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De regreso, en la casa, motivada por la reunión, bajé mis armas y charlé con Adolfo.
Compartimos la hamaca king. Se mostró afable y simpático, y reímos distendidos, con el mar de chaperón.
Cuando menos lo esperaba, quizá por los tragos, más su natural encanto, empezamos a besarnos.
Yo me entregué con tal intensidad a aquel besador incomparable, que tuve un orgasmo sin más estímulo que esos besos.
Esto nunca me había ocurrido. Me sentí desconcertada, temiendo que él pudiese haberlo notado.
Y claro que lo notó. Por esa razón no paró de besarme cada vez más profundo, más intenso, más invasivo.
Deliciosamente invasivo. Sorprendida de la sensualidad que este hombre avivó en mí, me lo permití.
La claridad de la mañana me despertó. Confusa, descubrí que seguía en la hamaca, con Adolfo a mi lado.
Adormilada me escurrí silenciosa hacia la habitación, no quería que toda la concurrencia se enterara, como si fuera posible evitar que mis compañeras de habitación no hubiesen advertido mi ausencia.
En mi sigiloso camino me topé con Toño, frustrándose así el intento por cubrir mi rastro.
Sin duda Bárbara sería la primera en saberlo.
Las chicas dormían profundo. Entré de puntillas y me metí en la cama, acallando el sobresalto de mi corazón a punto de saltar fuera del pecho, con una sabrosa ilusión recorriéndome el cuerpo.
El desayuno estuvo matizado con sonrisas, miradas frívolas y comentarios pícaros.
Adolfo llegó un poco más tarde a la mesa.
Se presentó fresco, impecable, vistiendo un atuendo de lino claro, elegante y casual, que lo distinguía de las camisetas gastadas de sus acompañantes.
Se sentó a mi lado y el entorno desapareció en ese instante.
Nuestra conversación fue liviana, como si estuviéramos solos.
Nada de lo que ocurría alrededor existía.
Eso me llenó de una completitud desconocida.
El día se hizo lento, su cercanía física me despertaba esa excitación incomprensible.
solo esperaba tener un momento a solas para besarnos nuevamente y alcanzar ese clímax novedoso para mí.
Fuimos en grupo a la playa, compartimos una divertida excursión en catamarán, pero yo simplemente anhelaba besarlo de nuevo.
De regreso, después de una refrescante ducha, llegó la hora de los cócteles. Justo antes de cenar, me invitó a ver el mar desde su balcón. De los invitados, únicamente Adolfo no compartía habitación, Bárbara le había asignado una con un ventanal amplísimo al océano extenso y sereno.
Subimos con un par de whiskeys y en la baranda del balcón, se oprimió contra mi cuerpo, desde atrás, leve.
Con ese suave contacto empecé a desfallecer.
Le correspondí reclinándome contra su miembro firme.
Lo dejé estimularme sobre la ropa y frotarse contra mí.
Empapados de ganas, me cargó hasta la cama y nos amamos, culminando con una penetración profunda y cadenciosa, sin dejar de mirarnos.
Yo experimenté, por primera vez, una consecución de orgasmos, que pensaba era solo literatura, pero lo estaba viviendo de una manera real y maravillosa una y otra y otra vez.
Adolfo se apoderó de cada parte de mi cuerpo y yo se lo entregué sin reservas.
No bajamos a cenar. Nos devoramos la noche entera.
A la mañana siguiente, desperté tarde y noté que mis cosas aparecieron, como por arte de magia, en su clóset y en su baño, en el mismo orden en que las había colocado en la habitación que antes compartía con las chicas.
Durante el desayuno no hubo más picardía ni bromas. Algo había cambiado en el trato que me daban y no me molestó sentirme visible.