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—Voy, vooooooyyyyy —grito desde el balcón de mi depa, que elegí en un piso alto, para gozar sin obstáculos de los imponentes atardeceres.
«Que espere, total, llegó más temprano de lo acordado.
¡Ufff! ¡Qué manera de tocar la bocina! Ojalá alguno de mis vecinos incómodos la eduque».
Recuerdo una ocasión en la que por esa intensidad hice esperar a un tipo como media hora en su carro.
Se bajó furioso. Tan furioso que mostró su arsenal de macho alfa y ahí mismo se fue solo, de regreso a su casa.
Me quiso impresionar y salió trasquilado.
Siento nostalgia de esa yo que fui: ¿dónde quedó mi Mariana fuerte y decidida, la que no necesitaba a nadie?
Definitivamente otro tema para la lista y analizar con Georgina, ojalá, en nuestra próxima cita.
El ascensor no llega. Por un momento casi cedo ante la presión que Rita pretende imponer.
«No voy a cederle mi tranquilidad. Ella llega antes de la hora y quiere que sea yo quien corra».
Respiro. Me sosiego. Bajo con mi maleta y un sombrero que ocupa más espacio que mi pequeño equipaje.
Al llegar al coche, una nueva sorpresa, Rita viene con tres amigas, eso no me lo había advertido.
«Tres cómplices para hacerme miserable el fin de semana.
Me lo merezco por caer en su emboscada».
—¡Holaaaaaaaa! —dicen a coro, con la actitud desenvuelta de Rita.
Sonrío y respondo con un hola corto y una media sonrisa tensa.
Dudo, aún puedo arrepentirme. Ir con sus amigas puede ser mucho para mí.
Demasiada gente, demasiado alegres, demasiada imposición.
No me gustaría tener que compartir la cama…
¡sería un horror! Estoy gozando, por primera vez en años de mi espacio propio, de dormir sola.
En realidad, de volver a dormir, después de tanto insomnio.
No me muevo, sigo deliberando.
—¿Olvidaste algo? —pregunta Rita sin despegarme los ojos.
Retira de mi mano la maleta y la acomoda con las demás, veo que mi sombrero mágico ultra plus size, irá con holgura.
Me alivia ver que, al cerrar el capó, no fue aplastado, es enorme, me encanta porque crea una especie de muro privado para leer sin sol sobre la pantalla e ignorar el entorno cuando no me apetece socializar.
Reconozco su delicadeza: reservó para mí el asiento delantero.
Aunque es una camioneta amplia, no me gustaría ir atrás con dos totales desconocidas.
Señalándonos, dice nuestros nombres: somos Ana, Patricia, Rocío y Mariana.
—Mucho gusto —digo en automático.
Finjo luchar con la hebilla del cinturón para evitarlas. No tengo interés en verlas. Aún no digiero la sorpresa del grupo de dos, aumentado a cinco.
—Igualmente —responden a coro.
Ríen ruidosas por la sincronía, haciendo bromas infantiles al respecto.
—Mariana es una amiga de hace algunos años —apunta Rita—. Teníamos mucho de no vernos. Coincidimos un día de estos en el parqueo del mall y aproveché para invitarla.
—¡Qué buena onda! Bienvenida al clan —comenta Patricia.
—¿Y de dónde se conocen? —inquiere Ana.
—De la vida —responde Rita, escueta.
—Jmmmm… eso sonó a “no pregunten más” —apunta Rocío pícara.
Ríen.
Agradezco su discreción, no estoy de ánimo para interrogatorios.
Sospecho que conocerán al innombrable, o al menos sabrán de quién se trata, es el mejor amigo de Rita, y ellas, amigas desde la secundaria.
Espero estar a gusto en esta cofradía que se comunica casi por telepatía y no tener que regresar en tren.
En el centro, el denso tráfico de los viernes nos retiene.
Quedamos estancadas. De repente una bola de fútbol salta frente al coche, los niños del playground se cuelgan de la malla con ojos lastimeros, la poderosa patada de un futuro campeón los ha dejado sin pelota.
Salgo del carro sin pensarlo, la rescato y se las tiro con mi mejor pase de voleibol.
Las caritas se iluminan, me aplauden. Uno me lanza un beso, le correspondo, los otros se unen y nos lanzamos besos al aire.
El coche avanza y nos despedimos con manos agitadas.
Rio. Las chicas no dan crédito a lo que hice.
Tan simple acto de solidaridad, las impresiona.
En mi mundo eso no significa más que hacer lo correcto.
Tras más de una hora, Rita se detiene en un antiguo restaurante de carretera, famoso por sus platillos criollos; elige una mesa grande, en ese instante me doy cuenta de que el grupo aumenta: otro coche venía detrás, con amigos suyos.
Se saludan de beso, a mí también. Me abruma, no estoy acostumbrada a esa confianza con desconocidos.
Con soltura, Rita nos presenta, mientras el salonero trata de escuchar bajo el fuego del diálogo desordenado y vivaz.
Ese fue el día en que conocí a Adolfo, se sentó frente a mí, y, buscando conversación, se refirió al episodio de la pelota. No entendí de qué hablaba, ya lo había olvidado.
—La que devolviste a los niños —comenta casi emocionado. Me deja perpleja
«O sea que nos venían escoltando desde quién sabe dónde, y yo, tan relajada, ni cuenta me di».
