16
El día de la fiesta llegó. Amanecí muy animada, segura de que Adolfo y yo estábamos en la misma sintonía.
Para bajar la presión, semanas atrás había contratado una profesional, quien cumplió muy bien.
Para mantener mi tranquilidad, le pedí a Iván que viniera a casa a arreglarme el cabello y maquillarme.
Cuando Adolfo llegó del trabajo y lo vio, reaccionó de una manera inesperada.
Se mostró hosco y ofensivo. Eso me fastidió, pero no le hice reclamos para evitar un enfrentamiento antes de la fiesta.
Iván, con una magistral actuación, lo ignoró, dejando a Adolfo desarmado en sus intentos de ataque. Eso lo contrarió aún más.
Una vez cumplido el maravilloso trabajo de Iván, fuimos a la terraza.
Se veía hermosa, llena de enormes jarrones con sofisticados arreglos dentro del agua, mesas decoradas y antorchas que invitaban a disfrutar del jardín.
El cielo despejado ya ostentaba una luna llena enorme, que iluminaba más que las guirnaldas de luces.
Iván alabó la decoración y yo me sentí orgullosa del resultado.
—Te espero a las ocho —insistí al despedirnos.
—No sé si al miura le gustará verme —dijo.
—Recuerda que también es mi casa —aseveré—. No me falles.
—A las ocho —afirmó.
Los invitados llegaron con puntualidad. El ambiente era agradable, de gran camaradería, ambos grupos departían con cordialidad.
Como la noche estaba fría y Emilia llegó mal preparada, pues no tomó en cuenta que la reunión sería afuera, me pidió un abrigo.
Hubiera sido muy fácil traerle cualquiera, pero, conociéndola, la llevé para que eligiera algo de su gusto.
Se tomó un buen rato para tocar, probarse y aprobarse frente al espejo, hasta que encontró algo de su gusto y que combinara con su atuendo.
No medí cuánto tiempo estuvimos ahí, hablando, riendo relajadas, bromeando con mi cambio de vida y con el desorden que ella armaba con mi ropa.
—Me hace feliz verte feliz —comentó—. Te deseo lo mejor en esta nueva etapa.
Me tranquilizó ver que, a pesar de la seria conversación que tuvimos días atrás, parecía mostrar que esos temores eran infundados.
Salimos riendo y la alegría nos duró poco.
Afuera, en el pasillo de las habitaciones, Adolfo esperaba.
Dejó que Emilia avanzara y atravesó su brazo, cerrándome el paso.
Al notarlo, ella esperó y lo escuchó todo.
—Ya sé cuál es tu problema —dijo acercándose amenazador a mi oreja— eres lesbiana y tienes algo con ésta.
Ardí de ira. No podía aceptar la bajeza de su osadía al querer desvirtuar mi relación con mi hermana de vida. Pero no me permití seguirle el juego. Ocultando mi enojo, lo confronté:
—Así es. Tarde o temprano lo habrías sabido —dije desafiante—. Tenemos decenas de años juntas y tú eres el otro en esta relación.
Sin más réplica pasé bajo el brazo con que me impedía el paso y me refugié en mi grupo.
Emilia les informó con detalle, ninguno disimuló.
Puesto en evidencia, la ira le reverberaba.
El hielo repicaba en su vaso. Sus amigos lo notaron.
Tomé distancia y lo evité cuanto pude, pero en un momento en que pasé a su lado me dio una nalgada, fuerte, dolorosa, agresiva.
Hizo claro su tentativa de marcarme como territorio, frente a sus amigos.
Rió con ellos, como si se tratase de un “cariñito” y yo había sobrerreaccionado. El dolor hizo evidente que no.
No solo no era cariño, fue una agresión.
La fiesta terminó para mí.
Horas después, cuando los últimos invitados se fueron, me aislé de él. No quería ningún contacto.
La noche de inauguración de mi nueva vida había resultado en la clara revelación de una faceta que no le conocía. La nalgada aún me dolía y en mi glúteo ardía el moretón, con su mano visiblemente definida. Me sentí triste, decepcionada.
Para evitar discutir, frente a sus ojos tomé un somnífero, con el fin de confinarme en un estado inaccesible. Lo necesitaba. Con certeza, esa noche, no habría podido conciliar el sueño.