Tras Mi Noche Más Oscura (Historias de Vida) 12
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En pocos meses me asimilé muy bien a “mi nueva familia”.

Me sentí pertenecer. Era aprobada en todo y cada pequeño gesto de mi parte, lo celebraban como un acto heroico.

Yo me pulía con sincero ahínco. Era útil, necesitada, consultada, valorada como nunca lo fui, y en corto tiempo mis circunstancias dieron un giro radical hacia una vida completa y estable.

Nada más distinto a la verdad. Flotaba en un espejismo que no quería ver y, para no afrontarlo, dejé la terapia.

No podría acallar mi subconsciente gritando que mis patrones de complacencia se habían disparado al máximo y que cada acción me colocaba día a día un paso atrás.

No me sentiría bien de reconocer esos retrocesos frente a Georgina.

Seis meses después, en una cena romántica, frente a la piscina privada de una villa en las colinas frente al Pacífico, Adolfo me pidió casarnos.

Hoy me pregunto si fue el tamaño del brillante o si me deslumbró el espejismo de ser la esposa importante de un hombre importante, y acepté de inmediato, feliz con el sueño de reparar mi destino con ese hombre extraordinario y, sobre todo, formar parte de su familia. Era una aspiración que cobraba forma.

No me di cuenta entonces, que obviaba veladas experiencias de mi pasado y le disimulaba todo, comprendía todo y cedía cada vez más en todo.

—Es cuestión de tiempo —me dije—. Todo va a cambiar. Él va a cambiar, y nos acomodaremos uno al otro, con el paso de los años.

Luego, mi mente, atada a la ilusión de un esperado anhelo desde niña, pactó con lo que quería eludir, y rehuí los pesados detalles.

No vi, entre muchas otras cosas, sus “mimos” de llevarme y traerme a cada lugar donde fuera, como un desmedido intento de control.

Yo lo aprecié como un honesto acto de servicio.

Si me llevaba Pepe, el interrogatorio posterior sería agobiante: quería saber lo que hacía y cuándo lo hacía, por qué me tomó tanto, por qué tan poco, sobre todo con quién me relacionaba y de qué forma.

La primera vez que me acompañó donde mi estilista, le dio una jugosa propina murmurando algo que no escuché.

Hube de insistir mucho para que Iván, incómodo, me confesara: «Adolfo quiere que te deje lo más rubiecita posible».

Yo, por supuesto, no acepté. Esos rubios subidos siempre me han parecido artificiales y no son mi estilo.

Al verme salir se molestó muchísimo. Reclamó furioso, tachando de ladrón a Iván, por la propina.

Se la entregué, pues se la envió de regreso.

Tartamudeó y quedó sin palabras, pero se enquistó en la rabia y desde ese día comenzó a hablar mal de Iván, sugiriendo que había otros peluqueros mejores y más profesionales.

Yo lo ignoré, no había negociación posible, cambiar ocho años de ratos amenísimos a solas con mi confidente, por atender un capricho sin sentido de Adolfo, estaba fuera de consideración.

Después aparecieron otras señales que tampoco atendí: celos solapados que disfrazaba de interés si recibía una llamada de trabajo y me alejaba, para no importunarlo con conversaciones ajenas.

Me di cuenta de que revisaba mi cel cuando, en su retorcida manera de tender trampas, me pedía que saludara a unos y otros, con nombres que de soslayo leía en la pantalla, en mensajes o llamadas recientes.

Y yo, sin sospechar la bajeza de sus insinuaciones, saludaba a colegas con los que me reuní o conversé, topando con la misma incomprensible respuesta: «No lo conozco, ¡Qué amable! Le retornas el saludo a tu novio».