Tras Mi Noche Más Oscura (Historias de Vida) 2 #2
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Terminamos de comer y nos preparamos para continuar.

Usando sus palabras, Adolfo “se luce”, pagando la cuenta de todos.

Le doy las gracias por su gesto galante.

Ante mis ojos empieza a mostrarse como un hombre delicado.

Eso me gusta y me lleva a analizar mi pasado reciente, el doloroso, el olvidable.

«¿Será que podré cambiar el tipo de relaciones que arrastro?

¿Borrar a aquel hombre dependiente y mantenido, incapaz de un decente gesto de cordialidad?

El inseguro que solo tenía críticas para el resto de la humanidad...

». Rita me ha dicho que le gusto, lo miro de otra forma, Adolfo se empieza a dibujar como un leve prospecto.

Tampoco le quiero dar pensamiento, es prematuro asumir que esto avanzará, pero me encantaría eliminar los lastres que cargo.

Al llegar al coche de Rita, Mario, “Marito”, como le llama el patrón, está en mi sitio.

Me mira y sonríe incómodo, no se mueve, parece un muñeco de queso, tenso, lívido.

Me siento invisible, mi pequeño territorio fue invadido.

No entiendo, he sido desplazada y no hay quien accione a mi favor.

Me cargo de un poderoso impulso para sacarlo a la fuerza, como cuando de niña jugaba a las sillas locas y luchábamos para no perder el asiento, empujando con todo el cuerpo hasta sacar al competidor que nos podría eliminar.

Mario sostiene la sonrisa tiesa, que ante mi presión se ha deformado en una mueca rígida y extraña.

Las cosas se aclaran cuando Adolfo me llama, invitándome a seguir el viaje en su carro.

Es una camioneta europea que vale más que mi apartamento.

Su juego queda en evidencia, es molesto.

—No, gracias. Vine con las chicas y sigo con ellas —asevero contundente.

Rechazo la idea de ser disparada por sorpresa al terreno de un grupo de tipos con quienes no tengo nada en común, nada de qué hablar, o lo que es peor, escucharlos en su tema único por las tres horas siguientes.

Ante mi presión, Mario deja el asiento, recupero el sitio de inmediato, en un instante, Adolfo toma el espacio del conductor.

Se esclarece quién movió los hilos para salirse con la suya.

Esas maniobras de manipulación me confunden, me choca su infantil complot para emboscarme.

No sé cómo reaccionar; sonrío, no quiero hacer un numerito.

Repitiendo “la historia de mi vida”, me rindo ante el qué dirán, al no molestar, a caer bien, a dejar pasar a los demás por encima de mí en algo “sin importancia”.

Es una decepción verme en este trance que me remite a escenas que creí superadas.

Me duelen en el cuerpo como si fuese ayer: el mismo vacío, el mismo pesar, el apocamiento.

Caer otra vez en la incapacidad de decir lo que quiero.

El miedo a contradecir cuando estoy por pasar sobre mí misma, con la aplanadora que conducen viejos fantasmas que aún me paralizan y se interponen en mi toma de decisiones.

—Espero que no vayas a salir corriendo. Parece que quisieras evitarme —dice Adolfo, poniendo en marcha el motor.

—No es eso. No me gustan las imposiciones —respondo sin mirarlo.

—No es una imposición. Elijo la mejor compañía, esos solo hablan de lo mismo —ríe malicioso y muestra una sonrisa que me subyuga.

Las chicas le ríen el comentario, me siento invisible.

—Eso mismo pensé —comento.

—¿Que elegí la mejor compañía? —inquiere interesado.

—Que solo hablan de lo mismo —agrego cortante.

Ese era el momento para aislarme. Conectarme a mis audífonos hubiese sido una señal clara de “no me hables que no estoy”, pero me pareció extremo: una descortesía de adolescente.

—Bueno, empezamos a tener algunos puntos de coincidencia. Eso está muy bien. ¡Vamos, que el sol no espera!

Rocío, Patricia y Ana, aplauden y celebran ruidosas.

No entiendo a qué se refiere con puntos de coincidencia. Lo miro.

Arranca sin dar tiempo al otro coche. Intento despedirme de Rita, no me mira, se le nota la emoción de manejar el auto de sus sueños, y será suyo al menos por las próximas horas, en que disfrutará de ese vuelo.

Como ella, decido gozar el momento y permitirme bajar la guardia, dejar atrás aquel tiempo oscuro bregando por librarme de un hombre que nunca supo vivir solo, ni verse solo, mucho menos mantenerse solo...

«Lo conseguí. Quedó todo atrás al lograr por fin que firmara hace tres semanas.

¡Oh sinvergüenza! ¡Hasta pensión quería!

». Apenas tres semanas en las que por fin me siento yo de nuevo, sin la carga indescifrable de la incertidumbre.

