7
El domingo, tras una larga despedida de Bárbara y reconocer sus cualidades como anfitriona, fuimos hasta el auto.
Mi equipaje y el sombrerón que nunca usé, pues no leí ni una letra, estaban con sus cosas.
Le pregunté por los amigos, Adolfo solo señaló con un breve levantamiento de mentón.
Noté entonces otra camioneta que simplemente amaneció al lado de los otros coches, en ella se irían sus amigos con Pepe, su chofer.
Adolfo quería que regresásemos solos. Me despedí de cada, especialmente de Rita, agradeciéndole el transporte, a las chicas por su agradable compañía y “por el gusto de conocerlas”, y a los amigos de Adolfo, por tantas atenciones.
Lo hice con deferencia, dando tiempo y dedicación a cada persona, mientras él esperaba con la puerta del auto abierta.
Cuando entré, dio un fuerte portazo y algo de la magia desapareció.
Le pregunté de dónde venía su molestia y arremetió contra mi “desconsideración”, reclamando haberlo dejado esperando, ”con cara de pendejo”, mientras el aire acondicionado se escapaba de la cabina. Yo me reí, pensé que era una broma.
—Es cierto —respondo a Emilia, aceptando por primera vez—, no supe ver el principio de una serie de eventos inadmisibles, aparte de mi confusión, claro.
—No solo no es guapo, es horroroso —insiste.
La miré de frente.
—¿Tanto así? —inquiero con dudas—. Siempre se ve tan bien, viste tan bien, huele sabroso…
—Pues viste muy bien, huele bien, pero es puro adorno.
Con la plata que tiene, menos mal que la usa con buen gusto para esos detalles, pero el decorado no tiene nada que ver con lo que es —remarca—.
Quítale la ropa, los lentes, zapatos y todos los detalles de marca e imagínate qué queda…
Y hablamos solo de cómo se ve. Ahora sácalo de ese contexto y analiza la manera en que se comporta.
¿Por qué será que escoges tipos tan feos?
Me refiero a tipos realmente feos por dentro…
Sus palabras me golpean.
El sapo salta a la escena hurgando dolores viejos.
—Ciertamente no es el más guapo de los guapos, pero la apariencia no lo es todo —me defiendo.
—Ahhh, habló la salvadora —interrumpe—. No es eso. Es su agresividad. Esta es una historia para escribirse. Aquí es cuando se manifiesta aquella frase: “la realidad supera la ficción”. Y la tuya, ¡qué culebrón! Saliste viva de milagro, querida. ¿Será que no te sientes digna de elegir mejor?
Su frase me avasalla. Emilia habla con razón.
Hoy me duele haber pasado por tanto. No lo necesitaba… ¿o sí?…
¿Cómo es que volví a caer en una situación como la anterior?
¿Cómo un nuevo sufrimiento me atropelló con esa intensidad? Quizá porque lo necesitaba, lo repetí.
Aquella segunda noche en casa de Bárbara tenía claro que no deseaba irme a la cama con él. La recomendación de Georgina era prudente y realizable: «No establezcas una relación hasta, al menos, dentro de un año».
Al principio me pareció simple de cumplir, pero el espejismo de Adolfo me hizo temer derrochar la atención en exclusiva que me daba. No quería perder esa manera extraordinaria de ser vista.
En todo el camino de regreso Adolfo no habló.
A un par de comentarios míos respondió gruñendo monosílabos.
Dejamos las carreteras rurales y al tomar la vía rápida, condujo a toda velocidad.
Demasiada. Me sentí asustada e insegura.
Abrí la ventana para sentir el aire en mi cara y desde su puerta la cerró, molesto por perder la temperatura del aire acondicionado.
Me confundió su cambio de actitud, tan opuesto a la celebración que me hizo a la venida por un acto igual.
Fue brutal.
Cuando llegamos a mi depa hizo intento de subir mis cosas, no acepté. Estaba molesta, no disimulé. Quiso besarme y lo esquivé. En el ascensor, reflexioné si con este exabrupto se mostraba como era, o si el otro, el humano, era él.
8
A la mañana siguiente abrí la puerta para salir al trabajo y un arreglo floral de perfumadas rosas blancas, exquisitamente adornado con follaje y minúsculas florecillas que parecían flotar, me esperaba en el pasillo.
Era enorme y obstruía el paso. Me turbó pensar que para nadie pasara desapercibido.
Leí la tarjeta: “Gracias por este fin de semana inolvidable. Espero que sea el principio de algo eterno. Te invito a celebrar la vida este viernes”.
Lo cargué con dificultad, pero era tan grande que lo dejé en el suelo.
Antes de cerrar la puerta le envié una sonrisa a mis flores, que cumplieron su níveo mensaje de “señal de paz”. Consideré aceptar su propuesta.
En mi oficina, un arreglo mayor me esperaba en la mesa de la salita. Las miradas inquisitivas y pícaras de mis colaboradores, me sacaron una carcajada que disipó cualquier resabio de resistencia, convencida de que le había dado una pequeña lección de “buen trato” con mi enojo, al no dejarlo subir.
Me felicité, orgullosa de marcar límites.
Ese fue el inicio de una época estupenda: me sentí atendida, especial.
Por primera vez alguien me prestaba atención, y no cualquier persona, se trataba de alguien conocido y destacado, lo que resultaba aún más fascinante.
Pasé a tener un séquito para solucionar hasta mis más pequeñas necesidades, lo que era impensable en mi anterior realidad.
Compartir con ese hombre encantador, dedicado a resolverme cada detalle, siempre atento al mínimo comentario para darme un regalo o llevarme a un sitio que se me antojaba visitar, resultó un giro opuesto en la sintonía de mi mundo.
La vida podía ser distinta, ¡y lo estaba descubriendo!
Pero mi falta de madurez afectiva y mi invariable necesidad de llenar mi soledad, no me dejaron ver entonces lo que esto acarreaba.
Solo me dejé cegar por el espejismo de sentir completados mis vacíos: no me faltaba nada y me gustaba la impresionante transformación de mis circunstancias, al convertirme en el eje del mundo de alguien.
Por los siguientes meses buscábamos vernos en cuanto el trabajo lo permitía, en realidad, me refiero al mío, era yo quien debía cumplir con un horario de lunes a viernes, contrario a Adolfo, como gerente y propietario de las empresas familiares, gozaba de total flexibilidad.
Por insistencia suya, me declaré enferma algunos viernes, para irnos lejos de la ciudad, a verdaderos paraísos ocultos al ojo común, lo que yo era apenas semanas antes.
Cenas, almuerzos, tardes de café, vuelo privado para un brunch en la playa y regresar para estar a tiempo en una reunión esencial, todo estaba ahora en mi agenda y me encantaba navegar en esa exuberancia, amoldándome con comodidad.
En medio de tanta vida social, comencé a extrañar a mis amigos.