Me molesta sentirme vulnerable. Cuando habla, noto que sus amigos lo tratan de una manera diferente, no le interrumpen, le ríen todas las bromas, aprueban cuanto dice, asienten mecánicos.
Percibo casi una diferencia jerárquica, aunque parezca exagerado verlo de esta forma.
A cada minuto se reafirma mi sospecha. Insiste y yo trato de minimizar sus comentarios ante lo que califica como un acto heroico.
Me parece excesivo; rechazo su adulación.
Nota mi fastidio y cambia de tema. Con el pretexto de lavarme las manos, me levanto de la mesa.
Me tomo mucho tiempo en el baño, estoy contrariada por el enorme grupo. Rita entra.
—¿Estás bien? —pregunta indiferente.
—Claro, ¿por qué? —respondo algo intrigada por su presencia.
—Me mandaron a verificar.
—Te mandaron. ¿Quiénes?
—El patrón.
—¿Cómo así? ¿Qué patrón?
—Adolfo. Está encantado contigo —comenta Rita, guardando un tono neutro.
—Un poco cansón el señor…
—Bueno, tal vez porque está acostumbrado a mandar. No es tan autoritario como parece, solo espera que las cosas se hagan bien, a su manera.
—¿Ah, sí? ¿Y por qué?
—No te hagas; ¿de verdad no sabes quién es?
—Para nada.
—Pues su familia es dueña de la mitad de la caña, el café, el tabaco y los lácteos que se producen en el país.
—Bien por él —digo, aquilatando la importancia que Rita da a esos detalles.
—No seas tonta. De verdad que está encantado contigo. Con un partidazo así tienes tu futuro asegurado —añade.
—Pues será que le gusta que lo desaíren. A mí me parece terco y poco atractivo.
—Bueno, la terquedad es un derecho que te da el dinero. Y lo de atractivo…, pues, depende cómo lo mires —me esculca hasta el fondo del ojo. Hace una pausa y continúa—. Viste divino, de marca y todo le queda muuuyyy bien en ese cuerpazo fit.
—Conveniente tu forma de verlo. A mí no me impresiona que tenga mucho o poco. Espero que no sea uno de esos que se arroga el derecho de pegarse como chicle. Además, no es mi tipo.
—Al menos baja un poco tu actitud defensiva. Lo estás devaluando constantemente y lo atacas. Permítete conocerlo —expone indiferente.
Siento el reproche en su comentario. Arrugo el ceño, lo ignora. Se acerca al espejo y desenreda sus tupidas pestañas, observándome en el reflejo.
De regreso al salón, recojo mi bolsa y me instalo al otro extremo de la mesa, del mismo lado que Adolfo, de modo que el pesado y yo no crucemos miradas ¡ni en diagonal!
Rita me mira fijo y hace un corto gesto de cabeza para que regrese a mi sitio anterior, le sonrío y desecho su insinuación.
La comida llega y me salva, moverme ahora sería inoportuno.
Tengo un apetito voraz, no acostumbro desayunar y el almuerzo es mi principal tiempo de comida, al que llego muy hambrienta.
Durante ese espacio escucho al séquito masculino aprobar y reír cuanto dice “el patrón”, en su claro discurso monotemático.
No pueden eludir el trabajo, quizá con muy pocas excepciones, al intervenir las chicas.
Me queda claro que son sus colaboradores, no amigos.
Terminando de almorzar se acerca a mi sitio con un capuchino y un postre.
Sin consultar, retira mi bolsa del asiento de al lado y se sienta.
—Espero que no rechaces esta señal de buena voluntad —dice colocando la taza y el platillo frente a mí, en tanto uno de sus empleados trae lo suyo.
—Gracias, pero no me gusta el dulce —en pleno, la mesa corea una burla.
—¿Y el capuchino? —insiste.
—Prefiero el café negro. Por eso tiene que ser buen café.
—No lo dudo. Tomándolo puro, has de ser una degustadora exigente.
—Así es —afirmo con inmodestia, matizando la frase con una displicencia infranqueable.
Al momento el salonero trae un café negro, espumoso y aromático. Lo sirve y espera mi veredicto.
—Excelente, gracias —apruebo, dirigiéndome al muchacho.
—Yo mismo se lo preparé —responde orgulloso.
—Está buenísimo. Debería dedicarse a barista —le digo con honestidad.
—Tengo el título, pero no hay muchas oportunidades —comenta, con la mirada baja y tristeza en la voz.
El patrón hace un gesto a uno de sus asistentes, de inmediato le adivina. Corre con una tarjeta de presentación, Adolfo anota algo detrás y la entrega al salonero.
—Llame a ese número y pregunte por Ofelia. Dígale que Adolfo lo recomienda. Es uno de los mejores restaurantes de la capital, ahí podrá lucirse y dedicarse a esto, que hace tan bien.
El chico no puede creerlo. Lee la tarjeta, los apellidos le resuenan. Ahora me queda claro de qué familia se trata. El joven mira la tarjeta como si fuese la estampa de un santo y le agradece repetidamente, sin saber qué más hacer por ese hombre que está por cambiarle el destino.
Debo reconocer que, con ese gesto, Adolfo me impresionó con una imagen más humana.
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