Tras Mi Noche Más Oscura (Historias de Vida)
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¿Cómo prever que aquel encuentro accidental cambiaría el curso de mi vida, de mis propósitos y de mí misma?
... Imposible presagiar que esa colisión en un estacionamiento, desencadenaría un embudo de situaciones, y me haría caer en tan terrible descenso, sin red de seguridad.
Al salir de mi tienda favorita de delicatessen, cargando bolsas de antojos para premiarme por los meses al fin superados, de un escabroso papeleo de divorcio, que por momentos parecía no terminar.
Colocando las bolsas en la cajuela del coche, una voz estridente me hace saltar.
—Disculpa, Mariana, no quise asustarte —dice riendo.
Volteo y encuentro la persona más inesperada: Rita, la mejor amiga de mi ex, plantada en la acera frente a mí.
Con el mismo desenfado de siempre y esa simpatía que no da espacio al enojo, me saluda de doble beso, algo que siempre me hizo gracia, pues no es común en este lado del planeta.
Siento el corazón descontrolado y la detestable electricidad que me recorre el cuerpo cuando me sobresalto.
Tiemblo. Respondo disimulando y busco acompasarme a su naturalidad.
—Estás muy linda. Te cayó bien deshacerte de aquel sapo —comenta procaz, riendo de nuevo.
El comentario me choca al venir de alguien tan cercano a él. De una amiga mía podría esperarlo, pero de una amiga suya… se pasa de empática… resulta sospechoso, no le seguiré el juego, huele a trampa. Quiere ponerme a decir cosas que luego le chismeará al difunto.
—Gracias. Pues sí, estoy muy bien —ratifico, ocultando tras una sonrisa tiesa algunos dolores aún en reparación.
Este punzante comentario es recurrente. Lo escucho desde el día uno de mi separación, no lo acepto, solo me he resignado y lo recibo con menos molestia.
Algo de verdad ha de tener, ninguna de las personas que me quieren buscan congraciarse conmigo, y las que no me quieren, aunque no me interesan, y también lo dicen...
Pero es cierto, estaba marchita y agotada en aquella fatídica relación que forcé por años, pues juré un “para siempre” que se me incrustó en el cuello como un cepo asfixiante.
Envejecí prematuramente de tristeza y frustración.
La afirmación de Rita se suma a las mil veces repetidas, y me causa la inmanejable sensación de auto lástima, que odio, pero debo reconocer que fue así.
«¿Cómo no me di cuenta antes? ¿Cómo no hice algo por mí, con todas las advertencias que recibía?
¿Cómo fue que me abandoné por poner en primer lugar a alguien…
por encima de mí?!!!…». Me reprocho con esta voz interna que no me deja en paz.
—Aquel, en cambio, no te ha superado —agrega Rita, destilando sarcasmo.
Sus palabras me despiertan una malsana satisfacción, pero también me resuena una aguda alerta y temor, por el “correo de brujas” que ella podría atizar.
—Qué bueno… —agrego incómoda, con el oscuro consuelo de que tenga algo de verdad.
«¿Y por qué no?, este se suma a otros datos de varias fuentes fidedignas, que continúan trayéndome información que no me interesa para nada».
—La verdad, nunca entendí cómo ustedes se hicieron pareja —continúa—, son tan diferentes: la real personificación de la bella y la bestia.
Rita quiere revolcar tinieblas y no voy a seguirle la conversación.
Me colma con sus comentarios de una etapa de naufragios que me niego a repasar.
Harta de escucharla, cierro la cajuela con un fuerte portazo; espero que entienda que quiero apurar la despedida, hoy es uno de esos días que el calor empuja lento y me urge refrescarme en el aire acondicionado de mi coche.
—Eso que dices es muy feo —añado fingiendo neutralidad.
—¡Pero es cierto!, era un comentario recurrente, no lo eché a rodar yo. Todo el mundo lo decía. Hasta lo remachaba su papá —dice cambiando el tono a uno de simulada inocencia.
Su ironía me saca una carcajada, pues el sapo era, al fin y al cabo, hijo del sapo mayor.
—No solo en lo físico —añade—, lo más incomprensible era la diferencia intelectual. ¿Cómo te lo aguantaste tanto tiempo?
«¿Qué cómo me lo aguanté?… pues, por juventud, por estupidez, por no saber cómo sacudirme ese anhelo de construir algo mío, algo distinto y mejor de lo que viví en mi familia…». Me sigo reprochando los años dilapidados en ese matrimonio demoledor.
—Espero que el innombrable sea la bestia —apunto, y estallo en carcajadas.
—¡El innombrable! Nunca mejor dicho —ríe también—. ¡Por supuesto!, él es la bestia. Verlos juntos era una broma, como ver un Picasso. No había por dónde encajarlos.
Su frase delinea en mi mente los detalles del Guernica y detona escenas que quiero disipar, pero gracias a Rita, hoy saltan frente a mí; ella las define con una precisión que no fui capaz de ver: me avasallan tantas noches de desolación, como en un campo de batalla en el que los ataques se daban por sorpresa y sin aviso.
