Tras Mi Noche Más Oscura (Historias de Vida) 6
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Emilia resopla, no es buena señal. La conozco, Me lee con certeza, me conoce mejor que yo. Es capaz de anticiparse cuando ni siquiera he tomado decisiones, es quien sabe por dónde me inclinaré. En ocasiones me intimida saber que no puedo mentirle. Ella es mi persona más cercana.

—Fue un salto al vacío. Demasiado pronto. Te pasaste de inocente… —reclama Emilia, mi prima.

Más que prima es mi hermana elegida, mi amiga, mi mayor soporte y mi confidente de siempre.

No puedo contradecirla y me lesiona reconocerlo. Emilia con su característica serenidad, me acorrala con amorosos e irrebatibles argumentos que desnudan mis vanas intenciones de autoengañarme.

Considerando mi experiencia anterior con el innombrable, y contraviniendo los acuerdos con mi terapeuta, sí, fue un salto al vacío sin red de seguridad.

Con Georgina me hice la valiente. No quise reconocer que me entregué a ciegas, como una adolescente ilusionada, sin análisis, sin resistencia.

Me rendí ante aquella imagen de hombre reconocido y no vi más allá de lo que quise ver, más bien, lo que me negué a ver…

me dejé conquistar… engañar como una boba.

Tampoco comenté con nadie que Rita me lo vendió bien: «No son exactamente una familia de políticos, son ellos quienes ponen políticos en cargos de diputados, ministerios, ¡en la presidencia!

Es atractivo, elegante, encantador, y como si fuera poco, ¡tiene toda la plata del mundo!

Es de las familias más ricas del país». Ser notada por un tipo así, a quien no hubiera conocido de no ser por aquellas forzadas circunstancias, me generó una súbita expectativa de otro futuro.

De pronto llegó una oportunidad en un millón, que volcaría al extremo opuesto, mi triste y frustrante experiencia previa, con aquel marido mantenido, bueno para nada.

Rita maquilló las inesperadas circunstancias de una manera ineludible: «Es sin duda obra del destino.

No es casualidad, es una cauuuusalidad que se te muestra clara», dijo subrayando con una u lobuna y chillona.

No quise admitir esto ante Emilia, me rehusé a que juzgase mi frivolidad por escuchar las palabras de Rita.

Rita, nada menos que Rita, la mejor amiga del innombrable.

Hablando claro, no fue Adolfo quien me impresionó…

me dejé impresionar por lo que escuché de Rita.

Luego me sentí especial al ser su elegida, al verme tomada en cuenta por ese hombre inalcanzable.

—Pero no estaba del todo errada, aquella primera noche fue hermosa, romántica, sensual —apunto—. Conocí un hombre dulce y cariñoso, engalanado con unas habilidades para el sexo que yo nunca había imaginado. Eso fue determinante —expreso en mi defensa.

—Estaba de cacería y caíste porque necesitabas creerle. ¡Cómo no ibas a llamarle la atención, si eres preciosa! Todos te miran cuando entras a cualquier lugar. solo tú lo niegas y no lo notas.

Sus palabras me incomodan. Lejos de creerle, me agudizan las inseguridades. Hoy, menos que nunca, me siento bonita.

—En aquel cortejo invasivo y manipulador, no podías leer su ego inflado.

Te mareó con su danza macabra —continúa—.

No viste lo que nosotros notamos desde aquella primera noche en que lo conocimos.

Es un tipo irrespetuoso, duro, inflexible y dominante.

Impone sus deseos y necesidades sobre los demás, sin ningún reparo.

Así maneja su minúsculo mundo, Mariana. Fuiste una presa difícil y no podía permitirse fallar.

Yo no sé, no es mi especialidad, pero pregúntale a Georgina, probablemente te dirá que es un narcisista

Tengo que admitirlo, todo eso se me cruzó por la cabeza, pero lo vería hasta mucho después.

Sin embargo, en aquel primer encuentro en la playa, lo que me doblegó fue la transfiguración de su séquito al ser atendida como él.

Fue muy cómodo no buscar un vaso, recibir amables ofrecimientos de bebidas o comidas.

Tener el mejor lugar en la mesa, en la terraza, en el restaurante, en el yate.

Y claro que ese giro me gustó. Esa vida novedosa me sedujo.

—Ni siquiera es guapo —añade mi-Mili, buscando mi mirada.

No le respondo, mis ojos la evitan. No voy a admitir que empezó a ser atractivo cuando conocí algo de su “currículo familiar”, y me enredé en el laberinto que Rita tejía para mí.

Y esa maestría al amar en la que me aprisionó…

convertida en una adicción que me haría ignorarlo todo, perdonarle todo, disimularle todo.

Ante la menor desavenencia, la reconciliación se daba ardiendo de esa manera fascinante.

En muy poco tiempo Adolfo me descifró con exactitud, y me alucinaba la forma en que conducía cada reconciliación, con la sutil y envolvente estrategia de un cazador.

Sin darme cuenta cómo ni cuándo, en algún momento comenzó la infantilización. Me hablaba como a una nena y yo respondía de igual forma, feliz, al ser tratada como mi niña nunca lo fue. Y fui cayendo lánguidamente, sin sentirlo, y acepté su desvalorización disfrazada de cautivante cortejo.