Tras Mi Noche Más Oscura (Historias de Vida) 10
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En una mesa delicadamente puesta, bajo la sombra fresca de una pérgola que derramaba su perfumada cascada de madreselvas en flor, Adolfo esperaba.

Al verme se puso de pie, recibiéndome con su maravillosa sonrisa.

En la fragante terraza con vista al jardín, aunque halagada con sus muchos detalles, estuve cortante, había descubierto que esa actitud de niña dolida lograba resultados y comencé a usarla a mi favor, sin olfato para saber que era maestro del juego.

Un temible juego que se revelaría de maneras inadvertidas.

Estuvo encantador, como siempre: la comida estupenda y la orquesta de cámara, por petición suya, interpretó “nuestra música”, o al menos la que Adolfo iba definiendo como tal, y yo lo permitía, sin percatarme de que era parte de sus estratagemas.

Habló de los mil y un problemas de las empresas, del por qué estaba irascible la noche anterior y de lo importante que era yo, su único balance en ese mundo externo, tan ajeno a “lo nuestro”.

Todo me pareció aceptable y le creí. Creí también en la importancia que me daba y en ese supuesto lugar que yo me estaba ganando en la ajetreada y compleja vida de este hombre, codiciado por todas. Pero era mío, y eso me embelesaba.

Con tanta atención, no tenía un minuto para nada más que no fuera Adolfo y sus decenas de actividades.

Cada día un lugar más lindo que el anterior, por las tardes y noches, y los fines de semana solo con él.

Ya ni conducía a mi trabajo, Pepe, su incondicional chofer, hacía ocho años, era quien me liberaba de la carga cada mañana y por las tardes.

Descubrí lo descansado que era no conducir en el tráfico cargado de las horas pico.

Me dediqué como nunca a construir esta relación que veía con tanta plenitud de futuro, sin dimensionar el abismo que Adolfo interponía entre mis amigos y yo.