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Me alegra que, ante una sugerencia de Bárbara, se “neutraliza” el ambiente. Con su particular estilo, ha propuesto-impuesto un par de reglas que aplaudo y apruebo:
—En presencia del ala femenina del grupo —enfatiza—, se suprime hablar de política y de trabajo —dice circulando un severo índice y su mirada desafiante, por cada macho.
Le sonrío y ella me responde con un guiño cómplice.
Con su gesto me gana y así le cedo completo el territorio, colocando a Adolfo en mi margen de “lo que no será”.
Al fin y al cabo, mi objetivo era venir al mar y aquí estoy.
Son interesantes las sutiles lecciones que aprendo de esta mujer fuerte, segura y directa.
Su modo imperial de mandar deja de incomodarme, por el contrario, comienza a parecerme divertido ver cómo estuvieron anuentes a cumplir, hasta el patrón.
Yo estaba cayendo en el juego de Rita y sus expectativas de vida de procurarse un buen partido, que no coinciden con las mías.
Quizás rechacé el modo de mandar de Bárbara, pues, de alguna manera, toca la fina piel de mis inseguridades.
He avanzado, pero apenas comienzo la travesía para dejar de sentirme atacada por lo externo.
Pierdo la tranquilidad ante detalles pequeños que, luego, vistos a distancia, eran simples de resolver o incluso de ignorar.
Muchos ni me concernían, pero en varios momentos necesité hacer “algo para que alguien no se molestara”.
Mi actitud defensiva me disgusta, sé que la acarreo desde muy atrás.
Es un tema decenas de veces tocado con Georgina, pero todavía se asoma cuando menos lo espero, o lo que es peor, cuando menos lo quiero…
¿Será que algún día podré liberarme de esa carga emocional?
Me empeño, de verdad me empeño, y cuando fallo, me frustro, me derrumbo ante circunstancias que despiertan tristezas de infancia.
Ahora al menos las puedo identificar. Conozco un poco mejor a mi niña alegre, tan poderosa que no exponía sus dolores.
Ignorarlos era mi vano intento por disminuirlos; reconocerlos habría hecho más grande el vacío que me ahuecaba por dentro.
Valorar nuestras diferencias, hace que Bárbara empiece a caerme bien, es tan ella en su forma de ser, en su forma clara de hablar, de mandar, de persuadir sin derecho a réplica: cero persuasión, pero en ese aparente tono de broma, da órdenes inflexibles y consigue sus objetivos.
Vencida por el calor voy a la hamaca ancha que me invitó desde que llegamos. A punto de conciliar el sueño, la voz de Adolfo me aviva.
—¿Te importa si compartimos la hamaca?
Lo miro. Lo tomo a broma, pero veo que habla en serio. Pienso que dormir juntos la siesta es demasiado íntimo.
—No comparto mi espacio —respondo seca.
De inmediato me juzgo: actué mal y debo resolver. Al segundo siguiente identifico que es solo mi constante necesidad de complacencia. Escucho las palabras de Georgina, y me debato entre “quedar bien conmigo o con los demás”. Este hombre que ahora me parece encantador, no sé si merezca este trato.
En nanosegundos me llegan mil detalles de mis años de terapia: «Alerta con las excusas de ese comportamiento que te coloca en la última fila.
Actuar como no lo has hecho, es lo que va a marcar la diferencia.
Elige: eres tú o los demás», en este momento no sé si tirar a Georgina por la borda o usarla como escudo.
¿Podré ser capaz de colocarme al fin de primera?
La incertidumbre se revuelca en mi cuerpo y me traslada años atrás, mis oídos reviven los reproches por no tener la casa impecable, ante un mínimo detalle olvidado.
Ese fue un trato injusto, ahora lo sé. Pero en aquel momento mamá me hacía sentir inútil, inadecuada, y yo no podía más que rendirme a la humillación interminable, a su rechazo constante “por no hacer nada, por no servir para nada”.
Era desestimulante, porque yo la esperaba al final del día con verdadera ilusión, orgullosa por haber hecho mi parte, al regresar del colegio, para que encontrara la casa perfecta, y el cansancio del cuerpo me decía que sí, que había hecho algo palpable.
De verdad había trabajado mucho. Me gustaba sacudir, barrer, sacar brillo al piso y tenerle la cocina impecable, para que ella no tuviera nada que hacer y descansara.
Mamá nunca me lo pidió, fue un trabajo que yo asumí porque los resultados me satisfacían.
Ella trabajaba todo el día y, aunque ganaba muy bien, yo quería corresponderle impidiendo que pagara el salario de una mujer de limpieza.
Sabía que la cuota de la hipoteca era alta y no quería que gastase más.
