Tras los focos 33. Camino de regreso
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33. Camino de regreso

Camino de regreso

RYAN

A estas horas debería estar preparando la maleta para viajar a Italia, y todavía no he sido capaz de poner un pie en el suelo.

Sigo envuelto en el edredón del que aún no me he deshecho, después de pasar casi toda la noche en vela, con los nervios devorándome por dentro.

No deja de sonar The Man Who Can’t Be Moved , de The Script.

La escucho una y otra vez, como si una canción pudiera dibujarme el camino hacia ella.

Siempre me he considerado un hombre atrevido, capaz de gestionar sus emociones cuando el contexto lo requería.

Pero os juro que ahora mismo nadie es lo bastante bueno para calmar el remolino que vive en mí. «¿Qué has hecho conmigo, Brooke?».

Averiguamos su paradero hace menos de una semana.

Valentina, aunque tardó en responder a James por su ajetreada agenda y la diferencia horaria, acabó haciéndolo y contactó con Fio.

Fiorella no nos lo puso fácil. Sabía que Brooke había encontrado su refugio y no quería estropearlo formando parte de nuestro particular equipo de investigación.

De hecho, no quise enfrentarme a ella porque sabía que se pondría de su lado.

Por eso recurrí a Valentina para que la convenciese y, aunque le costó, terminó consiguiéndolo, asegurándole que era por una buena razón.

Decido incorporarme de una vez y dejo que los pies encuentren la superficie afelpada de la alfombra, que amortigua el primer paso.

En estos últimos días, el palacio ha aprendido a respirar de otra manera.

A hacerlo con normalidad, como si aquí no hubiera pasado nada.

Como si los escándalos y los titulares no hubieran cruzado estas paredes.

Como si los pasillos no hubieran sido testigos de reuniones a puerta cerrada, de llamadas urgentes, de comunicados que más de uno intentó falsear.

Del alboroto de papá apenas se habla ya.

Con su destitución, parece que la población ha recuperado la confianza en el Principado y ahora dirige una nueva mirada, limpia y expectante, hacia Maxime de Lirianne.

No sé cómo afrontará esta nueva era, pero me alegra saber que será sin mi presencia.

El Centro Internacional de Congresos y Eventos del Principado, por lo que he oído, seguirá existiendo, aunque de una forma legítima a todos los niveles.

Nunca consideré que fuera una mala opción.

En eso, papá tenía razón: es una iniciativa que, aun siendo disruptiva, puede sentar las bases del futuro de la Casa de Lirianne.

No tal como él la llevó a cabo, pero sí como una acción capaz de modernizar y expandir los valores que, desde siempre, se han defendido en el seno de nuestra familia.

Por el contrario, mis fotografías con Brooke en el ballet de Nueva York continúan mencionándose, pero de una manera más discreta.

Se dice lo que es: dos personas que estaban conociéndose, en la intimidad.

Durante días, esas imágenes también estuvieron en el foco; mi vida se convirtió en trending topic .

Pero llegó la calma. La realidad es que, hoy en día, el público se aburre rápido.

La gente necesita desastres nuevos. Otras caídas.

Otros nombres a los que señalar. Y así, de pronto, dejamos de ser la comidilla fácil.

Ahora solo nos observan el pueblo leal de Lirianne y algunos individuos del resto del mundo que, tras el bullicio y mis declaraciones, decidieron quedarse.

Me ducho. Me visto. Me miro al espejo con una serenidad que, en este momento, me cuesta defender.

Me ajusto la camisa, abro la puerta de mi habitación y el palacio me recibe con sus costumbres: el mismo eco bajo los techos altos, el mismo mundo impecable que te exige que no tiemble nada.

Camino. Bajo las escaleras y paso por el despacho de papá, esta vez, con la puerta cerrada, aunque la alfombra azul sigue destilando el olor a polvo y lavanda que siempre la ha acompañado.

Sigo descendiendo y dejo atrás los grandes ventanales con cortinajes de lino de la planta baja, con un sol que apenas entra como si él también tuviera miedo de lo que pueda suceder.

Y sin querer, me detengo frente a los retratos familiares que tanto había maldecido: rostros serios, sonrisas ensayadas, generaciones de personas que, a diferencia de mí, aprendieron a existir para ser observadas.

Me veo reflejado en el cristal, superpuesto a esas caras.

Me doy cuenta de que nunca he pertenecido a ese escaparate y que ha llegado la hora de despedirme como nunca llegué a hacer. De verdad.

«Después de hoy… no vuelvo» . No a este lugar tal y como lo he conocido.

