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Una sincrónica llamada de Emilia, como siempre sucede entre nosotras, me hizo reaccionar. Después de preguntar por mis cosas y algunas banalidades, hizo un justo reclamo por el abandono:
—Esto no es sano, Mariana. Las parejas pasan, pero la familia, sobre todo la elegida, los amigos, estamos siempre, en las buenas, en las malas y, sobre todo, en las peores —alegó.
Y aunque de momento lo tomé como una protesta sin sentido, Emilia me hizo caer en razón.
—Desde que empezaste a salir con Adolfo nos relegaste —aseveró.
Mili no entendía. Él no era para mí una pareja de paso, por el contrario, se revelaba como esa persona especial con quien compartiría la vejez.
Esa expectativa me llenaba de ilusión. Pero me di cuenta de que había abusado al asumir que ellos “entenderían”, así que propicié una de nuestras habituales reuniones, como la ocasión perfecta para que conocieran a Adolfo, incluirlo en nuestro grupo y a ellos en mis nuevas actividades sociales.
Aún faltaba que pasaran muchas cosas para aceptar cuánta razón tenía Emilia.
Lo invité, y, a regañadientes, rebuscó excusas para acompañarme e intentar disuadirme. Accedió cuando lo liberé de mis súplicas, aclarándole, con psicología inversa, que no era requisito su presencia.
—No te preocupes, no tengo problema en ir sola. Total, es mi grupo. Son amigos a los que conozco hace muchos años. Esta es una reunión como decenas anteriores.
—¿Y cómo a qué hora regresas?
—No tengo idea —dije neutral—. Tenemos hora de inicio, pero nunca límite para terminar.
Ante esa respuesta, de inmediato aceptó acompañarme.
—Bueno, vamos, pero un ratito. No sé cómo me sentiré entre gente tan joven —arguyó dudoso.
En efecto, la diferencia de trece años era algo para considerar. La música, la moda, el vocabulario, todo era dispar entre nosotros. Yo no le daba importancia a ese detalle, me estaba enamorando de su espejismo y desatendía señales que entonces no me resultaban claras.
—Tranquilo, si te aburres te vas, yo encontraré quien me traiga. O me quedo a dormir donde Emilia —expuse con naturalidad, sin sospechar en aquel instante las intrincadas conjeturas que especulaba su embrollada cabeza.
Casi al momento convenido, Adolfo me previno que iba a darse un baño y se tomó demasiado tiempo. Por su retraso, pasó por mí más de una hora después de lo acordado.
—No te parece que vas “demasiado arreglada” para una reunión de amigos —apuntó.
Me reí.
—Es el reflejo de mi pareja— comenté para halagarlo.
No pudo más que sonreír.
Cuando llegamos al condo de Emilia, el ambiente estaba alegre y ruidoso.
Me recibieron con gran alboroto, teníamos casi tres meses de no vernos.
Les presenté a Adolfo y la acogida fue inmediata, no así por parte de él.
Enfrascado en sí mismo, con los brazos reciamente cruzados sin compartir con nadie, se recluyó en un sillón, empeñado en mostrar su incomodidad.
Yo, desenvolviéndome como siempre con mis cómplices, no le presté atención.
«Ya está grandecito para circular por una reunión de apenas seis personas», pensé.
De repente lo sentí detrás, muy cerca. En tono seco y con secretismo, murmuró algo a mi oído.
La música no me permitió entender. Le pedí que me repitiera. Me tomó firme por el antebrazo y apretándolo enérgico, aplastó entre dientes:
—Ese cabro te gusta…
Le pregunté cuál era el supuesto “cabro” que me gustaba.
Cabro, qué palabra chocante, no calzaba con la imagen que me había formado de él.
Se refería a Ramiro, mi amigo artista: reconocido pintor internacional y dibujante insigne.
Presumo de coleccionista con sus obras, con las que tengo tapizado mi depa gracias a los precios “de oferta” que me hace y porque me permite pagarle a largos plazos sus cotizadas piezas.
Al escucharlo se me salió una sonora carcajada.
Era ridículo lo que decía, aunque no tanto.
Ramiro es uno de esos tipos que me llevaría a la locura si tuviese algo con él.
Es un amigo incondicional, y, al mismo tiempo, la peor pareja imaginable.
Su ego de artista consumado le impide relacionarse, no sabe cómo dejar de lado esa especie de autismo emocional que le ha estampado su exuberante creatividad y la vida bohemia, y, por lo mismo, es un infiel consagrado, aunque, como no tiene pareja establecida, tampoco es justo afirmar eso.
Como amigo es un tesoro, como pareja, impensable.
Años atrás me propuso intentarlo, mi respuesta fue tajante: «Elijo conservar al amigo.
No soportaría terminar una relación amorosa contigo y distanciarnos para siempre».
Adolfo no estaba del todo desacertado, pues de mi admiración por Ramiro surgían pavesas que en ocasiones amenazaban con deflagrarnos sin aviso, pero nunca cedí a la hermosa tentación de ese hombre atractivo, ilustrado e informado.
Con tanta lectura y tanto mundo, que hace que una conversación siempre resulte edificante y deliciosa, eternamente inolvidable.
A pesar de lo atrayente y de sus muchas cualidades, lo miro y me felicito por elegir valorar al amigo incondicional de forma perdurable.
—Y esos dos ahí, ¿qué? —preguntó displicente.
—Esos son Otto y su novio, Manu.
—¿Su novio? —reaccionó desconcertado.
—Sí, una pareja admirable. Tienen doce años juntos. Otto es arquitecto y Manu, abogado. Ambos destacadísimos en su campo —añadí ignorando que atizaba las defensas de Adolfo.
—¡Esto es mucho para mí! solo falta que comiencen con arrumacos. No quiero ver eso, ¡nos vamos! —afirmó alterado.
El comentario me chocó y su “orden de salida”, más.
—No, yo me quedo —respondí desafiante.
—¡Nos vamos! —insistió, tirando fuerte de mi brazo.
La reunión se paralizó.
En pleno, todos se pusieron de pie.
Le resté importancia a su agresión, disimulando frente a ellos.
Para evitar que la escena escalara, me fui con él.
De camino le reclamé por su impertinencia.
Adolfo no respondía, me ignoraba de una manera ofensiva, conduciendo con la mirada fija, encorvado, muy cóncavo sobre el volante.
Cerrado, impenetrable. Al llegar a casa bajé del coche, y, sin despedirme, reventé la puerta.
Él arrancó a toda velocidad dejándome abrumada, en confusiones que se precipitaban desde todos los filos de mis inseguridades.
Esa noche me costó conciliar el sueño.
Desperté el sábado, a media mañana, y vi que tenía más de veinte mensajes en mi teléfono, todos de Adolfo. Mensajes de amor, de culpa, disculpas, explicaciones y promesas.
En un irreal triunfalismo una vez más lo excusé, aceptando su invitación a un exclusivo brunch. Eso sí, le previne que llegaría en mi coche. Por mucho que insistió, no acepté que pasara a buscarme.
No sabía entonces que, en mi intento por imponerme, él marcaba con fuego futuros reclamos en mi piel.