Por otro lado, estar sola en la casa ordenada, olorosa a limpio, y ver la luz de la terraza reflejarse en el piso brillante, con el canto de mis pájaros y el follaje susurrando al atravesarlo el viento, era mi deleite mayor.
Gozar de tanto orden y de ese tiempo silencioso a solas, era un privilegio privado.
Así aprendí a vivir conmigo, fue una experiencia incomparable.
Quizá por eso vivir sola es para mí, sinónimo de plenitud.
Me cuesta entender a algunas compañeras de trabajo que se quejan de soledad, yo lo veo como autonomía.
Mi apartamento es amplio, luminoso, ordenado.
Aunque llegué a pensar que sería una pareja quien me complementaría, no me veo compartiéndolo, ni reclamando para mantener el orden o negociar quehaceres, pero más que el espacio, es mi vida independiente mi más preciada elección.
Amo mi día a día, casi todo es como soñé…
—Tanta reflexión es preocupante. ¿Me invitas? —insiste.
—Tranquilo, te la cedo. Yo voy a darme un duchazo y a cambiarme. Hace demasiado calor —digo intransigente.
Lo dejo plantado con tal cara de confusión, que hubiera dado lo que fuera por registrarla en una foto. Escucho las voces lejanas de su círculo de machos, bromeando por mi desdén.
Tras una ducha larga y una siesta relajante, al final de la tarde me uno al grupo: están jugando cartas, no sé qué jugarán, nunca he sido aficionada, difícilmente medio juego ron.
—Sálvanos Mariana. Adolfo nos está apaleando. Lo peor es que estamos apostando y vamos a quebrar la alacena de Bárbara —suplica Rita mostrando su pequeño puñado de garbanzos, frente a la montaña que ha acumulado Adolfo.
Él sonríe bribón. Mientras baraja las cartas como un crupier profesional, balancea un cigarrillo apagado entre sus labios.
—¿Fumas? —pregunto, con una solapada esperanza de encontrar al fin una excusa para darle el alto definitivo.
—No, es parte del personaje. Para jugar, apostar y ganar, hay que tener la energía de un cigarrillo. Pero como no fumo, sostenerlo es suficiente.
Toño se acerca y dice algo al oído de Bárbara.
Ella se levanta y anuncia que el juego ha terminado, pues los cócteles esperan en la terraza para ver el atardecer.
Sin perder un segundo me adelanto, quiero elegir una silla individual y evitar así otro intento para “compartir el espacio”.
La casa, ubicada en la punta de un alto risco, tiene vista total al atardecer.
Este, como todos los ocasos del verano, se enciende espectacular.
Me sumerjo en el hechizo de sus colores ardientes.
—Maravilloso, ¿verdad? —la voz de Adolfo me saca de la magia.
—Sí —no digo más.
—Cuando oscurezca vamos a bajar al pueblo para cenar en un italiano que tiene un deck frente al mar. Es el restaurante de un reconocido chef internacional que vacaciona aquí todos los años.
—Yo prefiero quedarme —me excuso— quisiera disfrutar el arrullo del mar, sola, pensando en nada.
—Pero, ¿cómo me vas a hacer ese desaire?
—Qué pena que lo tomes personal. Espero que asistir a todas las actividades que planeen no sea obligatorio.
—No, para nada. Dicho de esa forma, creo que tienes razón. Si me lo permites me quedo a hacerte compañía.
—No, gracias. Lo que quisiera es estar sola.
—En tal caso, yo podría hacer como que no estoy.
—“En tal caso” —reitero irónica— prefiero ir al restaurante —añado orgullosa de mí al liberarme de la manipulación.
Se nota desconcertado.
En el restaurante me felicito por cambiar de decisión.
El lugar es precioso: una terraza que alberga solo una larga mesa para dieciséis, en donde Paolo, un calabrés menudo y simpático, recibe exclusivamente a sus amigos, ofreciendo un menú de degustaciones, diferente por día, que elabora según se inspire y del que no existe nada impreso.
Cada platillo es en verdad extraordinario.
Estando a la mesa, Bárbara comenta que su amigo ha ganado en dos ocasiones estrellas Michelín, en su restaurante de Toscana.
Para mí, gozar de ese privilegio, es un inesperado regalo de vida.
Cuando se lo expresé a Paolo, en mi rústico italiano, reaccionó con una sincera gratitud.
Besó mi mano y lo tomó como pretexto para invitarnos al postre con su reconocida grappa artesanal.
La sirvió flameada y con los inflamables granos de café, ganándose aplausos y halagos, y se quedó a conversar, haciendo la sobremesa realmente entretenida.
En ese momento no pude anticipar que esa acción inocente, tendría consecuencias.