No a la idea de mí mismo que este sitio se ha empeñado en construir.

Puede que regrese algún día, pero lo que soy ahora —este hombre que se va a subir a un avión para decir la verdad que más le importa en su vida— ya no cabe aquí dentro.

El palacio es elegante incluso cuando te suelta.

Encuentro a mamá en la zona del jardín, justo al lado de la puerta principal.

Está de pie junto a las camelias rosadas que cuidan de la entrada, al parecer, igual de bien que mi madre a ellas.

La descubro pensativa, como si intuyera que, en cuanto cruce la puerta de hierro forjado del final de la avenida, ya nada será igual.

Nunca ha sido de las que levantan la voz, ni de las que se desesperan en público.

Pero cuando te mira, cuando decide mirarte de verdad, resulta imposible ocultarle nada.

No se gira al oír cómo me acerco. Solo habla, suave, con el dramatismo justo.

—No has dormido.

Me quedo quieto a unos pasos.

—No —respondo, y la voz me sale más baja de lo que esperaba—. No podía.

Ahora sí que se vuelve. Sus ojos pasan por mi cara como si estuviera leyendo una carta que no he escrito.

—¿Te has decidido?

Me trago el nudo. Qué extraño que una sola palabra pueda contener tantas cosas. Decidir. Como si el amor fuera una votación. Como si el corazón respondiera a un protocolo.

—Sí.

Ella asiente, despacio. No hay juicio ni sorpresa.

—Bien.

Eso es todo.

El «bien» de mi madre no es solo un aplauso, es una llave.

—Le he pedido a Wilfred que te he acompañe al aeropuerto. El vuelo sale a primera hora de la tarde. Está todo preparado.

Marco un gesto de asentimiento apenas perceptible, pero no me muevo de inmediato.

—¿Papá lo sabe? —pregunto.

—Sí, Ryan, aunque ya lo conoces. Está dentro de su despacho, por si quieres ir a despedirte —dice mamá.

Es una despedida que sé que tengo que afrontar, pero que ahora mismo me pesa más que cualquier vuelo. Subo de nuevo las escaleras y me lo encuentro de pie, de espaldas, mirando por la ventana, hacia la salida.

—Me he enterado de que te vas —dice sin girarse.

—Sí.

Hace un leve gesto afirmativo. No pregunta adónde. No pregunta por qué. Aunque supongo que, en el fondo, se lo imagina.

—Italia —añade al cabo de un parpadeo.

—Sí.

Mi padre se gira entonces. Me observa. Para mi sorpresa, no hay reproche en su expresión. Hay una mezcla de aprobación y aceptación que no imaginaba.

—No era lo que tenía pensado para ti —dice.

—Lo sé.

El silencio que sigue no es hostil. Es limpio, como si ambos estuviéramos eligiendo las palabras exactas para no herir.

—Siempre fuiste… distinto —continúa—. Yo creí que eso se corregiría con el tiempo. Quizá no debí esperar que ocurriera.

No respondo. Porque no hay nada que corregir. Papá rodea la mesa con un movimiento lento, medido. Se detiene a un par de pasos de mí.

—No comparto tu decisión —dice—. Pero la respeto.

Es lo más cerca que hemos estado jamás de un acuerdo.

—Espero que sepas lo que haces —añade.

—No —respondo—. Pero sé por qué lo hago.

Algo se suaviza en su mirada. Apenas. Lo justo para que duela.

—Eso suele ser suficiente —dice. Vuelve a asentir, esta vez con más firmeza—. Buena suerte, hijo.

No dice mi nombre. No extiende la mano. No me abraza. Solo me regala una palmada en la espalda. Y mientras salgo del despacho, con la puerta cerrándose tras de mí, entiendo que, en su idioma, esto es una bendición.

Cuando me quiero dar cuenta, Wilfred ya está esperándome dentro del coche. Mamá está bajo el marco de la puerta, en la misma posición que cuando llegué al palacio, aunque por un motivo distinto.

—¿Y si…?

—Ryan, si sale mal —dice ella antes de que yo pueda mencionarlo—, al menos no habrás vivido preguntándote qué ha­bría pasado.

Me quedo mirándola intentando retener en la memoria cada uno de sus rasgos. Mientras lo hago mamá levanta la mano y me arregla el cuello de la camisa con un gesto mínimo, íntimo. En otro contexto sería un gesto sin importancia. Aquí, es toda una declaración.

—¿Vas a volver? —pregunta entonces.

Me quedo quieto.

—No —susurro—. Nos volveremos a ver, claro, pero no de la misma manera.

