría el cuerpo en ese momento.

Y como antes, lo sentía apretado, constreñido, algo muy parecido a lo que me provocaba la imposición de las palabras de mamá, sus coerciones, su control.

Un pavor constante me arremetía cuando empezaba a oscurecer.

Miraba el reloj y no se detenía, era inminente que se acercaban las seis de la tarde y ella estaba a punto de llegar, siempre inconforme, molesta, enojada, profiriendo ofensas y desvalorizaciones que me desmoronaban por dentro.

Tras cada episodio, todos los días, yo quedaba derrumbada, sin ganas de hacer nada, con ese vacío en el pecho…

como el que estaba experimentando con Adolfo... Estaba derrotada.

«Esas fueron las situaciones que, desde niña, me instalaron esa profunda tristeza y aun hoy no consigo sacármela del cuerpo».

Entonces no era capaz de identificar la deformación de mis emociones, por eso los argumentos interminables de Adolfo exacerbaban mi parálisis interna, tan cercana a la permanente sensación de tristeza sin origen aparente, que cargo desde siempre.

De niña me empeñaba en sonreír y mostrar esa vitalidad que todos elogiaban, pero a solas, en mi habitación, conmigo, me hundía.

Podía quedarme sobre la cama por horas, sin nada más que ese hueco en alguna parte de mi tronco que no lograba ubicar y me acortaba la respiración.

Era tan grande el vacío, que por momentos no era claro si aún estaba o me apartaba de mí.

Inerte, en ese flotar de un no-sentir cómodo y adictivo.

Me tocaba un brazo y sentía que me tocaba, pero no que yo me tocaba…

Con Adolfo, caía en un estado muy similar.

El menoscabo que me revivió me asombra; como me asombro al recordar el daño que esa mujer narcisista y egocéntrica causó en mi vulnerabilidad de niña.

A golpes. Dejándome algunas veces incapacitada para caminar, pues me golpeaba con el puño o con lo que pudiera encontrar de camino.

Yo corría para ponerme a salvo, sabiendo que era un esfuerzo inútil, pues siempre lograba atraparme y someterme.

Tiraba de mi cabello cuando iba en plena huida y el golpe seco me frenaba, retumbando en la base del cráneo como una explosión mortal.

En esos momentos flotaba y quedaba separada del momento y del lugar, imaginando que algo así sucedería en las guerras cuando una granada explotaba por detrás y el golpe se sentía en todo el cuerpo.

Y siempre deseando que ese fuera el último día de sus maltratos.

En esa guerra diaria, rogaba por quedar inconsciente para siempre, que de un jalón me desnucara sin remedio y fuera librada por los siglos de los siglos de esa monstruosa mujer que la vida me había designado por madre.

Yo era una niña buena, sí, no tengo reparos en reconocerlo, claro que entonces no me daba cuenta.

Era como era, cristalina, alegre, sin intenciones ulteriores.

Muy considerada y respetuosa, con una bondad natural hacia quienes notaba en desventaja, y desde muy pequeña, me destacaba por mi capacidad para lograr pequeños actos heroicos.

Como cuando en una fiesta de cumpleaños una niñita se quedó encerrada en el cuarto de baño.

Yo lo había usado antes y me di cuenta de que la puerta tenía el mecanismo estropeado.

Sobre el lavamanos encontré una prensa de cabello y abrí, con toda serenidad.

Cuando la pequeñita se sintió encerrada se desesperó, pateaba la puerta, gritando.

Los adultos se aglomeraron y empezaron a exasperarse también.

Al instante comprendí la situación y me acerqué a la puerta, intentando llamar la atención de esa chiquilla.

Con pequeños toques en la madera conseguí hacerla escucharme por encima de las voces que querían ayudar, sin tener idea de lo que realmente sucedía.

Le hablé por la mínima rendija de la bisagra, bajito.

Debajo de esas voces erráticas y angustiadas de los adultos, logré que atendiera la mía.

Le dije que ya me había pasado lo mismo y que fue simple salir, pero era imprescindible que mantuviera la calma.

Luego le expliqué dónde estaba el ganchillo de pelo y cómo usarlo.

En instantes abrió la puerta, saliendo de su tormento.

Los acongojados anfitriones se culpaban uno a la otra por no haber arreglado el desperfecto antes de la fiesta.

Habiendo resuelto esa crisis, me sentí muy bien.

Muchos me abrazaron y me felicitaron. Yo tenía apenas nueve años y mi rescatada, seis.

Jugamos el resto del día y quedamos de seguir viéndonos.

Después de tan significativa aventura nos despedimos con esa ilusión, pero mamá no lo permitió.

Era la hija de alguien que conocía desde el colegio y ella, llena de complejos y limitantes, no quería que se diera cuenta de cómo ni dónde vivíamos.

Me humilló durante el regreso a casa, reprochando mi imprudencia al invitarla.

Lo repitió hasta el cansancio, mientras yo solo miraba en el reflejo del vidrio mis lágrimas bajar, silenciosas y tan tristes, que no pude ni sollozar.

Mi acto heroico perdió toda importancia.

Enfocada en su mundo pequeño y sombrío, me sembró su vergüenza y su inalterable aislamiento social.