Abro la ventana del coche y saco la cara, dejo al aire arrancarme las expresiones tristes.

Mi rostro se relaja. El viento, duro por la velocidad, me alisa la piel y termina de borrar las noches sin dormir, las ojeras, el cansancio, la amenaza solapada de responsabilizarme por su suicidio si lo dejaba…

«¡Qué agotamiento mental fue todo aquello!

No sé cómo saqué fuerzas para soportar ese peso por tanto tiempo.

Mi terapeuta siempre tuvo razón, mucho anuncio era presagio de nada.

Era la forma de mantener su abuso por culpa y lástima.

Y hoy estoy haciendo algo que nunca hice, viajar a la playa con este montón de extraños y empiezo a divertirme».

Rio. Escucho la risa de Adolfo celebrar mi libertad.

Aunque no tiene idea de lo que viví, me siento aprobada y visible.

En esta nueva etapa voy a redimir mi dolida espontaneidad casi olvidada.

En la autopista, Rita nos rebasa a gran velocidad, Adolfo bromea, no se lo va a permitir.

Comienza una divertida competencia que acorta el camino.

Aun con su destreza para conducir, no puede superar el motor del otro coche.

Rita suena insistente la bocina y aumenta la distancia en la recta interminable.

Se despide sacando una mano y celebra su triunfo desapareciendo en el colorido espejismo del calor

En esa competencia desigual y divertida, Adolfo se mostró afable y simpático.

Su comportamiento, tan diferente al que tuvo con sus adláteres, me hace considerar que quizá se ve forzado, de alguna manera, a mantener un esquema de comunicación basado en la costumbre del trabajo.

Bromea con Ana, Patricia y Rocío, y logra hacerme sentir relajada, divertirme y ¡reír!

, reír como hacía años no lo conseguía, como nunca reí con mi ex, en esa relación defensiva y fatigante, desprovista de comunicación y de afecto.

Llegamos.

A una señal de luces, el bello portón de madera abre sus dos hojas.

Transitamos por una senda de ordenadas palmeras y plantas tropicales, todas en flor.

El césped, verde y cuidado, refresca la vista con su silencioso orden; al fondo, se impone el mar.

La casa es fabulosa, una mansión en las colinas de la playa más exclusiva del Pacífico, en un residencial con acceso controlado, para que nadie pueda asomarse a husmear a los “rich and famous”.

Adolfo no me permite cargar mi maleta, me parece galante de su parte en este mundo de igualdad, a veces llevado al extremo.

No obstante, tres metros después, la entrega a uno de sus acompañantes.

—Esa es Bárbara, la dueña de casa —menciona Rita, levantando las cejas.

La detallo instalada al lado de la piscina, bajo una gran sombrilla rectangular que pende de una sofisticada percha.

La alberca es enorme, su borde infinito se funde sin límite con el océano interminable.

En cuanto nos nota viene a saludar, liba despacio un cóctel de alegres colores.

Abraza y besa a Adolfo, plantando bandera, no deja dudas de su intimidad.

Ante esta toma de territorio, me repliego.

Adolfo nos presenta, la mujer saluda encantadora.

Me mide. Advierto que me escruta, como si intuyera la intensidad con que él me abordó en el restaurante.

No me afecta, pero me revuelca un poco el cinismo de él.

Después de algunas directrices de la anfitriona, voy a la habitación designada.

Como todo en esta casa, la habitación es muy amplia.

Tiene una confortable cama california king y dos camarotes queen muy cómodos, yo solo conocía unos muy angostos, los de la finca del abuelo, creo que ni llegaban a twin.

El enorme dormitorio está planeado para hospedar una familia completa.

Me encanta que tenga dos cuartos de baño y los inodoros separados.

Tomo la parte baja de un camarote. Las chicas se distribuirán en los otros dos y quizá un par decidan compartir la enorme cama.

Sonrío por no ser yo, eso sería involucionar en mi independencia.

La adaptación es mi recién acogido lema y esta prueba será un test de graduación, espero superarlo.

Rita, Ana, Patricia y Rocío compiten por la cama.

Rita gana, compartiéndola con Rocío. Ana y Patricia toman el otro camarote.

Me sosiega saber que nadie me va a zarandear durante el sueño.

Nos cambiamos para regresar a la piscina. Encontramos al resto del grupo de pie, alrededor de una mesa repleta con atrayentes bocadillos fríos, frutas, jugos y cócteles. Bárbara nos presenta a Toño, su mayordomo y único encargado del manejo de los empleados y de la casa.

—Yo vengo a descansar, nada de quehaceres ni preocupaciones menores. Cualquier cosa que necesiten, Toño es su hombre —expresa flotando en la nube de su caftán de seda, que ondula envolvente al sentarse en su sillón. Y lo toma, como una emperatriz a su trono.