Ella asiente. Y esboza en su rostro una sonrisa pequeña, triste, orgullosa.

—Entonces, adelante.

Wilfred arranca con suavidad. Desde la ventanilla, observo cómo el palacio queda atrás, reducido a líneas limpias y piedra clara.

Las calles están tranquilas. Demasiado, incluso.

Algún transeúnte camina sin prisa. Una pareja cruza la plaza principal de la mano.

Un vendedor levanta la persiana de su tienda como cualquier otro día. Nadie parece preguntarse nada.

—Sabía que lo conseguiría. Ha vuelto a la normalidad —dice Wilfred mirándome por el retrovisor interior—. Y ha sido gracias a usted.

Asiento y le devuelvo la sonrisa con la mirada, un gesto breve cargado de años compartidos.

—La normalidad siempre llega, Wilfred. Aunque cueste. Y no solo porque las cosas se arreglen, sino porque el pueblo se cansa.

—Tiene toda la razón —admite.

Mientras avanzamos, me permito enfocarme en Lirianne una última vez, en esta ocasión sin que me acompañe un sentimiento de rabia y rencor.

El Principado seguirá. Maxime ocupará el espacio que le corresponde.

El Centro Internacional de Congresos y Eventos verá la luz, y lo hará sin sombras.

La Casa de Lirianne encontrará la forma de reinventarse, como siempre lo ha hecho.

Y yo… yo ya no formaré parte de ese plan.

En el aeropuerto, todo es eficiencia y distancia.

El coche se detiene en la puerta de salidas.

Wilfred baja primero. Durante un momento ninguno de los dos dice nada.

Nos miramos como se miran las personas que han compartido demasiadas versiones de sí mismas.

Cuando regresé, habían pasado dieciséis años desde la última vez que nos vimos, y ahora volvemos a despedirnos.

—Me ha alegrado verte, Wilfred —digo al final.

—A mí también, señor. A mí también —responde.

Wilfred carraspea. Nunca fue hombre de grandes palabras.

—Su madre tiene razón —añade—. Ya era hora.

Lo miro sorprendido.

—¿De qué?

—De que hiciera algo por usted.

El comentario me golpea más fuerte de lo que espero. Bajo la mirada despacio, y respiro hondo.

—Gracias por todo —digo—. Por entonces. Por ahora.

Wilfred sonríe.

—Siempre fue un buen chico. Incluso cuando no se lo ponían fácil.

Inclino la cabeza, sin fiarme de mi voz. Pienso que va a tenderme la mano. Pero no lo hace. Da un paso más y esta vez es él el que me rodea con los brazos, con una decisión que no le conocía. El abrazo es corto, pero sincero, como los que se dan cuando no hay tiempo para dudar.

—Buena suerte —dice.

—Gracias, Wilfred.

Nos miramos una última vez. Cuando me doy la vuelta, no lo hago de inmediato. Sé que, cuando camine hacia la puerta, esa despedida se habrá cerrado del todo. Y sé también que, aunque el mundo me lleve lejos, hay personas que te acompañan siempre, incluso cuando se quedan atrás.

Tres horas después, me encuentro en un taxi, serpenteando por la carretera de la costa Amalfitana mientras el sol empieza a inclinarse.

Porta Aurelia aparece poco a poco. Casas envejecidas, balcones con flores, el mar asomando entre callejones estrechos.

No parece un lugar diseñado para grandes gestos, y por eso es perfecto.

Aquí no hay escenarios grandilocuentes como en Nueva York.

Aquí hay verdad. Mientras el coche sigue adelante, mi mente recompone las piezas del plan, sin necesidad de tener todos los detalles.

Sé lo suficiente. Valentina fue la primera en entenderlo.

Desde España, con su protección velada hacia Brooke, fue clara: «No la sorprendas a lo grande.

Sorpréndela bien». Sophie ha aportado lo esencial: la coartada.

Trabajo, reunión, una excusa cotidiana que no levantara sospechas. Algo normal. Seguro.

Y Fiorella… Fiorella, con la ayuda de su madre, se ha encargado primero de mantener el refugio, ese lugar donde hoy no se espera nada extraordinario, y después de asegurarse de que ella acudiera aquí, justo a la hora.

Eso es lo que hace que funcione. No un restaurante elegante, ni una declaración pública ni un gesto calculado.

El atardecer. El atardecer no exige nada.

Sucede sin que lo planees; es el momento en que el día se rinde de la forma más bonita posible.

Porque quiero que, si alguna vez necesita recordar esto, pueda volver aquí e imaginarnos tantas veces como desee. Porque el atardecer siempre vuelve.