Tras Mi Noche Más Oscura (Historias de Vida) 11
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Unas semanas después llegó la primera invitación familiar, me sentí emocionada.

Era para el insoslayable almuerzo mensual en casa de su madre, cada primer domingo de mes.

Me puse nerviosa, toda la familia estaría presente, sin duda para someterme al fino tamiz del escrutinio del clan.

Era un paso obligado, y esto de las reuniones familiares, no es cosa de mi particular agrado.

En el fondo, siempre temo ser desaprobada.

Por días me compliqué eligiendo la ropa, el estilo, el color. Quería causar una perfecta impresión. Adolfo me había comentado lo mucho que hablaba de mí con su madre y sus hermanas, decía que sentían como si ya me conocieran. No cumplir con sus expectativas me inquietaba.

—Es solo una reunión familiar —me repetía—, somos una familia como cualquier otra —era su argumento de consuelo.

Pero yo temblaba. Con los antecedentes que Rita me dio, dudaba de si era correcto sentarme como me siento, moverme como me muevo, vestir como visto, reír como rio, hablar como hablo, comer como como…

Al final me decidí por colores pastel, va muy bien con mi piel clara y el turquesa destaca mis ojos. La época cálida me inclinó hacia prendas livianas, pero tampoco quería exagerar.

Llegado el temido domingo, con su cortesía habitual, Adolfo elogió mi vestuario y la calidad de la seda. Me llamó la atención, pocos hombres pueden preciarse de esa delicadeza.

En el camino me dio detalles de cada uno de los asistentes, quedando en evidencia que aquello era un matriarcado dominado por la madre, dos hermanas, tres sobrinas y un único sobrino.

—Solo yo en la familia para perpetuar el apellido, y nuestros hijos… —manifestó, besando mi mano.

La pesada obligación implícita en su comentario, me borró la sonrisa.

El portón se abrió lento, en automático, nunca pensé que lo traspasaría.

De niña acaparaba mi atención cuando circulaba con mi familia por esa vieja carretera.

Lo miraba hasta que quedaba atrás, tratando de imaginar qué habría detrás de ese imponente trabajo de hierro, tan macizo.

Al atravesarlo descubrí que no había tal automático, un ejército de seguridad observaba los monitores.

Adolfo los saludó con la mano, indiferente, sin abrir la ventana.

Avanzando por un largo sendero bellamente delineado por hortensias. ¡Doscientos metros bajo la sombra de árboles ancianísimos! El largo túnel de follaje se abrió en un limpio y cuidado jardín, en el que destacaba la casa.

—¡El tamaño de la propiedad es impresionante! —exclamé.

—Hemos ido vendiendo. El abuelo tenía más de trescientas hectáreas. Ahora queda… como una tercera parte. Hay que ir con el progreso — añadió, besando de nuevo mi mano.

—Enorme, para estar tan cerca de la ciudad —señalé.

—El comercio y los residenciales de esta zona, todo era parte de las fincas —comenta.

La masiva casona de dos pisos, la residencia familiar en que crecieron, en los tiempos del abuelo quedaba muy lejos la ciudad, había que transitar por calles de tierra y no había más que haciendas, sus propias haciendas alrededor.

Con el tiempo, el crecimiento las alcanzó, y la casa casi fue engullida en el dinamismo urbano que el padre de Adolfo inició, con la construcción de centros comerciales y exclusivos residenciales de jardines grandes y ordenados.

Ellos vieron nacer un vecindario que se llenó de supermercados, gimnasios, cines y una invitadora variedad gastronómica mundial.

Los residenciales se acorazaron luego tras altos muros, para preservar su privacidad.

La vieja casona, una joya arquitectónica victoriana, protegida de esa vorágine por su distancia de la calle principal, se escudó en el ambiente de finca cafetalera, que la conserva como si el tiempo no pasara en ese edén.

La resguarda del ruido externo, un bosque de añosos árboles que cantan con el viento.

A la distancia, una mujer saludó efusiva, me dio un vuelco el corazón.

Como si me leyera, Adolfo me tomó firme de la mano, agradecí que adivinara, requería de esa seguridad.

Nos dirigimos hacia ella. Era Florencia, su hermana mayor.

Me recibió como si nos conociéramos de siempre.

Cordial, amable, podría decir que, hasta cariñosa, para ser nuestro primer encuentro.

En el jardín, bajo una fresca sombra, una larga mesa, muy bien dispuesta, nos esperaba.

—Son doce puestos —dije bajo.

—Ya vas a conocerlos a todos —respondió Adolfo, besando mi mano.

Le sonreí, agradeciendo la importancia del gesto.

—Hay que aprovechar el verano para comer outdoors —enunció Florencia con impecable acento.

Me faltó la respiración al ver el resto de la familia salir a recibirnos. Se presentaron uno a uno, con beso, abrazo y palabras amables, haciéndome sentir como si apenas días antes hubiésemos dejado de vernos.

Me sentí agobiada con los saludos, en tanto un ejército de empleados disponían fuentes y bebidas en la mesa.

Luego divisé a la matrona, avanzando sin prisa.

Pisaba categórica. Pedí fuerzas para soportar a esa mujer hermosa y refinada, de expresión seca, algo intimidante.

