15
Sin poder aguantar el infierno de incertidumbre en que caía, dos días después visité a Otto y Manu. Cuando les conté las pequeñas incomodidades por las que estaba pasando, reaccionaron con intensidad.
—Oye, eso es un mal precedente. No me gusta nada ese tipo dueño de ti —me advirtió Otto, con su característico sarcasmo.
—Dueño de nadie —respondí completando el verso de la canción.
Reímos.
—No, bebé, esto es serio. Tienes que ver claro —insistió tomando mi mano.
—Ese tipo es un peligro. Abre tus ojitos, petite, por favor, ¡pero ya! —agregó Manu, con mi otra mano entre las suyas y sin soltarme la mirada.
Me estremecen sus palabras.
Es cierto que Adolfo en ocasiones hace comentarios duros, con los que discrepo, pero de eso a “ser un peligro”… Me pareció desproporcionado.
«Exageran. No lo conocen como yo», me digo.
Agobiada me puse de pie para preparar el escape.
—Están exagerando. Sin duda tuvo un mal día y estaba sensible —lo disculpé, avergonzada por repetir sus argumentos.
—Abre tus lindos ojitos, mi sol. Me preocupa adónde pueda llegar esto —suplicó Otto.
—Aún estás a tiempo —reiteró Manu—, esa personalidad que puede parecerte encantadoramente fuerte, no es más que rigidez. Quiere hacerte pequeña, reducirte.
—No es para tanto. Exageran —repetí, colgándome la bolsa.
Quiero correr.
—Recuerda cómo eras antes de conocerlo —apuntó Otto, y agregó una frase que me fulminó de frente como una llamarada—. Alguien que te hace sentir pequeña, no merece tener un lugar tan grande en tu vida.
—No lo reconoces —apunta Manu, suavizando el tono—, comparado con aquel remedo de hombrecillo con el que te casaste, este parece un super héroe —comenta sarcástico—.
Pero esos rasgos no son más que la punta del iceberg.
Hay mucho oculto, esos exabruptos que se le filtran, que lo sobrepasan, lo delatan. Él es así —enfatiza.
—Es un narcisista de manual y estás dejándote envolver en sus juegos nefastos —sanciona Otto.
Acerca mi mano a su mejilla.
Lo acaricio, le sonrío.
Vine a buscar su apoyo, pero insisto en esquivar lo que dicen.
—De verdad están exagerando, chicos, y ven problemas donde no los hay —replico.
—Sea lo que sea, como sea y cuando sea —añade Otto con sus característicos juegos de palabras—, solo recupérate como eres: libre y feliz.
—Los soy, lo soy. ¡Como nunca! —aseguro.
La mentira se me atora en la garganta.
Marcho mortificada, con el mal sabor de que no aceptan a Adolfo y lo vine a exponer aún más con mis confidencias.
Reflexiono: «¿Cuál es esa diferencia que ellos notan en mí? ¿Es tan evidente? Y si este hueco que siento en el pecho, es la grieta por la que se han fugado mi libertad y mi felicidad…».