Una vez más me quedo rumiando pormenores de la vida de mierda que tuve durante esos cinco años, con ese novio que, de príncipe azul, al casarse, se convirtió en un adefesio.
Cinco años malogrados en una relación tóxica, que desfiguró cada caricia de antes.
Y Rita hoy se permite abrir heridas como si tuviera derecho a hurgar en mi pasado.
¡No pienso darle ese poder! Es hora de poner punto final a esta conversación.
No debo explicaciones a esta espía, sin duda correrá a repetirle a su amigo cada palabra de lo que hablemos.
—Él siempre se supo en desventaja —añade con dudosa sinceridad—. Por eso era tan pasivo-agresivo contigo. No pudo alcanzarte. El pobre te tenía en un altar, y, sabiéndose incapaz de escalarlo, lo socavaba la envidia.
«¿En un altar? ¡Qué dice esta demente! Si ese trato era de altar, no puedo imaginar el que sería de tormento». me recorre el cuerpo cuando que me sobresalto
—¿Y por qué nunca dijiste nada? —sondeo. Me rechinan los dientes.
—No me correspondía, era algo entre ustedes, algo de él —dice indiferente—. Además, no me gusta ser entrometida.
La miro, es una mujer bonita, muy cuidada, diría su amigo… Entrada en los cuarenta, sabe jugar con sus ojos grandes y unas pestañas larguísimas que conservan su aire juvenil. Mientras conversamos, Rita no disimula su coqueteo con cada hombre que pasa.
—Me gustaría hablar un poco más contigo. Yo ya pasé por un proceso de divorcio y estás en un duelo que deberías superar lo más pronto posible —afirma esta mujer que dice no querer parecer entrometida…
Sus palabras gritan alerta por todos lados: «…
hablar un poco más contigo… Jáaa, a otra tonta con ese cuento de la amiga espontánea que ahora se interesa por comprenderme.
No le contaré lo aliviada que me estoy sin la carga de ese engendro dependiente y explotador, nada más que un mantenido.
Al fin y al cabo, él es su amigo y yo, la ex…
Haberme liberado de ese borracho inseguro después de casi cinco años intentando prolongar un matrimonio insostenible…
Una prueba que me auto impuse más allá de esa realidad que tanto dolía.
No me casé considerando un posible divorcio, ni en mi más remoto pensamiento, pero resignarme a ese caos, hasta que la muerte los separe… ¡jamás!»
Tiemblo. Me obligo a mantener la calma. Disimulo organizando las cosas más delicadas en el asiento trasero.
Me despido y entro al coche. Pongo el frío al máximo y disfruto del viento helado en la cara, en el cuerpo.
Me despido tras el cristal. Con el coche en movimiento, Rita me detiene golpeando el vidrio, lo abro resignada.
—¿Qué vas a hacer este fin de semana? —pregunta, con una persuasiva sonrisa.
—Nada en especial —respondo sin pensar.
—¿Te gusta ir a la playa?
—¡Claro! ¡Siempre! —respondo espontánea.
—Bueno, es un plan. Paso por ti el viernes a las nueve de la madrugada —bromea. Y se aleja sin dejar un segundo para réplica.
—O sea que estás planeando un fin de semana largo —es todo lo que atino a decir, desconcertada por mi falta de reacción.
—Así es —grita. Y distanciándose, hace un giro coreográfico que no pasa desapercibido. Luego agrega—: Somos mujeres muy trabajadoras, ¡nos lo merecemos!
Su argumento es convincente. Como ella, soy una mujer muy esforzada con un trabajo lleno de satisfacciones, aunque a veces extenuante, y sí, también me lo merezco.
—No hay problema, me puedo organizar —agrego a voces, enredándome cada vez más en mi confusa no decisión.
Conduzco disgustada, el enojo es conmigo misma.
Ver a Rita hoy fue una fatídica convergencia del destino.
Un imprevisto que me mostró un nuevo camino, un giro que no pude anticipar.
Fue un sismo que alteraría la dirección de mi vida, mis metas e incluso de mi sentido de identidad, en un descenso sin red de seguridad imposible de prever.
Voy arrepentida y furiosa. «Un fin de semana con Rita, sería como ir con él… Esta actitud desatendida de hoy, será tema en la próxima. Georgina retará mis aprendizajes, mis límites, la imprescindible necesidad de elegir decir no, y, por supuesto, mi responsabilidad emocional…».
En todo el trayecto no dejo de rumiar cómo acepté su invitación sin resistencia.
Conozco poco a Rita, más bien, casi nada.
Siempre me cayó bien, pero pasar un fin de semana largo con ella, e irnos en su carro perdiendo mi independencia…
no soy yo, no me veo en esa situación. Por otro lado, no puedo retractarme, no tengo su teléfono.
Apenas tengo idea de por dónde vive y eso es todo.
Ella en cambio, conoce mi apartamento, así que no sé cómo enmendar la cadena de errores de este imprevisto embate.
Bueno, a afrontarlo: con este vuelco inesperado, me resignaré a un inquietante fin de semana con actitud casual; serán apenas unos días para romper la rutina. Aprovecharé para broncearme y gozar, total, hace casi un año que no voy al mar.