Doña Olga se detuvo a distancia. Esperó.

Nos acercamos casi reverencialmente y ella, con una voz fuerte y asentada, saludó con amabilidad.

Al sonreír sus facciones se suavizaron, transformándola en una persona distinta a la mujer severa de segundos antes.

Superado el último y mayor reto, conseguí relajarme.

Florencia y Valeria reservaron para mí un espacio entre ellas. Adolfo expresó su resignación.

—Ya veo que tendré que irme acostumbrando al sutil secuestro de mis hermanas.

Y tuvo razón, en toda la velada no me dejaron un segundo. Querían indagar acerca de mí, de mi familia, de mi vida. No quise guardarme nada, era ese día o nunca. Mi nuevo lema era la estrategia de transparencia, fueran cuales fueran las consecuencias, y lo ejercí como un derecho ese día.

El convite resultó muy agradable y alegre. Para el postre y el café, entramos a la casa. Tanto por fuera como por dentro, descubrí una verdadera pieza de museo. Conservaba muebles, cristalería, alfombras y detalles, de épocas muy lejanas, certificando la historia familiar.

Al final del día, terminada la reunión, me despedí de doña Olga, mis cuñadas, como se refirieron a ellas mismas desde el primer momento, sus maridos e hijos.

Florencia y Valeria manifestaron “lo encantadas que estuvieron de conocerme”, la madre se limitó a sonreír levemente, asintiendo con un discreto movimiento de cabeza.

Antes de marchar, me convidaron a su café de cada miércoles, insistiendo en que nunca necesitaré invitación.

—Ya sabes que cada miércoles nos vemos a partir de las tres. No requieres avisar. Los guardas ya saben que vienes y no necesitas anunciarte, eres familia.

Acepté gustosa. Disfrutar de su agradable compañía, de esta casa bellísima y de la extraordinaria propiedad, era algo muy atrayente, quizá no cada semana, pero sí con moderada frecuencia.

De regreso, Adolfo destacó lo bien que me recibieron, “lo bien que me porté” y lo importante que fue para él que me conocieran.

Aprovechando su buen ánimo, le pedí ser más comprensivo y respetuoso con mis amigos, aclarando que entendía su intolerancia.

—Quizá por falta de contacto, algunas diferencias pueden resultarte amenazadoras —lo excusé.

—No seas “neciesita”. Son temas sin ninguna relación. Ellos no son tu familia —dijo sin despegar la mirada del camino.

Neciesita, qué ambigua manera de descalificar endulzando la desvalorización.

Me chocó. Nunca fui necia.

—¡Claro que son mi familia! Más que eso: son mi familia elegida. Por eso tienen tanta importancia para mí —enfaticé.

Quise hacerle ver que se trataba de comportarnos según la importancia que cada uno da a su grupo.

—Mis amigos forman esa familia que, a diario, nutro amorosamente.

Lo que doy, recibo, todo lo devuelven. Nos damos cuanto tenemos, y, sobre todo, lo que somos, en ese espacio seguro que hemos construido.

Aunque en ocasiones no he sido consciente de lo que valgo, ellos lo saben y lo alimentan.

Con ellos puedo hablar de lo que sea sin juicios, sin pretender que “hago lo correcto”, sin ocuparme de “la buena imagen” ni de lo que pensarán los demás.

—Exageras —es todo lo que dice.

—Mis amigos son más que hermanos, son mis confidentes, mis cómplices, quienes me conocen mejor en el mundo —añadí, con un nudo en el estómago por el abandono en que los tenía, de nuevo…

Aunque lo noté incómodo, no quise entrar en polémica. El día estuvo hermoso y esa conversación podía esperar.

—Si quieres el miércoles le dices a Pepe que te lleve directo del trabajo a casa de mamá, así no tienes que conducir por la noche, de regreso —apuntó, ignorando mi conversación.

—Gracias. Te confirmo. Aún no sé cómo anda mi agenda —expresé confundida, por la forma abrupta en que cambió el tema.

—Al llegar revisas —insistió.

—Claro —respondí, sin tasar la presión que intentaba poner.

A partir de ese encuentro, las visitas de los miércoles se hicieron frecuentes.

Me gustaba pasar esos ratos con las mujeres de la familia y las sobrinas, que ya me llamaban tía.

Esto me parecía ajeno y confuso, pues en mi familia nos llamamos por el nombre, sin la distancia que implica ese tratamiento jerárquico que pone distancia entre generaciones.

Las reuniones semanales, además de agradables, estrecharon lazos y llegamos a tener gran cercanía y mucho cariño entre nosotras.

Al final de cada miércoles, Adolfo llegaba para invitarme a cenar, ir al cine o a mi apartamento. Alguna vez, lo unimos con un fin de semana privilegiado, alargado por un feriado, y nos íbamos a pasarlo juntos, apartados del mundo.

El vínculo íntimo, era muy fuerte y, tengo que admitirlo, no podía dejar de compararlo con aquel exmarido aburrido y poco efectivo en la cama. Adolfo, por el contrario, era un amante intenso, estimulante y fogoso. Para ambos, vernos y desearnos, era instantáneo.

En esas encerronas carnales, me aparté cada vez más de mis amigos, de mi entorno y hasta de mí misma.