Tras los focos 32. El gran salto #2
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32. El gran salto #2

No hay promesas. Tampoco condescendencia.

Eso me tranquiliza más de lo que debería.

Apoyo el portátil sobre la cama y entrelazo los dedos, obligándome a respirar despacio.

Esto es lo que quiero. Y, aun así, la idea de sentarme frente a ella y decir mi nombre en voz alta —mi nombre de verdad, no el del blog— me encoge el pecho.

Allí no estaré protegida por un pseudónimo ni por una pantalla.

No podré corregir frases ni esconderme detrás de un tono irónico.

Será mi historia. Y seré yo. Trago saliva.

Si hay alguien capaz de contarla bien, esa es Brooke Bennett.

Lo sé. Me levanto de la cama con la excusa de ir a por una libreta, pero acabo deteniéndome frente al espejo del armario.

Esta vez no pienso preparar nada que no me represente, aunque eso suponga no sucumbir a la perfección.

Me voy a conceder ese permiso. Me observo sin demasiada atención al principio.

El pelo recogido de cualquier manera. La camiseta ancha.

El gesto serio de quien siempre parece estar evaluando algo, incluso cuando está sola.

Me aclaro la garganta y aliso la camiseta como si el espejo pudiera tomar nota.

—Buenos días —digo levantando un poco la barbilla—. Gracias por conectarse.

Me observo un segundo.

«No. Demasiado presentadora de informativos», me corrijo.

Bajo la barbilla.

—Hola —pruebo—. Encantada de conocerla.

«Genial. Ahora parezco yo misma dándome la bienvenida» .

Resoplo y me apoyo en la cómoda.

«Vale, no es una cita —me digo—. Es solo una reunión. Profesional. Adulta. Normal».

El reflejo no parece convencido. Yo tampoco.

Vuelvo a colocarme frente al espejo, esta vez con los brazos cruzados, como si necesitara imponerme autoridad a mí misma.

—Me llamo… —empiezo, y paro otra vez.

El nombre vuelve a quedar suspendido, tenso, como un invitado que no sabe si pasar.

—Vamos —murmuro—. Lo dices todos los días.

Pero no así. No con esto detrás.

Me acerco un poco más al espejo, lo suficiente como para ver el gesto concentrado, casi severo, que adopto cuando algo me toca de cerca. El mismo que tengo en las reuniones importantes. El mismo que uso para que nadie note que estoy improvisando.

—Me llamo Brooke —lo digo por fin—. Y, como le comentó Sophie, estoy escribiendo una novela.

Abro los ojos, sorprendida por lo fácil que ha salido esa parte. Me llevo una mano al pelo y lo recojo mejor, como si ese pequeño orden pudiera trasladarse también a lo que estoy sintiendo.

—Es una novela autobiográfica —digo—. Aunque no me encanta esa etiqueta.

Hago una mueca. No porque no lo sea, sino porque hace que suene como si necesitara justificarme.

Me detengo a observarme un instante.

Siempre he sido buena leyendo a la gente. Detectando cuándo asentir, cuándo callar, cuándo decir lo que esperan oír. Frente al espejo no tengo esa ventaja. No puedo engañarme con facilidad.

—No estoy aquí para gustar —ensayo—. Estoy aquí porque esta historia importa.

Parpadeo.

Vale. Eso ha sonado bien.

Sonrío, apenas, y luego me detengo.

—No —me regaño en alto—. No sonrías así. No estás en el set, protagonizando una comedia romántica.

Me quedo mirándome.

—Aunque —añado—, tampoco pasa nada si lo parece un poco.

Me río sola, más relajada ahora.

Apoyo ambas manos en la cómoda y me inclino hacia el espejo.

—Durante años he escrito con otro nombre —digo en voz baja—. No porque no crea en lo que cuento. Sino porque es más fácil.

Me enderezo.

—No soy perfecta —continúo—. No lo he sido nunca. Pero sé contar esta historia mejor que nadie porque me pertenece.

El silencio que sigue no me incomoda. Me asienta. Inspiro hondo. Como si algo se hubiera colocado por fin en su sitio. Me acerco un poco más al espejo. Veo el brillo contenido en los ojos, la tensión habitual en mi mandíbula. También algo nuevo. No existe el miedo. Solo respeto.

—Y si no le interesa —digo firme—, aunque espero que sí, me quedo con que me he conectado siendo yo misma.

Me quedo quieta unos segundos. El sosiego que invade el dormitorio me acompaña, un espacio interrumpido solo por las cosas que todavía no sé decir en voz alta.

Estoy satisfecha. No ha sido impecable. Ha sido honesto.

Siento cómo la tensión se afloja apenas un centímetro en los hombros, lo justo para notar la diferencia.

No es alivio completo. Es algo más parecido a aceptar el vértigo sin retroceder.

La luz de la tarde entra oblicua por la ventana, marcando las sombras del dormitorio como si el día también estuviera a medio camino de algo.

Ni comienzo ni final. Un punto exacto en el que decidir si se avanza o se da un paso para atrás.

Recorro la habitación con la mirada. Todo sigue en su sitio: la cama deshecha, el portátil cerrado, la taza ya fría sobre la mesilla.

Nada ha cambiado y, sin embargo, todo es distinto.

Apago la luz al salir. El reflejo desaparece, pero la decisión no.

Camino por el pasillo con la conciencia tranquila de quien sabe que, a partir de ahora, no va a esconderse más.