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En un exclusivo hotel de playa, con vista al atardecer más espectacular imaginable, me propuso casarnos.
Entonces no aquilaté la suma y resta de sus patrañas, pues no los veía como síntomas.
Acepté con una condición: vivir juntos por un tiempo.
Después de mi fracaso matrimonial, no quería equivocarme de nuevo con la dificultad de resolver el papeleo que implica.
Estuvo de acuerdo y comenzamos a buscar una casa de alquiler para mudarnos, en paralelo, iniciamos planes para construir nuestra casa en un rincón en las colinas de la finca, que desde el momento en que lo conocí, me hizo ensoñar.
Era un ordenado espacio plano, bordeado atrás por un bosque frondoso y habitado por aves bullangueras que avivaban el entorno.
Al frente, las montañas del otro lado del valle, y al centro, la ciudad: un pozo de lucecillas que, como una galaxia sin fin, de noche guiñaba sus millones de ojos temblorosos.
Adolfo insistía en que sería una casa a mi gusto. Yo planeaba con el arquitecto un diseño en que la naturaleza de aquel paraje incomparable, entrara por cada pared de cristal, borrando la sensación de barreras.
Cuando por fin los corredores encontraron nuestra casa temporal, ubicada en la misma zona, para facilitar el control de cada detalle de la construcción, nos mudamos de inmediato y alquilé mi adorado depa, para ayudarme a pagar la hipoteca.
Esto lo hice en contra de la sugerencia de Adolfo de vender “ese apartamentito”, arguyendo que era muy pequeño y que no lo necesitaría más.
Nada más lejano a la realidad, mi “apartamentito” tenía dos dormitorios, pues el tercero lo adicioné, por medio de un arco, al salón, convirtiéndolo en una cálida biblioteca con vista a las montañas, para pasar ratos interminables mirando el atardecer o leyendo en mi big chair de plumas, una antigüedad que me dieron mis amigos como obsequio común, cuando me mudé.
El balcón era grande, con asador y vista espectacular al bosquecillo que protegía un pequeño riachuelo cantarín, que arrullaba mis noches, y la cocina de chef, diseñada a mi gusto: con una isla enorme para cocinar y recibir a mis invitados, uno de mis placeres.
No le di importancia a su insistencia para que vendiera, aunque llegó el momento en que me colmó la paciencia.
—No vas a necesitarlo más. En nuestra casa vas a tener diez veces ese espacio —presionaba.
—Por el momento no voy a vender. Ya veré más adelante. Si sigues insistiendo de esa manera, voy a pensar que tu interés es dejarme sin mi casa.
Eso silenció su empecinamiento por unos días.
Pero Adolfo era pertinaz y regresaba circularmente al mismo tema, a ese como a otros.
Yo no le prestaba atención pues, por esos días estaba agobiada con el trabajo y esto surgió al considerar una pequeña fiesta para recibir a nuestros amigos: los suyos y los míos.
Pensé que sería una buena idea inaugurar la casa como sello de nuestra vida en común.
Él no replicó, por lo que asumí que mi petición para que fuese más flexible, estaba cosechando resultados.
Pero su lista creció tanto, que fue necesario pedir ayuda.
Adolfo me hizo, entonces, la inadmisible propuesta de que renunciara a mi trabajo.
—Ya no lo vas a necesitar. Cuando nos casemos no tendrás que trabajar nunca más.
—Ni se te ocurra decirlo —dije tajante.
—O al menos puedes pedir una o dos semanas de vacaciones. Si no tienes vacaciones, pide unos días sin goce de salario. La fiesta es más importante.
Para ser empresario, su propuesta me pareció incongruente.
Poner en riesgo mi cargo como senior manager no era parte de mis planes, justo en el momento en que mi equipo me necesitaba más que nunca.
Nos hallábamos en un desafiante proceso de fusión y debía apoyarlos con mis mejores habilidades de liderazgo.
Ver mi carrera y mi prestigio precipitarse al abismo por una fiesta, era un acto irresponsable.
Le manifesté mi desaprobación ante sus desmedidas sugerencias.
Aunque se extralimitaba, no le di la importancia que merecía.
En todo ese asunto de la organización, no sentía su apoyo, por el contrario, lo convirtió en fuente de exigencias y comencé a sentirme cansada y vacía.