Tras Mi Noche Más Oscura (Historias de Vida) 14
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La invitación de Otto y Manu era imperdible: «Te invitamos a una tarde de café conversado, mirando el atardecer en la terraza más espectacular del país. Necesitas un respiro.»

Por supuesto que acepté. Me las arreglé para salir más temprano del trabajo y llegué antes de la hora convenida, a esa nueva cafetería de ensueño que aún no conocía. Todos me esperaban en una mesa estratégicamente elegida hacia el imponente horizonte.

Después de una charla informal, un silencio incómodo se impuso.

—Mariana, mi petite querida —manifestó Otto, con una solemnidad estremecedora—. Te citamos porque es necesario que hablemos. Nos tienes preocupados.

Circulé mi mirada. Cada uno tenía una expresión seria y de una dulce comprensión. La sentí lastimera.

—¿Preocupados? ¿Por qué? ¿Qué ha pasado? —pregunté sin entender.

—Nos tienes preocupados —agregó Emilia.

—¿Yo? ¿A ustedes? ¿Por qué? —inquirí nerviosa.

—Estás desaparecida. Si te llamamos te muestras irascible, cortante —afirmó Manu.

—Mari, somos tus amigos. No es normal que estés tan... ¿cómo decirlo? Tan distinta, desde que estás con Adolfo —aseveró Emilia—. Algo está pasando y no lo compartes, no tienes que llevar la carga sola. Te conozco demasiado, cuando te enclaustras así ocultas un dolor fuerte.

—No, Emi, no estoy distinta. Es solo que tengo mucho trabajo y mucha cosa en la cabeza. Adolfo y yo estamos bien —dije evadiendo la mirada.

Emilia me atravesó con la suya. Me esculcó. Me sentí expuesta. Enfurecí.

—¿Qué es esto? ¿Es una especie de intervención? —reclamé levantándome, lista para dejar ese ambiente amenazador.

—No cariño, para nada. Es únicamente una reunión de quienes te amamos y estamos pendientes de ti —señaló Otto, sentándose a mi lado—. Queremos saber un poco más.

—Te sentimos lejos, apagada —expuso Ramiro— ¿Todo bien con Adolfo? Queremos verte feliz, verte sonreír como siempre, sentirte realmente feliz. Y no parece que con Adolfo lo estés logrando. Has dejado de ser tú.

Su aseveración me hirió. Con su peculiar lectura del alma humana, Ramiro me tocó el centro del dolor. Tragué fuerte.

—De verdad estoy bien, chicos. Les juro que estoy mejor que nunca. solo he tenido un par de semanas complicadas, el trabajo, la fiesta, nada grave.

—Complicadas, ¿cómo? ¿Adolfo te está apoyando como debería? —cuestionó Fabián inquisitivo.

—Sí, sí, claro, por supuesto. Ya saben, él está... muy… ocupado con su trabajo, pero todo está bajo control. Ya tendré tiempo para descansar después de la… inauguración de la casa —respondí tartamudeando y tratando de sostener una sonrisa tensa que me hacía temblar la cara.

—Mariana, no necesitas fingir con nosotros. Sabes que siempre puedes hablar, si algo no está bien —expresó Otto mirándome fijamente.

—De verdad, chicos, no hay nada de qué preocuparse. Hablemos de otra cosa, ¿cómo va tu proyecto, Otto? —no respondió.

—Ayer cuando te llamé, te sentí un poco estresada. Murmurabas, como si quisieras evitar ser escuchada… ¿Pasa algo en casa? — escudriñó Manu.

—No, para nada, me despertaste de la siesta —mentí...

—No quiero ser intrusivo, pero pareces agotada… y triste —afirmó Fabián, buscando leerme sin despegarme los ojos.

—¡Ay, Fabián, siempre tan preocupado! Estoy bien, de verdad. A veces exagero un poco, ya sabes cómo soy.

—Hay cosas que llaman la atención. Adolfo te estuvo llamando mucho durante nuestra última reunión. Parecía bastante insistente —recalcó Fabián.

—¡Controlador! —aseveró Manu, lapidario.

—Oh, sí, estaba asegurándose de que todo estuviera bien. Ya sabes cómo es, le gusta tener todo bajo… control… es perfeccionista… —respondí evadiendo, hasta para mí, un comportamiento que empezaba a colmarme la paciencia.

—Pero... ¿te gusta a ti que te controle así? Eso no es muy sano —acentuó Otto, clavándome una mirada fiscalizadora.

—No es control-control. Es solo que él se preocupa... A su manera… —dije para encubrir.

—¿Y tú? ¿Te sientes cuidada o te sientes vigilada? —puntualizó Emilia, cruzando los brazos.

—No es tan serio así, Mili, mi-Mili —dije acentuando el trato de infancia, en un intento para apelar a su compasión. Me sentí asediada—. Simplemente... a veces se preocupa demasiado —no pude traicionarme, pierdo la voz.

Fabián me rescató del interrogatorio, a punto de llorar.

—No queremos que te sientas atacada, pero estamos aquí porque no permitiremos que te alejes de nosotros. Estamos aquí para ti, lo sabes, ¿verdad?

Respiré hondo. Los miré uno por uno.

—Lo sé, y aprecio mucho esta manifestación de amor. solo necesito... tiempo… Todo estará bien…

—Siempre te lo he dicho, nuestra casa es tu casa. Y eso incluye cualquier situación, feliz o difícil —agregó Otto con su estilo franco y directo.

—Exacto —lo secundó Manu—, no necesitas excusas para llegar y hablar de lo que necesites, o simplemente desconectarte del mundo. Aparte de tu futuro nuevo paraíso, en el nuestro siempre tendrás un refugio.

—Nunca pierdas de vista quién eres. Nunca permitas que alguien te haga sentir menos —comentó Ramiro, traspasándome con su certeza aplastante.

—Y recuerda —detalló Manu—, el verdadero amor es como un buen diseño arquitectónico. Tiene que ser sólido, bello, y, sobre todo, funcional. Si no cumple con estos criterios, mejor rediseñar antes de derrumbar.

Los dejé. Me fui con cualquier pretexto, necesitaba cortar esa conversación. No podía sostener más mi falsa fortaleza sin llorar. Supe que era vano mi intento por ocultarles el desengaño que ya enfrentaba.